Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Juan Lagardera

NO HAGAN OLAS

Juan Lagardera

Campamentos nómadas al sur de la ciudad

No, no es una canción de Franco Battiato. En pleno debate, frondoso e interno, entre los diversos mandos del gobierno municipal a cuenta de un proyecto para la avenida de Ausiàs March, la antiguamente mal llamada pista de Silla, que no es otra e importante cosa que la puerta principal a la ciudad de València por el sur. Cogimos el tren para dirigirnos a Xàtiva desde la Estació del Nord…

Ahora es una entidad llamada Adif (Administrador de Infraestructuras Ferroviarias) la que cuida de la estación. Y no le luce. Es una joya modernista, posiblemente uno de los grandes monumentos ‘sezession’ europeos fuera de Viena, pero Adif prefiere alquilarle los bajos a un ‘take away’ japonés de calidad discutible y estética disruptiva. Luego hay que buscar la máquina adecuada para abastecerse de un billete y, finalmente, adivinar que el tren a Xàtiva es el de Moixent y que su salida está relegada a una vía lejana. Cuando hagan la nueva estación subterránea creo que lo cambiarán, a unos cincuenta metros bajo tierra.

Es allí donde les explico a dos turistas inglesas que no es posible ir a Benidorm en tren desde València, que en todo caso pueden coger el Cercanías hasta Gandía y allí tomar un bus hasta Dénia, desde donde con un divertido pero lento ferrocarril de vía estrecha llegarán a Benidorm en unas dos horas. O sea, un viaje el doble de tardío que el que les separa de un vuelo a Manchester desde el Altet. Las convenzo, no obstante, de pasar el día en Xàtiva, «una ciudad de aires italianizantes, la patria de la familia papal de los Borja, muy amigos del arte y de Leonardo da Vinci…». Cuando llegamos, constatamos que aquí Adif, también, ha desfigurado, para mal, la antigua y bonita estación neoclásica.

Hacía más de veinte años que no cogía ese tren hacia el sur, por donde antes se circulaba hacia Madrid, dado que, ahora, el trayecto al centro del país discurre por las nuevas vías del AVE. Vamos, pues, por un recorrido único para las cercanías de València, las que reclama la Generalitat para su administración. Pero antes de abandonar la gran ciudad, antes incluso de cruzar el nuevo cauce del río, el convoy circula por un espacio espectral: hacia el sureste del barrio de San Marcelino y antes de alcanzar la llamada Ciudad del Aprendiz, se extiende una tierra yerma ocupada por campamentos nómadas.

No es un campo de refugiados gazaríes aunque lo puede parecer. Hay varios sumideros y muladares, ruinas techadas con plásticos, coches abandonados o en trance de serlo, pilas de electrodomésticos en desuso, y lavabos, viejas griferías, charcales y restos de demoliciones, y niños que juegan en un polvoriento campito… A lo lejos se ven edificios sueltos junto a solares ocupados por docenas de automóviles aparcados, incluso camiones sin tráiler de carga. Es el tercer mundo, a dos pasos de la nueva Fe y las torres de viviendas en construcción del barrio de Turianova.

La ciudad inconclusa, cuyos suburbiales se encuentran a dos pasos del centro. De hacerse el bulevar peatonal y verde por Ausiàs March, los campamentos estarían a poco menos de quinientos metros de ese pretendido eje. Allí no hay especulación, sino vacío urbano que la administración pública es incapaz de gestionar, además de terrenos baldíos junto las vías de la Fuente de San Luis y los arrabales sin urbanizar del complejo hospitalario de la nueva Fe. Gigantomaquias junto a basureros.

Los gestores de la ciudad la quieren solidaria y sostenible. Retórica que se da de bruces con la realidad. Los solares no se abandonan para mejorar la cuenta de resultados de las promotoras, sino por desidia planificadora e incapacidad para resolver programas de urbanización a la escala necesaria. Nadie parece querer o saber poner en marcha un plan de vivienda pública como hiciera la Falange en tiempos de hambruna, ni de VPO preolímpicas, ni polígonos mixtos como en la Alemania socialdemócrata. Los bordes de la ciudad están llenos de negligencia y desaliño, y no es la huerta, son matorrales habitados por escombros y tiendas nómadas construidas con parches, el ‘patchwork’ de los olvidados. Allí es donde rodaría ahora su película valenciana Luis Buñuel.

Compartir el artículo

stats