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Jaime Roch

Juan Ortega es el toreo

València todavía no le ha visto torear, pero Sevilla se ha estremecido con sus verónicas, que atraviesan la memoria como un clavo, hasta hacer sonar la banda del maestro Tejera

Juan Ortega fue el triunfador hace una semana en Sevilla en el mano a mano con Morante. Maestranza Pagés

Cuando la banda del maestro Tejera tocó sus acordes hace hoy una semana al capote de Juan Ortega, los que estuvimos allí presentes perdimos toda la noción del tiempo. Cuando salimos de la Maestranza no conseguíamos identificar ni cuándo ni cómo habían terminado esas verónicas a un juampedro que solo duró lo justo para torear con el capote. Pero mientras los músicos interpretaron aquel pasodoble, nos despojamos de cualquier silencio formal, de ese exceso de discreción que impone Sevilla, para irnos irrevocablemente detrás de las verónicas del torero nacido en Triana. Cada lance fue un olé ronco e interminable que caló hondo a propios y extraños.

Hasta los menos aficionados que ocupaban una localidad esa tarde de “No hay billetes” llenaron la cuenca de sus ojos con la brillantez inconfundible de la emoción. Porque Ortega posee una belleza avasalladora, que se impone como un mazazo. Y era imposible no mirarla sugestionados, cuestionando los límites entre lo real y lo irreal.

Sus muñecas transmitían tanta energía que podías apropiarte de una poca cada vez que se ponía a torear. Su manera de componer era intransferible y quizás eso representaba una suerte poderosa porque torear no es algo que uno pudiese hacer porque se lo hubiese visto a otra persona. Torear así, tan despacio, es muy difícil, casi imposible, porque te llega al alma sin explicación.

El mundo, allí en Sevilla, se había quedado muy pequeño y todo cabía en la bamba del capote sedoso de Juan Ortega. Los más antiguos del lugar, al finalizar, aseguraron que la Maestranza llevaba veintidós años sin vibrar de esa manera con un capote. Ni Morante de la Puebla, que toreaba mano a mano con él esa tarde, lo había conseguido. Desde aquel sábado de preferia de 1999 en el que Curro Romero, vestido de verde y oro, hizo el toreo con toda la fidelidad de su alma, no se había vuelto a vivir.

La torería de Juan Ortega, esclava de la fragilidad, se derrama sin solución, como el agua que no se puede devolver al vaso tras volcar. Esa belleza de su cadencia, su recóndita magia y su ritmo tan expresivo a la verónica no perdonan ninguna emoción. Porque sus muñecas, dueñas del reloj, tienen el poder de la memoria. Y su capote, alado, dormido y hondo, es hasta terapéutico en un tiempo pospandémico. Las yemas de sus dedos estremecieron el templo con su tempo. Qué delicia tan grande. Qué belleza más auténtica.

Pero el torero de Triana, que hoy vuelve a torear en Sevilla y mañana hará lo propio en Las Ventas, todavía no se ha presentado en València. Aquí, que la plaza cumplirá dos años sin toros dentro de poco, Simón Casas, actual empresario y apoderado del propio Ortega junto al maestro Pepe Luis Vargas, ha pedido la resolución del contrato que le une con el coso de la calle Xàtiva después de once años de relación. A la belleza del toreo debe ir unido equiparablemente el respeto de su entorno. Y una fecha tan taurina como el 9 d’Octubre también quedará en blanco. Mal camino.

Menos mal que nos quedan toreros como Juan Ortega, cuyo toreo, que atravesó la memoria como un clavo, sigue alojado ahí felizmente para siempre.

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