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Martí

Nuevos demócratas

Borgen, Netflix

La tercera temporada de ‘Borgen’ (Netflix) confirma que las series que se estiran de manera innecesaria acaban aburriendo y destrozando la sorpresa y frescura de sus inicios. El gran reto del cine por capítulos reside todavía en rodar un buen final, como en las películas clásicas, aquellas que incluso sabiendo la última escena volvemos a ver. Dos años y medio después de abandonar la política, la exprimera ministra danesa Birgitte Nyborg (una Sidse Babett Knudsen menos verosímil) regresa a escena. La única incorporación es su nueva pareja, el arquitecto inglés Jeremy Welsh (Alastair Mackenzie). El resto son viejos conocidos para los fans de esta ficción política: la periodista Katrine Fønsmark, el editor jefe de TV1 Torben Friis, y el resto de políticos del palacio de Christiansborg, sede de los tres poderes del estado conocido coloquialmente como ‘Borgen’. Tras un intento fallido por volver a dirigir el partido Moderado, Nyborg decide organizar una nueva formación centrista para sacudir el tablero político danés. Le seguirán el anterior vicepresidente de la Nueva Derecha, Erik Hoffmann, y los diputados moderados Jon Berthelsen y Nete Buch. Además de un desmesurado elogio al transfuguismo, los creadores de la serie de la radiotelevisión pública danesa manipulan los principios básicos de las democracias occidentales, y optan por un cuestionable cesarismo para huir del populismo. Todo gira alrededor de Nyborg, la mujer centrista que siempre decide el mejor futuro para los daneses. Es la suprema líder que se sobrepone a sus problemas de salud, de pareja, de conciliación, incluso a sus contradicciones ideológicas por el bien de su país, y por supuesto el suyo.

El desenlace final decepcionará a los asesores botánicos que hicieron de ‘Borgen’ no solo su serie de cabecera, sino una especie de catecismo de ciencia política. Por eso, solo he disfrutado cuando la centrista se carga en diez segundos la deriva animalista y cuando defiende la regularización de la prostitución en vez de la prohibición; pero sobre todo cuando el solvente jefe de informativos de la televisión pública se despide del ejecutivo milenial Alex Hjort que pretendía convertir los informativos y debates electorales en una especie de videojuegos. «Si buscas emociones, ves al Tívoli», le endilga Friss a Hjort en los pasillos del ‘calatravesco’ edificio de la TV1 en el último capítulo de esta decepcionante tercera temporada. Lo peor es que está anunciada una cuarta.

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