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Josefina velasco Rozado

Hágase la luz

Dependemos tanto de ella, de la electricidad, que su desbocado precio actual todo lo trastoca. Hasta nuestro vocabulario se hace más preocupantemente amplio. La industria “electrointensiva” amenaza con irse a donde la energía sea más barata y con ello llevarse por delante miles de empleos. Más inmediato, y “humanamente dramático”, muchos hogares no pueden hacer frente al recibo eléctrico –por lo demás indescifrable– y hay bolsas de “pobreza energética”. Por contener el cambio climático –que buena falta hace– los contaminadores han de pagar “las emisiones de CO2” y los gobiernos se aprestan a cerrar las industrias que emponzoñan la atmósfera y promover el uso de “energías limpias” todavía insuficientes para mantener el ritmo vivencial de la humanidad rica, por lo que el “mix energético” debe completarse con derivados del petróleo, gas o energía nuclear, los dos primeros en manos de vendedores que incumplen sus contratos y explotan “nuestras” necesidades y el segundo con demasiada mala fama entre los ecologistas, pese a quienes la defienden por “limpia y salvadora”. El caso es que la parte del globo acomodado, responsable de la contaminación, incluyendo la “lumínica”, ve aumentar las desigualdades internas a costa de la luz, mientras que el globo pobre está a oscuras (basta con mirar la foto mundial del cielo nocturno), aspirando a pelearse con la contaminación que aqueja al rico.

Por ir a la Historia, todo ello tuvo su arranque hace poco más de siglo y medio. Antes, incluso en el Siglo de las Luces de la razón, la vida se repartía entre la claridad del día y la oscuridad de la noche, más o menos marcada según las fases de la luna, farola natural. El ritmo del campo y sus habitantes se adaptaba a los ciclos solares y lunares, pero en las artificiales urbes la existencia se tornaba insegura, peligrosa e inestable, añadiendo al hacinamiento y la suciedad el peligro cierto de las tinieblas y la oscuridad. No fueron pues tan lejanos los días en los que no había una mísera luz en las calles, a lo más alguna antorcha en alguna esquina. Las autoridades llegaron a obligar a los vecinos a colocar en sus ventanas lámparas de cera de abeja, grasas o aceites malolientes. En 1792, William Murdoch, un ingeniero e inventor escocés, utilizó el gas producido a partir del carbón. Y la “luz de gas”, cambió la fisonomía urbana desde mediados del siglo XIX. Tras las ciudades y edificios del Reino Unido y EE UU siguieron otros. A partir de 1833 existieron en España dos pequeñas fábricas de gas para alumbrar monumentos singulares: la Lonja de Barcelona y el Palacio Real de Madrid. Tras ellas se extendieron por todo el territorio las empresas de gas hasta sumar 25 a mitad del siglo. Los comercios y establecimientos que ofrecían al público una iluminación tan sugestiva ganaron con creces a los de la vela o el candil. Los ayuntamientos tuvieron que asumir los costes de un nuevo servicio que, de paso, extendía el día y promovía la riqueza y diversificaba la vitalidad en cafés, teatros o paseos. Naturalmente todo ello estuvo ligado a la industrialización basada en el uso masivo del carbón. Así es que en las ciudades donde había industrias próximas o activos económicos a cuidar se constituyeron “fábricas de gas”.

Pero con ser importante la iluminación por gas, el paso de gigante se dio con la “invención” de la electrificación. Está plagada la historia de la electricidad de hechos y nombres que a todos nos suenan: la primera dinamo mejorada industrial movida por una máquina de vapor (1871), la bombilla eléctrica de Thomas Alva Edison en 1879; la lucha entre corriente continua y corriente alterna (Edison vs. Tesla); el genio de Nikola Tesla y su motor eléctrico; las patentes y el ingenio empresarial de Westinghouse. Ya que transportar la corriente a grandes distancias era el problema, las primeras centrales eléctricas se ubicaron próximas a los lugares de consumo. De ahí lo de “central” que se perpetuó. Todo lo relacionado con ella se difundía a gran velocidad, porque representaba el progreso económico y social. En 1881 se organizó en París, “ciudad de la luz”, la Exposición Internacional de Electricidad. Desde Nueva York con la Central de las Cataratas del Niágara, los inventos que cambiarían el mundo se expandieron. Sus luces permitieron prolongar el día de las ciudades, comercios, oficinas, talleres, hospitales; revolucionar la industria y los transportes; las comunicaciones; los ascensores llegaron a pisos más altos; los metros crearon líneas más profundas y mejores; las ciudades se dotaron de tranvías y farolas que arropaban la vivacidad de quienes no dormían; disminuyeron los incendios; se pudo bombear agua, e ir desarrollando electrodomésticos de esos que hoy nos son imprescindibles.

Al parecer en España, al margen de la importación de maquinaria y tecnología destinada a la industria, la extensión de la electricidad a las ciudades empezó a ser efectiva a finales del siglo XIX. Muchos pueblos y ciudades se enorgullecen, amparándose en sus archivos, de ser los primeros en contar con tan novedoso y moderno sistema de alumbrado. Parece que el poderoso marqués de Comillas electrificó su cántabro pueblo para impresionar a Alfonso XII. La industrial Barcelona y Madrid, la capital, iniciaron pronto su tendido eléctrico. En 1888 una disposición ordenaba la electrificación de los teatros. La primera estadística del sector, en 1901, contabilizaba 875 fábricas, de las que 657 eran de uso público. Allí donde había industrias o promotores activos el proceso se consumó antes. La Sociedad Española de Electricidad (1881) impulsó nuevas instalaciones. Bilbao, Valencia, Sevilla, una tras otra todas se sumaron al cambio. En 1890 “nos consta que 18 poblaciones tenían alumbrado eléctrico en algunas de sus calles”. La fuente de energía era el carbón o la hidráulica. En 1891, 30 de las 49 capitales de provincia estaban promoviendo ese uso. En 1900 la Sociedad Popular Ovetense repartía el beneficio a la capital asturiana; se habían adelantado un poco en la experiencia la industrial y portuaria Gijón y la minero-metalúrgica Langreo. De aquellos principios pioneros salió una nueva forma de vida urbana más dinámica, una nueva revolución que llegó pronto a los particulares más ricos. Seguir paso a paso el avance llevaría demasiado; algunos hitos tal vez no fueron los más importantes pero sí significativos. Por acelerar pasos, se hicieron grandes presas; tras la Guerra Civil, “el parque eléctrico español se encontró con serias dificultades para garantizar la cobertura de la creciente demanda de energía” por lo que las empresas eléctricas acordaron agruparse desarrollando la red eléctrica española para interconectar todas las zonas. Luego llegaron las “nuevas centrales hidroeléctricas y termoeléctricas de gran potencia, de carbón y fueloil. Además, en 1968 España se incorporó al proyecto nuclear”. La existencia diaria se vio facilitada con todo lo que por la electricidad fue inventado. La vida se hizo más sencilla, la economía más compleja. Sin embargo el maravilloso invento no llegó a todos por igual. En 1981, en los bellos Picos de Europa, Sotres fue “último pueblo en iluminarse” relataba una crónica nacional.

Ahora estamos en otra fase. La “liberalización del sector eléctrico” desde el 2003 vino a sumar oportunidades y dificultades. Dicen que en el 2050 alrededor del 70 % de la población mundial vivirá en ciudades. Y eso genera problemas. Estudian sistemas inteligentes de alumbrado público con control remoto, se cambia a iluminación de bajo consumo y se pautan técnicas de optimización. Ahora ya no podríamos vivir sin ella, sin la electricidad, pero muchos ciudadanos casi no pueden con ella. Algo habrá que hacer para que un mundo más limpio siga luciendo.  

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