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Pilar Galán

El gran apagón

L o siento, esta vez no voy a hacer caso a los profetas del apocalipsis. No voy a salir de casa vestida de camuflaje para acaparar hornillos y camping gas o pastillas de encendido de chimeneas. Tampoco les hice caso cuando el papel higiénico era cuestión de vida o muerte, y el índice de riqueza se valoraba por las botellas de lejía. No pienso comprar latas de atún como si no hubiera un mañana ni saquear las estanterías de las tiendas de deporte igual que si me fuera a vivir al Annapurna con toda mi familia. Lo siento, pero no voy a hacerlo. Si los gobiernos hacen oídos sordos a las advertencias del calentamiento global, yo también voy a cerrar mis oídos a las suyas sobre el apagón que vendrá en breve. Como augures o adivinos no tienen precio. El virus que solo afectaba a China pasó a Italia, y no quisieron poner freno hasta que tuvimos que encerrarnos bajo siete llaves. Y con el clima están actuando igual. Tenemos veranos que duran casi dos estaciones, olas de calor y huracanes, pero siguen sin hacer nada en serio. Y ahora pretenden asustarnos de nuevo con una vuelta a las cabañas de madera y a las series de supervivencia. Consumid antes de que se acabe todo, nos bombardean en los informativos, comprad, comprad, malditos. Y como muertos en vida acudimos al reclamo sin darnos cuenta de que si se produce un apagón, poco necesitaremos, salvo un techo, estar con quienes queremos y capacidad para contar y escuchar historias a la luz de la lumbre, como se hacía antes. Lo que no voy a hacer es dejarme vencer por la histeria orquestada y el miedo dirigido, como si no tuviéramos ya suficiente con la pandemia. Trataremos de superar esto como podamos, y de hacer frente a un mundo enfermo de consumo que acapara sin compartir. En casa tengo velas, libros y perrunillas (una sola de ellas tiene energía para superar una glaciación). Si sobrevivir significa alimentarse de latas de conserva y legumbres en tarros de cristal, yo no tengo tan claro que quiera sobrevivir.

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