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Tonino

LA SECCIÓN

Tonino Guitian

Sacrificios humanos

Otra semana hablaré sobre la buena gente, que es la que no sale casi nunca en ninguna parte porque los malos y tontos útiles son los que valen para seguir ganando. (Iba a decir ganando votos, pero me iba a quedar corto y tengo un número limitado de caracteres).

Todos nuestros gobiernos -nacionales, autónomos o pueblerinos- existentes desde la solución corporativa de nuestra Democracia Orgánica (el «mandar natural», vamos) han pasado lustros amándonos mucho con el objeto de no amarnos nunca. El ejemplo más claro de esta paradoja lo tenemos en el ejemplo del anterior titular de la Jefatura del Estado: el jefe hacía subir el índice numérico de sus conquistas para bajar el nivel de su pasión. Y así hemos ido los españoles: conquistando y conquistando mejoras sociales cuyo encanto no se ha decolorado con el paso de los años como los payasos de Micolor: se ha ido transformando.

Lo diré en prosa: ni a las instituciones públicas ni a los políticos españoles les desaparecen las ganas de follar. Lo que ocurre es que a determinadas edades de mandato, el pueblo soberano ya no se las pone esponjosas o duras. Empiezan a temer que, en alguna legislatura, en el transcurso de esas reuniones de canapés y vino, algún afín a su causa les acabe presentado como su tío y hablándole de usted. Y para eso lo mejor es que al toro semental le vayan cambiando la vaca. O como se dice en estadística: «Hazte así, que la sociedad ha cambiado».

Esta pequeña inmoralidad -siempre consentida- me recuerda cuando, queriendo cruzar una calle vacía con el semáforo de peatones en rojo, un amigo político se quedó clavado en la acera y me susurró al oído: «¡Quieto! ¡No sabes cómo está la oposición!» De ahí viene la expresión de «lo público» que trata, aparentemente, de lo que haces en público. Este complejo fenómeno social requiere de una hipnosis recíproca a tres entre el gobernante, los rivales políticos y el ciudadano medio, donde la autosugestión de cada uno es un requerimiento absoluto.

Desde que empecé a trabajar en la radio pública nacional he podido constatar que la inmoralidad ha ido aumentando en escala creciente tanto a finales de los 80 como en la totalidad de los 90 y los 2000 en adelante. Saquen el caso de Bárbara Rey cocinera ahora, como si al entramado de cables y conexiones que lo permitió por detrás se le hubiera fundido un fusible. ¿De verdad tenemos que esperar a que vuelva Jordi Évole para explicarnos que si todos los pelotas callan es porque el sistema está corrupto, esté quién esté, y nadie va a significarse, en plan ofrenda humana, lanzándose al volcán?

El nivel de excrementos morales humanos ha ido creciendo al mismo nivel que el deterioro natural del planeta. Sin posibilidad de marcha atrás porque, en la práctica, la justicia -ese semáforo para peatones- les importa a todos un bledo. La última grosería lanzada a la cara de la Humanidad es el afán de libertad con la vacunación. Es un «viva yo y que se mueran los africanos». Es no entender que, aunque te vacunes mil veces -como ya se hace para la gripe-, mientras haya una sola persona con COVID en el país más pobre y alejado del planeta, tu bonito negocio del primer mundo se va a ir al garete. Un día que si ha sido por ausencia de materias primas, otro por falta de energía o de ayudas, otro por la bajada de la bolsa, otro porque nadie compra. Ni siquiera es por el egoísmo global. Es por el mismo motivo por el que hay que casarse antes de los veinticinco años, antes de conocer cómo son los hombres o las mujeres, porque de otro modo no te casas. Es porque la confianza no vuelve nunca. Por nuestro instinto animal, preferimos morir antes que arriesgarnos a recibir otro bofetón.

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