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Martí

Valencianeando

Joan Carles Martí

"El libro del BOE valenciano"

La brecha entre la València real y la oficiosa sigue creciendo para aquellos que no necesitan nada de la administración para sobrevivir

Valencianeando

Versos del poema ‘La Rosa de Paper’ de Vicente Andrés Estellés en un balcón cerca de las vías del metro.

Horas antes de entrar en vigor el salvoconducto covid, viernes al mediodía, pregunté en el restaurante si lo tenían todo previsto. Ante la respuesta desalentadora, alguien de la mesa dijo que su federación de hostelería tenía que haberle enviado todo el material informativo. La cara de circunstancia ratificó que eso del asociacionismo es minoritario. «Bueno, luego cuando acabe el servicio miraré en el ‘libro del BOE valenciano’». Tengo más ejemplos, pero este vale para dejar claro que la València real dista mucho de la oficialista. El primer número del Diario Oficial de la Generalidad Valenciana (DOGV) se publicó el 19 de mayo de 1978, con la denominación de Boletín Oficial del País Valenciano. Así que 43 años y muchas oposiciones después, ‘el libro del BOE valenciano’ todavía es un elemento raro para la mayoría de gente que no necesita la administración para vivir. [Ai mare, si Xavier Albiol alçarà el cap!]. Los que no vivimos en una cápsula sabemos que esa brecha entre despachos y calle se agranda a la carrera. Cuando veo una foto de los agentes sociales firmando algo me pongo a temblar. Porque en un país donde más del 70% del PIB está en la pequeña y mediana empresa, la distancia entre los emprendedores y los grandes de la CEV es eterna. Lo de los sindicatos resulta peor. Se han quedado en meros interlocutores de empleados públicos y similares. Solo hay que advertir que un compañero del metal hace de portavoz de la multinacional, nada más que añadir.

Atrapados.

Mientras ningún científico social independiente, en caso de que queden, alerte a las autoridades, mucho me temo que esa grieta seguirá aumentando. Con casi dos años de pandemia, ver colas de última hora para vacunarse significa que hay una minoría inmune al bienestar social, a la sanidad pública y por su puesto a los más de cinco millones de muertos por covid en el mundo. El individualismo, entre otras muchas causas, está detrás de esa ola insolidaria. Sin darnos cuenta hemos caído en las redes algorítmicas que desprecian el ágora, en sentido etimológico, ese zoco mediterráneo donde los ciudadanos intercambian pareceres en un espacio abierto a la cultura y el comercio. Eso tan sencillo debería ser la plaza del Ayuntamiento, el mejor espacio donde sentarse y compartir el sol en otoño-invierno y la sombra en primavera-verano. Pavor tengo a la resolución del concurso para decidir la peatonalización definitiva, después de contemplar los vaivenes protourbanísticos en la Reina y Ciudad de Brujas.

Ciutat Vella.

El gobierno ‘rialtero’ se ha dado cuenta por fin que sus interlocutores prioritarios también está envueltos en papel de celofán. Los (Ene)mics del Carme, los autores intelectuales del cierre cameral de tráfico, nunca han sido representativos de un barrio menestral donde el Mercat Central ejerce de catedral de los sentidos en círculos concéntricos del palpitar de una ciudad muy viva que se reconoce en su mejor escaparate. Sin la complicidad de los vendedores parece complicado ejecutar mejoras. Pero tranquilos, Ciutat Vella lleva siglos sobreviviendo a la vacuidad.

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