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Esquivel

La ventana

Francisco Esquivel

Maldita sea, ¿y el epílogo?

Justo dos años atrás andábamos por Tenerife echando una semanita, como se lo cuento a ustedes. Finales de enero veraniego, chapuzones en el Atlántico, salutaciones diarias al padre Teide, inmersión de tomo y lomo entre la anatomía platanera, media jornada para deambular por La Laguna colonial y remate nocturno en Santa Cruz con sesión de música étnica salpicada por gotitas de jazz. Y cuando la estancia no podía resultar más acogedora nos percute al regreso que habíamos compartido ferry con el alemán al que detectaron el primer contagio y que dio con sus huesos en La Gomera más tiempo del previsto.

    La travesía viró a la vuelta de la esquina para todo quisque de forma abrupta. Una negra nube cubrió la primavera arrancando de cuajo cualquier atisbo de sonrisa. El salto a otra isla previsto en el calendario quedó anclado, aunque se haya quedado en «ná» y menos al lado de la de náufragos de todas las edades que sufren el ajetreo de esta distorsión en medio del agitado braceo por mantenerse a flote. Y, a unas alturas en la que pensábamos que estaríamos sacudiéndonos por fin el mal sueño, aquí seguimos al ralentí, sin acabar de digerir los monstruos más lo que reste, apaciguando las rémoras como se puede, remisos a recuperar hábitos en este horizonte escarpado, perdiéndonos una buena cantidad de encuentros que no salen a devolver con lo que cuesta cuidar el cinturón de afectos, la vida que dan y el tesoro que representan, helándonos de frío por compartir un soplo de aliento, sin hacer planes a medio plazo para que el revés no sea mayor a posteriori, hartos de guardar la distancia con los de tu misma sangre, de sacar cabeza por el chisme para que el del otro lado de la pantalla no sufra ni padezca, de tardes interminables con repetición de la jugada en que renuncias a acercarte al estreno que has aguardado no vaya a ser que, después de sortear riesgos por un tubo, venga a visitarte el malo de la película.

    Y eso que hoy me cogen en el día bueno. Uno de tantos en que no puedes evitar que, aún sin mascarilla, las gafas se empañen.             

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