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Isabel Olmos

Un carro de la compra con trampas

Detrás de algunas protestas de estos días hay intereses que van mucho más allá del precio del carburante.

Ojo con lo que metemos en el carro de la compra, no se nos vaya a colar una mentira interesada. M. Bruque

El otro día fui a comprar con mi pareja a un gran supermercado. Normalmente lo hago en tiendas de mi barrio o en cadenas locales mucho más pequeñas pero, atraídos por esa espiral de autodestrucción consumista que se estaba adueñando del país, decidimos ir a constatar los efectos devastadores de la depredación humana. Lo que nos encontramos, ciertamente, nos decepcionó. Había de todo. De todo. Todos los productos que supuestamente habían dejado de existir para dejar paso a inmensos estantes vacíos y con restos de polvo estaban ahí, como siempre, atrayendo lujuriosos a los compradores consternados. 

A tenor de las imágenes difundidas es obvio que en algunos lugares han faltado productos, no sé si por desabastecimiento exactamente o por otros interesados y ocultos motivos destinados a agitar los precios en este caótico e interesado mundo del capitalismo. En este caso, sea como fuere, desabastecimiento no había. Por eso, mi pareja y yo no pudimos reprimir nuestra sorpresa cuando al llegar a la caja, una señora que llevaba de todo espetó a la trabajadora: ‘¡Qué barbaridad! No hay de nada!’. La chica le mantuvo la mirada unos segundos, pienso yo que calculando la respuesta con cuidado, y respondió: ‘mujer, alguna cosa falta pero es más por la gente que viene arrasando que por nada más’. 

Al llegar a la caja, una señora que llevaba de todo en su carro de la compra espetó a la trabajadora: ‘¡Qué barbaridad! No hay de nada!’.

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Cuento todo esto por cómo de rápido circulan ciertos mensajes que pueden ser veraces en ciertos espacios y momentos pero que caen en el rango de ‘fake news’ cuando se defiende en una realidad en la que no corresponde. Es como cuando en una familia se empeñan en sostener que el abuelo y el padre mantenían un vinculo cordial pese a que apenas se dirigían la palabra. ‘Se llevaban bien, tenían una relación normal’ dicen. Y tu piensas ‘pero si no se dirigían la palabra casi, una muy buena relación no debían mantener’. Y es que el deseo de ver la realidad que queremos ver difiere en muchas ocasiones de la que realmente estamos viendo. Y en estas épocas tan convulsas donde apenas podemos digerir un asunto cuando nos viene uno nuevo e igual de grave nos subimos al carro de los temores sin pararnos a pensar y mirar si tienen fundamento, si son reales y si, por tanto, requieren una actuación real como tal. 

Muchas empresas han tenido que cesar su actividad durante estos últimos días por la imposibilidad de que materias primas esenciales llegaran a sus factorías pero también es verdad que en autovías y carreteras se han visto muchos camiones realizando su trabajo habitual. No todos los transportistas han parado a lo salvaje sin respetar los servicios mínimos de cualquier huelga en un estado democrático que se precie. No todos han dejado a sectores importantes de producción sin poder distribuir sus materias primas ni a la ciudadanía sin acceso a las mismas. Detrás de la protesta de estos días hay intereses que van mucho más allá de perder menos dinero con el precio del carburante (que sufrimos todos). Hay un claro interés político de generar el caos en uno de los aspectos que más nos mueven emocionalmente a todos: la carencia. Así que ojo a lo que meten en su carro de la compra no vaya a ser que entre cartones de leche y paquetes de pasta se les vaya a colar una mentira interesada, un paro patronal o el espejismo de una realidad distorsionada. 

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