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«Llevo unos días sin tiempo para nada», escucho que una mujer le dice a otra, en el metro.

–Ni me he lavado la cabeza –añade.

Yo me he lavado la cabeza, pero no me ha dado tiempo a secármela y creo que estoy cogiendo frío. La mujer está cogiendo piojos y yo frío. Cada uno coge lo que puede. Pero la frase que más me llama la atención es la de «llevo unos días sin tiempo para nada». La escuchaba a menudo en casa, de pequeño. En aquella época, yo tenía tiempo para todo, especialmente para observar el ritmo de la vida doméstica. Las vacaciones de verano eran muy largas y los adultos no podían ocuparse de nosotros. Pasaba mucho tiempo debajo del hueco de la escalera, viendo entrar y salir a la gente que no tenía tiempo para nada. Lo que veía en realidad eran sus piernas, sus zapatos, el borde de sus faldas o el dobladillo de sus pantalones. Los cuerpos iban y venían. Los cuerpos nacen, van y vienen, se reproducen y se mueren.

Yo imaginaba que los cuerpos llevaban el tiempo en el bolsillo y que lo usaban a medida que lo necesitaban, igual que el dinero. Como había poco dinero, tampoco era raro que hubiera poco tiempo. Una cosa conduce a la otra. Luego me di cuenta de que el tiempo estaba fuera y que se dividía fundamentalmente en horas, días, semanas y meses. O sea, que la gente disponía del miércoles, pongamos por caso, para lavarse la cabeza y del viernes para hacer un cocido. Pero si el jueves no se habían lavado la cabeza, ya llegaban atropellados al viernes y ahí era donde surgía esa sensación de que el tiempo se les iba entre las manos como el agua entre los dedos.

En cierta ocasión, por el Día de la Madre, le dije a la mía que le regalaba mi tiempo, todo mi tiempo. Me miró asombrada.

–Como siempre dices que no tienes tiempo para nada –añadí–, te regalo el mío.

Mi madre me dio las gracias y un beso, pero estuvo observándome el resto del día como si me ocurriera algo. Jamás hizo uso del tiempo que intenté entregarle y yo tampoco lo gasté al considerar que no era mío. Lo llevo desde entonces en el corazón, como un soplo. Cualquier día me mata.

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