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Juan José Millás.

Un segundo eterno

Cuando Putin fallezca, y si existiera el otro lado, deberían recibirlo todas y cada una de sus víctimas. Quizá lo estén esperando ya formando un semicírculo frente la puerta por la que se ingresa en el más allá. Hay niños sin brazos o sin piernas, sin cabeza, como muñecos rotos en un estercolero. Hay mujeres a las que un proyectil arrancó medio cráneo o una bomba les abrió el vientre, de cuya herida cuelgan, como despojos, sus entrañas, a veces mezcladas con un feto. Hay hombres con la piel abrasada por la pólvora, con la camisa fundida al músculo formando una extraña aleación de telas y tejidos. Estarán allí también los ancianos sin labios, muchos de ellos sin lengua, pues se la tragaron del susto cuando se les cayó encima el techo de la cocina. Le aguardan adolescentes violadas por sus tropas con el vestido hecho jirones y las bragas rotas en la mano, como sin saber qué hacer con ellas.

Si Putin imaginara lo que debería esperarle al otro lado, se quedaría en este. Pero tarde o temprano tendrá un fallo hepático, un ictus, un infarto, que le obligará a cruzar la línea y enfrentarse a los hechos. Tal vez acabe con él uno de sus lugartenientes, un oligarca que necesita salvar su yate de la quema, un general adinerado cuyas hijas estudien en Suiza o en Estados Unidos. Quizá tenga un Bruto que esté afilando ya su cuchillo mental para asestarle el golpe definitivo.

En cualquier caso, mientras velan su cadáver en uno de los salones del Kremlin, verá a los desenterrados por los perros hambrientos. Tienen barba de varios días y llevan los músculos despegados del esqueleto como el papel de la pared en las casas abandonadas. Caminan utilizando de bastón el hueso del brazo que les falta y respiran emitiendo los sonidos del que se ahoga en su sangre o en su vómito. A poca imaginación que tenga Putin, le espera un final atroz. Probablemente no exista el más allá, pero estas visiones se dan en el más acá, en las camas de los hospitales de lujo de Moscú, bajo los efectos de la morfina que te han puesto para aliviar el dolor. No nos gustaría estar en la cabeza de ese hombre cuando tenga que hacer frente a esos instantes por los que todos hemos de pasar. Tal vez esas visiones duren un segundo, pero será un segundo eterno.

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