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Martí

Ácratas de palacio

Aunque motiva más la obra de Carmen Calvo, en el IVAM hasta enero, las palabras de su tocaya exvicepresidenta sobre el anarquismo transversal de la sociedad española son bastante acertadas. Siempre pasa, los mejores análisis vienen de políticos sin expectativa de destino. Se agradece que después de tantos años de servicio, la diputada Carmen Calvo entienda que la mayoría de ciudadanos miran los poderes, monarquía incluida, como un mal menor, además de con una perspectiva diagonal mientras no molesten. Sin embargo, los gobiernos de distinta condición e índole, aún consideran al elector como súbdito pasivo, con tan solo la mínima actualización digital sobre la época victoriana. Por eso, alerta con cierta frivolización republicana ante los fastos funerarios de la reina Isabel II, pues su último servicio ha sido elegir el Castillo de Balmoral como lecho de muerte para rebajar el creciente independentismo escocés. El éxito de crítica y público en la ceremonia de la Catedral de Edimburgo confirma que la monarquía que pretende perpetuarse se actualiza con criterio. Algo que entendió a medias el rey emérito Juan Carlos I, como recoge el documental del HBO. Un testimonio audiovisual de primer orden si se obvia los tramos de salseo rosa y se atiende a los testimonios de los agentes de los servicios secretos.

El éxito de las monarquías y las iglesias reside en la buena administración del tiempo, nunca atropellados por la actualidad, con una presencia en las redes sociales cuidadamente inclusiva y con el sano juicio de preguntar antes de actuar. Todo lo contrario que el resto de actores públicos, donde la competición para buscarse hueco en la red provoca casi siempre hablar sin pensar. Enrique Vila-Matas sostiene que en un país ideal sería conveniente que un escritor se ganara la vida mejor que los políticos, porque dispone de más ideas para renovar la sociedad. Cierto, aunque el único candidato español al Nobel tras la muerte de Javier Marías, debería mejor haber dicho algunos escritores, que ahora quién no publica un libro es porque no quiere. Aunque tener ideas y escribir libros, o al revés, te lleva directamente a ser un reputado spin doctor, con el peligro de convertir a tus representados en personajes de ficción. Por ejemplo, discurrir que la patronal y los sindicatos participen en la elaboración de los presupuestos autonómicos, sin caer que la ley anual más importante de un gobierno es la elaboración de las cuentas, lo que conlleva a dos conclusiones, o no sabes por donde empezar, o lo que sobra es el conseller de Hacienda y otros cargos más que le cuelgan. Una práctica muy en la onda botánica, siempre fiel a la máxima de lo que no está prohibido, es obligatorio.

Imaginemos, asimismo, que el presidente del Consell invita a almorzar a su homólogo del legislativo y socio en el Palau para una cita en modo estadista, para un intercambio de información ante la que se avecina, así como calibrar las posibilidades de supervivencia política de ambos. Uno, siempre dentro de la más exquisita cordialidad, le menciona al otro que diga a los suyos que se pongan las pilas o en caso contrario, el octenio progresista, peligra, al tiempo que le empuja para aprovechar la debilidad de la parte minoritaria de la coalición tras la salida de la vicepresidenta para asumir la iniciativa. En cambio, el otro replica que ya no sabe quiénes son los suyos, pero que con su empeño en la candidata a la alcaldía de València, le entregan el ayuntamiento en bandeja al adversario, y así su reelección peligra. Para dejar claro que no es un envido, saca los resultados de una encuesta de ya sabes quién, donde refleja que quién avisa, no es traidor. Y así se alarga el almuerzo, entre fíjate este qué se ha creído, o esta otra que no para de llamar para lo suyo. Y entre quejas sobre las próximas citas donde coincidirán, concluyen la cumbre gastronómica.

Pero en realidad seguro que ante el escenario de una inflación desbocada y las subsiguientes crisis derivadas, nuestros dirigentes están más preocupados por nosotros de lo que aparentan. No obstante, si compruebas los perfiles de quienes se dedican profesionalmente a la política, te viene de nuevo la frase de Calvo, que España no es ni republicana ni monárquica, sino fundamentalmente anarquista, de izquierdas, de derechas y mediopensionistas, pero bastante anarquista. Claro, empezando por los gobernantes.

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