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Martí

Cambio de ciclo episcopal

Para los que creemos que la mejor división territorial continua siendo la eclesial, el cambio de titular de la Archidiócesis de València resulta más trascendental que en la Diputación, una institución que lo aguanta todo, incluso que una vicepresidenta se despida despachando que no sirve para nada, pero, eso sí, sin haber renunciado ni a una sola de las casi cien mensualidades que ha cobrado de la corporación. Visto en perspectiva histórica, el gobierno episcopal ha sido más decisivo en estas tierras en los asuntos terrenales que en los sobrenaturales, que debían ser los más suyos. En unos días, el cardenal Antonio Cañizares dejará la sede arzobispal a Enrique Benavent, todo un cambio de ciclo recibido con júbilo por público y crítica. Cañizares engaña, porque detrás de esa defensa a ultranza del dogma -como no podía ser de otra forma de un prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos-, se esconde una sólida formación intelectual, además de un atento observador de la actualidad y de sus gobernantes. Una cualidad que empezó a cultivar en Toledo con José Bono. Con el presidente castellanomanchego, e incluso con el gobierno de Zapatero, el entonces primado de España mantuvo excelentes relaciones durante el debate de la Ley del Matrimonio Igualitario que abrió las bodas de personas del mismo sexo. Porque ni el divorcio le es ajeno en su núcleo familiar, ni tampoco oculta la relación con personas LGTBI de su entorno más cercano.

Llegó a la catedral de València justo un año antes de la victoria del Botànic, enviado por el papa Francisco para poner orden en una diócesis en plena ebullición y con demasiados sobresaltos. Siguió esa costumbre con las instituciones gobernadas por la izquierda. Ha mantenido contacto permanente con Mónica Oltra, Gabriela Bravo, Toni Gaspar y Joan Ribó. Con una querencia mutua con la exvicepresidenta, donde ha confluido el compromiso social de ambos. Deja Cañizares, además de la necesaria pacificación del episcopado, una dedicación especial a los más necesitados, con atención singular a los escolares, mayores y migrantes, como saben cada uno de los responsables de los colegios diocesanos y los voluntarios de Caritas. Pero su legado más importante ha sido la creación de la fundación Pauperibus, donde Cañizares ha empezado a desprenderse de patrimonio artístico de la diócesis para destinar los beneficios a los más necesitados, y donde está previsto también que se pongan a la venta algunos de los numerosos inmuebles de la iglesia.

Su asignatura pendiente ha sido no aprobar el misal en valenciano. Una prioridad que se marcó como ‘churro’, como repetía con ironía para dejar al descubierto el desinterés del clero valenciano hablante, pero que también se la ha resistido por el empeño de los habituales. Ha estado a punto porque el Missal está casi terminado, gracias a la colaboración de la AVL y del historiador y expresidente de la RACV, Federico Martínez Roda. Tampoco ha sido capaz de desmontar ese grupúsculo conspirador que controla el Palacio Arciprestal desde hace décadas. Esas dos tareas parecen que serán las prioritarias para Benavent en su nuevo destino.

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