Opinión | ágora

Lavarse la boca

Georg Christoph Lichtenberg, que vivió en la segunda mitad del siglo XVIII, vio el mundo con la sabiduría propia de quien era el menor de diecisiete hermanos. Para hacer más difícil su vida, vino al mundo con una escoliosis grave. Su escepticismo es tan proverbial como su espíritu irónico y alegre. «Doy gracias a Dios por ser ateo», dijo en una de sus ocurrencias. Contracara de la Ilustración kantiana, él no escribió largos tratados de filosofía, pero es el más grande escritor de aforismos.

Uno de ellos dice: «Si Dios diera a conocer los secretos de los hombres, el mundo no podría subsistir». Este aforismo no tenía pretensiones proféticas. En el fondo, ampliaba la frase de Lutero que decía que las palabras eran como las palomas, echaban a volar y no se podían agarrar por la cola. Era una llamada de atención a las consecuencias no queridas de toda palabra. Sin embargo, el aforismo de Lichtenberg ha ido más allá y se ha confirmado como una profecía que se realiza ante nuestras narices.

La inteligencia venía luchando contra la tendencia pulsional de la humanidad a la verborrea inagotable. Desde Homero, el chismorreo, el gozo irresistible de hablar y de ser escuchado, se intentó disciplinar de un modo u otro. Primero canalizándolo por la narración, dotándolo de forma y de ocasión, de distinción y de ingenio. Ulises se entrega al placer de contar sus aventuras sólo tras la cena, ante la lumbre, con los vasos de vino llenos y los labios brillantes, en ese momento mágico de la noche, lo mismo que nosotros nos conectamos, justo a esa hora, con la quinta temporada de Fargo.

Hay una larga historia de la limitación, la ritualización y la contención de la palabra como un elemento central en el fortalecimiento de la comunidad, y procedía de la implícita conciencia de peligro que sale a la luz en el aforismo de Lichtenberg. Sin pudor, reserva, distancia y autocontrol de la palabra, el mundo no puede subsistir. Hoy, todos los diques se han desbordado. El hombre representativo, al que nos gusta parecernos, al que votamos con pasión y con crecida unanimidad, es el que da a conocer por su boca todo lo que pasa por sus neuronas.

Lo ha hecho posible el dios de las redes sociales, el que permite sentirnos orgullosos de nuestros secretos, exponerlos, celebrarlos, exhibirlos, compartirlos. La pulsión de exterioridad, la indistinción entre nuestro interior y el exterior, la proyección permanente y avasalladora de nuestro psiquismo como realidad única, la confusión de la realidad con nuestras imaginaciones y fantasías, domina la vida de los humanos que vienen al mundo. Ese dios de las redes, sin militantes ateos, empeñado en que nuestros secretos se den a conocer, acabará con el mundo.

Uno de sus heraldos es Milei, la última oleada de verborrea triunfante, el arquetipo de la indisciplina mental. Si observamos sus primeros días como presidente electo, obtenemos un torrente de declaraciones que no pueden ser sometidas a ningún orden. Contradicciones, rectificaciones, correcciones, incongruencias. Que se conozcan los secretos de los humanos no constituye un peligro porque sean terribles, obscenos, malévolos, crueles o estúpidos. Son un peligro porque siembran el caos. Son todo aquello, pero de forma caótica. El mundo puede sobrevivir al mal y a lo obsceno, pero no puede sobrevivir al caos.

Algunos estudios relacionan el origen de la palabra latina «mundus» con la raíz indoeuropea «meu», que debía significar a la vez suciedad y lavar, con esa conjunción de sentidos contrarios que ya Freud detectó en las palabras originarias. La raíz podría significar lavar la suciedad de la boca. ¿Acaso no decimos mondadientes? Mundus en el latín antiguo significaba limpio y ordenado. Se aplicó al universo porque los antiguos así admiraban el cielo. El orden caracterizaba al cofrecillo que guardaba los artículos de la higiene y la belleza femenina en Roma. A ese neceser se le llamaba «mundus».

La verborrea de Milei, y la del tipo humano que expanden sus acólitos en España y otros sitios, destruye el mundo porque destruye cualquier sentido de orden y de limpieza, porque no pueden lavarse la boca de toda la suciedad que expanden. Pero no olvidemos que su forma de hablar impide que cualquier otro hable, a no ser que hable con él o como él. Ahí reside su violencia. Debemos darnos cuenta de que caos y violencia verbal son la misma cosa, la forma más rápida de preparar la violencia desnuda. Por eso hace imposible el mundo y la vida, que siempre es algo compartido, común. No puede existir un orden que no sea compartido. Tras esta subjetividad incontrolable, apreciamos la voluntad imponente de ser único.

Por eso, esta personalidad sólo es compatible con una desnuda autoafirmación que es funcional con la forma actual de pensar el capitalismo. Y por eso no es azaroso que el caos verbal de Milei sólo mande mensajes claros cuando se trata de ensalzar y acelerar la privatización de todo lo común. Sus anuncios de privatizar empresas públicas han sido claros. Su voluntad de privatizar los parques naturales, también. El mundo no puede subsistir en estas condiciones. Primero, porque privatizar como programa es la otra cara de expropiar, y jamás podrá conformar un orden común compartido; pero segundo, y sobre todo, porque para hacer aceptable y digerible esa concentrada, exclusiva e insensata privatización de todo bien en pocas manos, tendrá que sembrarse el caos y la confusión mental sobre la humanidad.