Opinión

La libreta del abuelo

Flor, Carambolita y Eva

Flor, Carambolita y Eva / LEVANTE-EMV

Una vida son muchas vidas. El tiempo las va juntando para que sus piezas no se conviertan en islas solitarias o en olvido. A veces pasa que la memoria puede más, que olvidar cotiza a la baja, que la memoria, incluso en sus momentos más difíciles y como escribe Pepe Reig Cruañes en su magnífico libro Conmigo no cuentes, es no sólo acumular recuerdos sino también a veces evitarlos. Cuando nos hacen daño y nos obligan a regresar a las fuentes donde ese daño se hizo cruel encarnadura. Cuando el pasado se nubla y nos deja a merced de la superchería. Escarbar decentemente en el pasado es abrir la puerta a lo desconocido, a eso que pensábamos inexistente en los pliegues siempre sinuosos del misterio, a desvelar lo que la cicatriz esconde del alma de la herida.

Abundancia. Portada

Abundancia. Portada / Alfons Cervera

Un día alguien abre un cajón y descubre entre otras cosas antiguas una pequeña libreta, atada con una de esas gomas que a lo mejor era la misma con la que su dueño evitaba que alguien le robara los sueños o, peor aún, que alguien pudiera convertirlos en una insoportable pesadilla. La libreta estaba llena de palabras, escritas, esas palabras, como hablaba quien las escribía. Letras grandes, sin sujeción gramatical a regla alguna, abiertas al aire de un ventanuco librado de lo oscuro. El lenguaje de un cuerpo maltratado por la cárcel en tiempos de una guerra interminable: la que vino después de la guerra en una España ahogada por el fascismo. Aún hoy vemos cómo esa guerra sigue activa, cómo ha regresado a las instituciones democráticas, cómo sus vencedores anuncian la destrucción de la memoria hallada en esa libreta de renglones anchos donde caben no sólo una vida sino muchas vidas, todas las que fue encontrando en su camino quien escribe. Era la libreta del abuelo José, anarquista, compañero en la comuna pedralbina del siempre recordado Narciso Poeymirau. Y desde ella, desde sus páginas, han iniciado Flor y Eva, las nietas, la búsqueda de lo que casi nada sabían. La familia es muchas veces la más eficaz guardiana del secreto. 

Abundancia. Detalle de una página

Abundancia. Detalle de una página / Alfons Cervera

Con esa libreta se ha construido un libro. Convocaron las dos hermanas para que en el Centre del Carme, en València, se juntaran el tiempo que se cuenta en la libreta y el de ahora. Para hablar de lo que es la vida en plenitud y cuando la alcanzan la enfermedad y hasta la misma muerte. Pero sobre todo se trataba de construir un tiempo en que nada fuera imposible, en que la alegría y el dolor no fueran espacios aislados sino un cruce de lugares convertidos en un relato productivo de lo común, de eso que nos reúne no sólo para la resistencia sino para disponernos a actuar: “en el arte verdadero no hay mérito, sino atención”, se dice en uno de los textos, unos textos que son como la agenda notarial de lo dicho en esos debates asamblearios en que la palabra no supo nunca de los estragos del miedo y el silencio. Buscar un tiempo en que todo era sombra y devolverlo a la otra cara del espejo. La más luminosa, la que nos reconcilia con una memoria que aún no había sido devastada. No dar nada por perdido. Como en los versos de Antonio Méndez Rubio, tan presente en este regreso a la libreta del abuelo: “Sin causa se terminan las causas”. No dar nada por perdido. Ninguna causa. Desatar la goma que cierra la libreta. Ver qué hay dentro. Una vida. Otras vidas.

Abundancia. Detalle de una página

Abundancia. Detalle de una página / Alfons Cervera

Si no nos contamos a nosotros mismos, alguien nos contará y a saber con qué intenciones. Las historias pendientes de rescate. Indagar en el vacío, donde los testimonios ocuparán el sitio en que antes no había sino un precipicio donde hasta su casi desaparición se abismaban los recuerdos. Mujeres que recuerdan, que juegan a sentirse en lo que fueron, que luego llegarían a un libro escrito precisamente con esos testimonios. Nombres que si no se escriben será como si quienes están detrás de esos nombres no hubieran existido. Contar igualmente lo que ya no está, o está, pero a un paso de formar parte de una ausencia. Si se cuentan, las ausencias no lo serán tanto. Siempre se las espera, siempre esperamos que aparezcan, como dice Vicente Aleixandre de esa luna que nunca damos por desaparecida, ni siquiera cuando la esconden las nubes negras del desasosiego.

En un cajón alguien había escondido la libreta del abuelo anarquista. Rescatar la memoria, la suya y tantas otras que aún seguirán ocultas en un miedo tantos años después igual de intransigente: “La libreta de Carambolita esperó por más de 50 años a que una u otra la tomara…”. A José lo llamaban Carambolita. También el tío Caramba, como recuerda mi amigo y paisano suyo José Luis Bolito. En la cárcel soñaba con tener un camión y repartir por los pueblos barras de hielo, gaseosas y algo de comida. Y lo tuvo. Por la Serranía y Camp de Túria andaba con su camioneta repartiendo barras de hielo, gaseosas, algo de comida… y sueños a destajo. Esos sueños que llenan una libreta donde alguien nos dice que la vida son muchas vidas y que, en cada una de ellas y cuando se viven todas juntas, nunca hay que dar nada por perdido. Definitivamente, nada por perdido. Nada.