Opinión

Bullshit

En un discurso reciente pronunciado ante un auditorio de forofos taurinos, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, afirmó: “No conozco un lugar donde la prosperidad y la libertad se hayan abierto camino tras cerrarse una plaza de toros. Todo lo contrario; le ha seguido la sequía, el control político y el adoctrinamiento”. Estas palabras parecen apuntar a una relación causal entre las plazas de toros y un fenómeno meteorológico como la lluvia y, además, a que la tauromaquia está vinculada con la prosperidad, la libertad y el control político. Esto implicaría que el fomento del toreo, mediante la apertura de plazas de toros, sería una medida eficaz tanto para paliar la sequía como para propiciar una sociedad más libre.

Si bien pueden realizarse otras interpretaciones propiciadas por una cierta ambigüedad de la frase, en realidad tenemos un ejemplo claro de lo que el filósofo estadounidense Harry Frankfurt denominó bullshit. Aunque puede traducirse al castellano con distintas expresiones, la literatura especializada ha mantenido el término inglés. Se trata de un discurso público, actualmente frecuente en la retórica de algunos políticos que coquetean constantemente con la posverdad y los bulos, en el que se constata una desconexión y un total desinterés por la verdad. No son mentiras, ya que en ellas se reconoce que algo no es cierto y se procura ocultarlo. El mentiroso conoce la verdad, pero la enmascara para engañar. En cambio, la persona que realiza este tipo de discursos (el bullshitter) no oculta la verdad ni pretende engañar, simplemente desatiende los hechos, no tiene el más mínimo interés por la verdad, incluso puede que ni la conozca. Lo que dice no cree que sea verdadero ni falso, es un sinsentido. Como han señalado los profesores de la Universidad de Valencia Tobies Grimaltos y Sergi Rosell en su libro Mentiras y engaños: una investigación filosófica, estamos frente a un “fraude de discurso”, ya que el bullshitter no se siente concernido ni limitado “por el hecho de que crea, descrea o ignore lo que dice”. Sin embargo, ese discurso falaz, incoherente, sin lógica, sí que tiene una intencionalidad, no es inocente. Su objetivo es producir en el oyente un efecto emocional que permita movilizarlo en una determinada dirección. Orientar de algún modo sus acciones.

Otro ejemplo paradigmático de bullshit lo ha ofrecido recientemente el portavoz de VOX en el ayuntamiento de Valencia, Juanma Badenas. En el aniversario del fallecimiento de Blasco Ibáñez, un escritor y político republicano, anticlerical, que denunció los privilegios y la corrupción de la burguesía valenciana, aseguró en su cuenta de “X” que “si Blasco Ibáñez viviera en nuestros días seria de VOX, ni pijoprogre, ni del centro derecha”. Aquí el sinsentido y el desprecio por la verdad son oceánicos.

El bullshit, junto con la posverdad y las fake news forma parte del arsenal de armas de destrucción masiva de la verdad y su toxicidad corroe las entrañas de los sistemas democráticos. Corresponde a todos los demócratas, pero especialmente a los periodistas comprometidos con la ética profesional, desvelar y denunciar estos discursos nihilistas que restan valor a la verdad.