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Las tres gracias de Félix Beltrán

Obrero, artesano y artista, de temple franciscano, de los que amasan el diseño con la mano, el cubano Félix Beltrán viene en Valencia

Las tres gracias de Félix Beltrán

Las tres gracias de Félix Beltrán

La primera gracia del maestro en diseño Félix Beltrán está en su apellido, de una alcurnia homologable al de la Duquesa de Alba. Salvando la debida distancia entre la aristócrata y el republicano, la inefable grande de España sostenía en público que «no hay quien la iguale en títulos y linajes». Pues bien, ahí donde le ven, el maestro en diseño puede presumir de lo mismo. Hoy por hoy, no hay otro profesional capaz de exhibir un pedigrí tan selecto: sucesivamente discípulo de Saul Steinberg, Herbert Matter, Alexey Brodovitch, Paul Rand, Bob Gill, Georges Tscherny, Henry Wolf, Ivan Chermayeff y Milton Glaser. Y aunque esos nombres no suenen a los jóvenes cachorros del diseño actual, por cuyas pantallas desfilan con el mismo rango verdades y mentiras, el plantel es a todas luces apabullante. Tal vez me lo parece por haber conocido a Georges Tscherny, Herb Lubalin, Ivan Chermayeff y Milton Glaser, para mi desgracia demasiado fugazmente. Y algo mejor, aunque me sigue sabiendo a poco, a Josep Renau, Ricard Giralt Miracle, Joan Trochut, Josep Pla-Narbona y Daniel Gil.

En fin, la segunda gracia del maestro en diseño Félix Beltrán está asociada con el periodo probablemente más glorioso de la historia de Cuba. Vivir una revolución triunfante ha de ser una experiencia vital límite para los sentidos y las neuronas, y el improvisado magisterio militante permitió al héroe gráfico de la Revolución codearse con los grandes maestros internacionales, los cuales le enseñaron parte de lo que aplicó en campaña admirando sin reservas al joven guerrillero que dio al diseño cubano una bandera en forma de cartel que haría suya la revolución social en ciernes.

Pasan los años y el maestro en diseño sigue a lo suyo, repartiendo esa gracia a los afortunados alumnos de la Universidad Autónoma de México en la que imparte docencia y en lecciones esporádicas que acepta dictar por todo el mundo, apareciendo como el más firme candidato a ejercer el cargo de embajador volante del diseño gráfico y la comunicación visual internacionales, caso de haberlo.

Es curioso, pero cada uno en su pobre meridiano aprendimos a diseñar en la misma escuela gratuita, que eran las páginas de los anuarios europeos y americanos de diseño y publicidad. Ávidos e intuitivos, sin otra consigna que el instinto, examinábamos una y otra vez los trabajos hasta penetrar sus secretos, obsesivamente. Al principio fue una autoenseñanza indiscriminada, pero poco a poco fuimos tomando posiciones: primero en favor de uno u otro estilo y luego entre uno u otro diseñador. Por lo visto, Félix se identificó plenamente con el trabajo de Armin Hoffmann y Josef Müller-Brockmann, lo cual le convirtió en uno de los apéndices hispanoamericanos de la «escuela suiza».

Esa fase inicial en la formación del maestro en diseño fue común a la de todos los colegas de nuestra generación. En aquel tiempo, la actitud ante el diseño no procedía de ningún ente académico sino de la pasión por lo que hacíamos. Sin saberlo, seguimos el mismo método deductivo de factura franciscana, que consiste en amasar el diseño con las manos como hacen los obreros no cualificados, incorporar luego la mente para convertirlo en artesanía (entonces todo se hacía a mano), y al final implicar al corazón en el oficio para trascender la artesanía en arte (o en obra redonda, hablando de diseño).

Pese a que aquella globalidad de papel fue poca cosa, comparada con la que facilitan hoy las redes sociales, lo que el maestro en diseño hizo en su triste Cuba tiranizada por el general dictador Fulgencio Batista, nosotros lo hicimos en nuestra triste España tiranizada por el generalísimo dictador Francisco Franco. A ambos lados del océano, sin escuelas ni contactos, no había otra alternativa que sorber como auténtico maná las revistas extranjeras que nos caían en las manos.

No en vano el maestro en diseño dice que «para que el público entienda nuestros mensajes hay que ser un poco convencional». Y lo dice quien fue a la vez obrero, artesano y artista, capaz de examinar los mensajes visuales del derecho y del revés, si no por triplicado, que se lamenta con nostalgia no exenta de desencanto que «los jóvenes diseñadores aspiran por encima de todo a ser diferentes. No luchan por ser los mejores, sino simplemente diferentes», como plantea todos los días y a todas horas la moda que nos impone a la fuerza la todopoderosa economía de mercado.

Quizá la tercera gracia del maestro en diseño Félix Beltrán está en apostar por un diseño sencillo y un propósito difícil: «hacer evidente lo que no lo es». Son cuestiones de una sutilidad que no puede resolver quien no esté lo bastante preparado, pues acto seguido advierte que «el diseño parece fácil pero es muy difícil». Y concluye que «la comunicación, posible a través de distintos medios, no es un proceso aislado, no se cumple en sí misma. Es sólo la parte inicial. El efecto en el público es la parte final. Sin comunicación no hay efecto, pero sin efecto no hay comunicación, al menos la esperada. Ahora, ¿cómo es posible detectar el efecto de la comunicación? El no contar como referencia con la investigación social lo considero mi punto débil». Implacable en su autocrítica, admite en el tono franciscano que le es propio que «si bien un mal alumno puede ser transformado por un buen profesor, un mal profesor no puede ser transformado por un buen alumno».

No hay duda de que sin investigación social el libre manejo de las formas deviene un compromiso incierto, como sucede en el diseño de logos (o «marcas», como las llama él). Las formas significan cosas, pero mal elegidas son contraproducentes. En este sector abundan imágenes literales, redundantes, sin imaginación y a menudo sin sentido; sin embargo, es ahí donde el maestro en diseño da la medida de su maestría al hacer evidente lo que no lo es con diseños que parecen fáciles pero que son muy difíciles. Si uno observa, por ejemplo, su cruz roja (símbolo universal sanitario por excelencia que, por cierto, acaba de cumplir cien años) que alberga en el centro geométrico otra cruz igual, inscrita, pequeña y blanca (símbolo de la bandera suiza de fondo rojo), no podrá por menos que descubrirse ante un pictograma literal y redundante cargado de inteligencia, sensibilidad y eficacia, y por si fuera poco portador de las tres gracias mitológicas: encanto, belleza y creatividad.

Hablando de tiempos lejanos: si la excelencia en un oficio artesanal le valió al pionero de la imprenta Nicolas Jenson el ascenso a la nobleza, con la distinción de conde palatino otorgada por el papa Sixto VI, creo que la excelencia archidemostrada en su profesión por el maestro diseñador Félix Beltrán le concede el derecho a aspirar a un título semejante. Uno y otro parangonables, nada más y nada menos, a los aristocráticos officium palatinum de la antigua Roma.

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