Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Más allá de la vida

Louise Glück, premio Nobel en 2020, se asoma al horizonte de la muerte en «Noche fiel y virtuosa», su último libro.

Más allá de la vida

Más allá de la vida

Noche fiel y virtuosa, el último libro de Louise Glück, se edita en castellano siete años después de su publicación en inglés y al año de la concesión a su autora del premio Nobel de Literatura. Es el primero de sus poemarios que no lleva el membrete de Pre-textos, el sello que la dio a conocer entre nosotros y con el que su agente literario, Andrew Wilye, decidió cortar toda relación al cabo de siete títulos y la obtención del más codiciado galardón de las letras. Sin entrar en el análisis de los motivos que una parte adujo para romper y la otra para sentirse agraviada, Noche fiel y virtuosa resulta un libro bien adecuado para un cambio de marca editora, pues Glück introduce en él algunas novedades: textos en prosa y largos poemas narrativos en los que habla una voz masculina, un pintor que en los estertores de su carrera echa la vista atrás para emprender una disección del vacío, de su vacío presente, como antesala de la muerte física y creativa (o quizá física porque antes lo es de la actividad creadora): «Y le hablé del vacío de mis días, / y del tiempo, que empezaba a agotarse, / y de la insignificancia de mis logros». Todo ello aderezado con un suave onirismo y cierto trazo alegórico, como en el poema inicial, apropiadamente titulado «Parábola», y con insertos de la hasta ahora dominante voz femenina que en la poesía de Glück suele identificarse con la de la propia escritora. «Leemos tus libros cuando llegan al cielo», le dice su madre muerta en la segunda sección de «Visitantes de fuera».

Asomarse a lo que haya después de la vida, cuando esta se encuentra en el horizonte de su extinción; de esto es de lo que Glück, incrédula de un más allá religioso, quiere obtener siquiera una vislumbre, cruzando la línea de corte. Una tarea que obliga, claro, a hacer balance de lo vivido; y doblemente, pues al adoptar el alter ego del pintor sin deshacerse de su propia perspectiva, la poeta se escinde para abarcar más y dar no uno, sino dos relatos del acabamiento. Sin embargo, a diferencia de las personae empleadas hasta ahora en su obra, esta del pintor que al final de su vida solo pinta lienzos blancos es una máscara algo tópica y tramposa, o, incluso, si se me permite, injusta para con el género masculino, en la medida en que Glück canaliza a través de ella su visión menos resignada de la muerte, mientras reserva para la voz autorial y femenina, atribuible a su persona (reconocible gráficamente por la secuenciación de los poemas que le atribuye), el enfoque más sereno y cooperativo. Indudablemente, las dos perspectivas se complementan, porque lo que el pintor atisba es su propio deceso y, en cambio, Glück (o el sujeto lírico que la enuncia), situada en una fase anterior, piensa en el suyo solo cuando las sombras de sus padres y su hermana la visitan. Pero, aun así, visto en conjunto, cabe dudar de la justeza del reparto de roles y puntos de vista, por más que en una ocasión los papeles se inviertan y la voz femenina compare la línea de corte con un «despeñadero» y la masculina, páginas más adelante, abstractamente, «con el infinito, representado / por una línea recta, / como un signo menos».

Y aun cabe dudar –y esto es lo importante– de que la concatenación de las dos voces, con todo y que representen otras tantas fases en el avance hacia el punto de no retorno, conduzcan el poemario a una conclusión satisfactoria. Hay algo que no termina de casar cuando leemos en alternancia la novela en verso que van configurando los poemas en que habla el pintor (diurnos, en vigilia) y el entramado onírico de las piezas donde la voz femenina intenta oír a sus seres más queridos hablarle desde el otro lado. Algunas, como «Una aventura» y «Visitantes de fuera», son espléndidas, pero en las dos últimas, «El relato de un día» y «Un jardín de verano», una cierta atonía se adueña de la escritura («…como una mente / embotada por demasiados fármacos») y el temor a seguir penetrando en el territorio desbrozado por los sueños debilita las indagaciones de la voz, tan atrevida hasta ese momento. La propia poeta reconoce sus dudas en la cuarta sección de «El relato de un día», cuando afirma: «Me debatía entre una estructura de oposiciones / y una estructura narrativa…». Glück confiesa ahí su impaciencia con el material que está elaborando, incluso podría estar admitiendo su fracaso; «Un jardín de verano» no lo aclara, y el lector (o al menos este lector) se queda con la sensación de que el remate del libro, hermoso y ambiguo, no es determinante, que la poeta ha preferido (¿por qué?) pasar a la visión diurna, la del pintor, pero sin mostrar curiosidad, como él, por saber qué se dice o se ve tras cruzar la línea de corte. Quizá la respuesta esté en la lectura de «Interrupción prematura de un viaje», uno de los ocho textos en prosa del volumen, donde, hablando desde la perspectiva de un moribundo, Glück examina ese punto del recorrido vital en el que «ni regresar al principio ni avanzar hacia el final resulta soportable»; en ese punto, concluye, lo único que cabe hacer es «detenerse».

Compartir el artículo

stats