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La guerra, ¿misteriosa necesidad?

La fuerza narrativa de los hechos históricos, ilustrados con las citas más solventes de Margaret MacMillan

La guerra, ¿misteriosa necesidad?

La canadiense Margaret MacMillan (1943) es doctora en historia y catedrática en la Universidad de Oxford, estando en posesión de varios premios internacionales. MacMillan experta conocedora de la historia internacional en todas sus facetas es autora de libros escritos no solo con pulso y autoridad académicas sino con versatilidad suficiente para atraer a lectores no especializados. Buena muestra son, entre otros, sus libros: Juegos peligrosos. Usos y abusos de la historia (Ariel, 2010), 1914. De la paz a la guerra (Turner, 2013), Las personas de la historia. Sobre las personas y el arte del liderazgo (Turner, 2017) y su aportación más reciente, La guerra. Cómo nos han marcado los conflictos, que ahora comentamos.

En La guerra… se abordan los conflictos armados desde perspectivas bien diferentes, desde la de un arte peculiar a la de un misterio sin solución. Todo está ya en textos de historiadores, filósofos, escritores, alquimistas, intelectuales, etcétera, desde los orígenes hasta hoy. Desde Homero o Tácito, pasando por Platón, Sun Tzu, Shakespeare, Espronceda, Clausewitz, Hemingway o de Svetlana Alexiévich, por citar algunos nombres, la guerra aparece como una sempiterna e inevitable necesidad unida a la evolución y desarrollo (luego se llamaría progreso) de las sociedades humanas, como una semilla permanente del mal ¿Un mal necesario? ¿inevitable? Es así, al menos, como suena.

A lo largo de todo el texto, MacMillan sostiene que, la guerra es parte esencial de la historia de la especie humana. Sin tener en cuenta la guerra, la historia y la experiencia humanas resultarían inexplicables. Tanto el devenir histórico como la evolución de las sociedades serían restos arqueológicos sin posible ordenación. La guerra, su mortal y al tiempo atractivo aliento, acompasa la evolución de las especies, las revoluciones sociales y políticas, los avances y retrocesos científicos… La guerra interpretada, pues, como medida de todas las cosas. Las calles y plazas de pueblos y ciudades de casi todo el mundo llevan el nombre de las más sangrientas batallas o de los caudillos más feroces.

Los ejemplos y las situaciones violentas, de extrema crueldad, se suceden, desde la introducción, en un texto que abarca todos los espacios, cubre todos ángulos, incorpora diversos puntos de vista; que, comenta acciones planificadas o salvajadas espontáneas: «Las multitudes que asisten a eventos deportivos a veces los viven como si fueran batallas y el equipo contrario, el enemigo». Afirmación que se queda corta contemplando los «informativos» de las televisiones (cada día más frívolos y ramplones) pasando vídeos difundidos mundialmente en redes sociales. Recapacitemos sobre imágenes y comentarios que dejan el fútbol y otros eventos deportivos -espectáculo y droga social al tiempo, incluidos los Juegos Olímpicos- las broncas callejeras entre bandas armadas en defensa de uno u otro equipo. Los ultra-violentos se golpean o hieren por puro placer y ni siquiera asisten a los partidos. Se citan para librar batallas campales en las puertas o arrabales cercanos a los estadios de juego. Hay heridos graves, muertos incluso, descomunal despliegue de fuerzas policiales y el sinvivir de vecindarios expuestos a los vaivenes de estas peculiares guerrillas urbanas sin causa ni objetivos que defender.

¿Puede hablarse, en estos casos, de delitos de odio? El odio, que sepamos, es un sentimiento que se desarrolla en contacto con determinadas circunstancias ambientales, una ideología… Más bien parece un pecado «de pensamiento», hurtando una vieja expresión al catecismo de nuestra infancia. Todos pensamos barbaridades que luego no podemos cometer. El salvajismo de masas, más si está emponzoñado por el consumo de alcohol y estupefacientes, tiene mejor encaje con las guerras tradicionales y cotidianas. Las bandas están, como mandan los cánones, organizadas. La geografía es guerrera, las metáforas literarias también.

MacMillan desciende a los infiernos cuando afirma: «La guerra no sería posible sin nuestra predisposición a matar» o, «la guerra tiene un propósito ya sea este ofensivo o defensivo y supone organización y la existencia de personas comprometidas con esa organización…». Es una paradoja -recalca-, pero las guerra se afirman «conforme los humanos iban creando sociedades más organizadas».

Luego están las armas y su evolución; su acumulación infinita. La era nuclear inaugurada en agosto de 1941 (Hiroshima y Nagasaki), son el principio de un fin que mantiene, por un lado, atenazada la posibilidad de una guerra total y por ende final, y por otro, la necesidad de perseguir un equilibrio del terror… Un libro, provocador que afirma que tenemos capacidad de «disfrutar la guerra». Incómodo admitirlo en público, pero a tenor de lo expuesto:

«Algo más perturbador todavía es darse cuenta de que a muchos combatientes les gusta tener en sus manos el poder de decidir sobre la vida y la muerte de otros seres humanos y disfruta con la muerte y la destrucción». Un buen entrenamiento para «disfrutar», hoy, puede ser contemplar la agonía de Afganistán o el hundimiento de las pateras sobrecargadas de migrantes. Y nos sentimos satisfechos hablando de «Derechos Humanos» y considerándonos seres humanos.

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