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Vargas Llosa y su ego

Vargas Llosa y su ego

Solo el presidente de la República, en su condición de protector de la Académie Française, tiene capacidad para vetar la entrada de un nuevo miembro de esta venerable institución. Así que, tras la votación de la semana pasada, si Emmanuel Macron no lo impide, que no lo hará, Mario Vargas Llosa se sentará en el sillón número 18 y pasará a formar parte de «los inmortales», la divisa con la que el cardenal Richelieu distinguió el escudo de la Compagnie.

La elección se suma a otros honores y distinciones que jalonan la vida del escritor: premio Nobel de literatura, miembro de la Real Academia Española, veinte doctorados honoris causa, la Legión de Honor francesa, la Orden El Sol del Perú… y el Marquesado de Vargas Llosa que, como demostración de su «Real aprecio» (BOE 4/2/2011), le concedió para él y sus sucesores Juan Carlos de Borbón. Un rey, cuyo ejemplar comportamiento tal vez haya servido de modelo al nuevo marqués, como parece sugerir su aparición en los papeles de Panamá y en los papeles de Pandora como titular de una sociedad en un paraíso fiscal.

La modestia no es la mayor de las virtudes de Vargas Llosa y su grandeza como novelista contrasta con la probidad demostrada en alguno de sus ensayos. Así se pone de manifiesto en su libro ‘La verdad de las mentiras’ (1990), cuya tesis principal está tomada del libro de Max Jacob ‘Art poètique’ (1922) en el que sostiene que una obra sincera es aquella que está dotada de la suficiente fuerza para dar realidad a la ilusión y que uno es artista en la medida que es capaz de mentir en pos de la belleza.

Vargas Llosa no citó entonces a Max Jacob. Como tampoco citó el libro de Guy Debord ‘La Sociedad del espectáculo’ (1967) y su película del mismo nombre (1973) cuando en 2009 publicó un largo artículo en Letras libres titulado «La civilización del espectáculo». Tuvieron que pasar tres años y algunos reproches para que lo hiciera. En 2012 le antepuso una introducción en la que, ahora sí, repasaba algunos ensayos anteriores sobre la cuestión, le añadía otros artículos publicados en El País que poco tenían que ver con el tema y lo publicaba en forma de libro.

En cualquier caso, las alusiones a Debord no se caracterizan precisamente por su respeto a la congruencia cronológica: «en noviembre de 1967, apareció en París el [libro] de Guy Debord ‘La Société du Spectacle’, cuyo título se parece al de este libro». A lo que añade: «el libro de Debord contiene hallazgos e intuiciones que coinciden con algunos temas subrayados en mi ensayo». ¿Quién se parece a quién? ¿Quién coincide con quién? Vargas Llosa y su ego.

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