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Cecilio Alonso, una obra consolidada de crítica literaria

Un ensayo a partir del hallazgo fortuito de sendos carteles taurinos del verano de 1901, entre cuyos ingredientes cómicos se barajaban los nombres de Electra, la heroína del drama de Pérez Galdós estrenado en enero, y de Don Tancredo.

Cecilio Alonso, una obra consolidada de crítica literaria

La obra de Cecilio Alonso como crítico literario, historiador de la Literatura española del siglo XIX, principios del XX y docente aparece, como la de otros investigadores, en lo que los informáticos llaman segundo plano, cuando debería estar en primera línea y tener mayor reconocimiento intelectual y social. Obtuvo el Premio de Bibliografía de la Biblioteca Nacional Española de 2003. Es un antiguo catedrático de Enseñanza Media, jubilado, cuando ésta estaba más cercana a la Universidad que a la educación supuestamente básica, y fue tutor en el Centro de la UNED de València. En 2019 donó, con Encarna Marín, al Archivo de la Democracia un fondo documental que ambos habían recogido de su época de estudiantes de la Universitat de València. Cuando accede a la catedra, el bachillerato se concretaba en seis años y dos reválidas, una al terminar cuarto (bachillerato elemental) y otra en sexto (bachillerato superior), para pasar a un curso de preuniversitario con unas pruebas realizadas en la propias universidades que posibilitaban matricularse en una licenciatura que duraba cinco años, salvo en Medicina que eran seis. Era una época en que el de catedrático de Medias era el segundo cuerpo de funcionarios de la Administración Educativa. Formaron parte personalidades distinguidas, con obras en distintos campos, como Antonio Machado, el, reconocido historiador Domínguez Ortiz, Julián Besteiro, Vicens Vives, Gil Gaya, Blecua Tejero, María Moliner, Celso Arévalo, María Zambrano, Julio Valdeón, Carola Reig, Díaz Regañón, Elena Gómez Moreno, Julio Feo, Montero Moliner, Cecilio Alonso, etc. etc. Algunos de ellos pasaron a la universidad como catedráticos, caso de Besteiro, Blecua o Vicens Vives, reformador de la historiografía española.

Desde antes de la II República, en la misma, y en las leyes franquistas de 1938 y 1953, no se cambió el estatus y la consideración del cuerpo de catedráticos de Enseñanza Media. Solo en la reforma de la Ley General de Educación (EGB y Bachillerato) de Villar Palasí de 1970 pasó a llamarse catedráticos de Bachillerato, pero con la misma oposición de cinco ejercicios eliminatorios y la consideración profesional que venían ostentando. El Bachillerato, junto a la aparición de la FP, ya no era una enseñanza minoritaria con un enfoque principalmente universitario. Así, en 1990 Rubalcaba y Marchesi, con el apoyo de los pedagogos, articularon la LOGSE, con la unificación de un solo cuerpo de profesores de enseñanza secundaria donde se otorgaba la condición (’conditio’ en latín) de catedrático de enseñanza secundaria, pero ya no mediante oposición sino por años de servicios y cursos realizados, especialmente de pedagogía o didáctica. Sin embargo, aquellos antiguos catedráticos de Enseñanza Media o Bachillerato tenían en muchos casos más currículo que muchos profesores universitarios no numerarios (los pnns). Una parte de aquellos se buscó la vida por su cuenta y se incrustaron en la universidad, llegando a titulares o catedráticos de la misma. Eso no le importó al que llegaría a ministro con González y Zapatero, y a quien los guerristas se referían como «el malvado Rubalcaba, te das la vuelta y te la clava». Él, que cuando era del staff del MEC, presentó una instancia como pnn, doctor de Química, y le dieron una plaza de titular universitario, actividad que solo ejerció en sus últimos años de vida, ya retirado de la política. Lo que no impide que tuviera habilidades para ser secretario general del PSOE y buen parlamentario como reconoció el mismo Rajoy. Posteriormente, con el PP, se creó el cuerpo de catedráticos de enseñanza secundaria, pero sin modificar el diseño de la LOGSE. Las condiciones sociales de España habían cambiado y un cuerpo de elite en la enseñanza no universitaria parecía ya inviable.

Toda esta introducción me sirve para destacar las circunstancias profesionales de Cecilio Alonso y reseñar su último libro: ‘Electra, Don Tancredo y sus Couplets’, (Renacimiento, 2021) que constituye un estudio de una de las parodias taurinas del drama anticlerical, Electra, de Benito Pérez Galdós, «mi lucha constante, según sus palabras, contra la superstición y el fanatismo», que representa, a su vez, una contribución a la literatura taurina. Se estrenó en 1901, donde el joven Ramiro de Maeztu gritó: «¡Abajo los jesuitas!». Este trabajo de Alonso es la continuidad de una obra que, según la referencia de Dialnet, entre artículos de revistas, colaboraciones en obras colectivas, reseñas y libros, cuenta con unas 99 contribuciones publicadas y dedicadas principalmente a la literatura española del siglo XIX a principios del siglo XX. Destacaría tres de ellas, que son las que tengo leídas: ‘Travesías de la Modernidad: prensa y letras en España (1890-1914)’ (Renacimiento, Sevilla, 2015) donde estudia la relación entre la prensa y la literatura desde finales del XIX a comienzos del siglo XX y su contribución al estudio del periodo entre el regeneracionismo de 1890 y el reformismo de 1914. ‘Historia de la literatura española. Hacia una literatura nacional, 1800-1900’ (Crítica, vol.5. 2010) en el que estudia a los escritores de la época que tomaron como referentes a los del Siglo de Oro, recibieron las influencias europeas del romanticismo, el realismo y el naturalismo, entre los que destacan Varela, Pereda, Galdós, Pardo Bazán o Clarín. Pero, sobre todo, Alonso pone en valor las novelas del valenciano de Enguera Manuel Ciges Aparicio (1873-1936), escritor, periodista, traductor y político, casado con una hermana de Azorín. Analiza su obra en una Introducción, de unas 96 páginas, a los tres volúmenes que recopilaron la obra de Ciges (Classics valencians, Generalitat Valenciana, Consellería de Cultura, Educació i Ciencia, 1986). Éste se incorporó al Ejército, alcanzó el grado de sargento, luchó en la Guerra de Marruecos, después fue destinado a Cuba y escribió en El País, con seudónimo, defendiendo la autonomía de la isla. Fue arrestado y acusado de traición por criticar la actuación del general Weyler. En 1898 fue indultado y entró en contacto con Manuel Azaña. Fue gobernador de Ávila con el Frente Popular y fusilado en agosto de 1936 por las tropas del levantamiento militar que dirigiría Franco. Uno de sus cuatro hijos, Luis, fue actor de cine.

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