Una historia de amor al final del túnel

El libro de Leila Guerriero es una exploración despiadada de los abismos que nos rodean y de las inmensas ganas de vivir de una mujer imborrable

Una historia de amor  al final del túnel

Una historia de amor al final del túnel / susana fortes

Susana Fortes

Susana Fortes

Recuerda que llevaba a su hija Vera al colegio de Las Naciones Unidas, en Madrid, a bordo de un un BMW de color verde manzana con las ventanillas bajadas y los Rolling sonando a todo volumen a las ocho de la mañana. Era 1978. Estaban a salvo aunque no se lo acababa de creer, y tenía razón. En una de las fotos se ve a una mujer muy joven, de melena larga rubia con una cinta de india sioux cruzada en la frente. Podría pasar por una modelo o actriz de los setenta, pero no. Es Silvia Labayru, nacida en Buenos Aires, hija de un capitán de la Fuerza Aérea que luego se hizo piloto civil de las aerolíneas argentinas. Una muchacha de buena familia, criada en los mejores colegios. Después del golpe militar de 1976 que instauró la Junta Militar, se hizo montonera al igual que muchos de sus compañeros de clase.

En diciembre la dictadura dio la orden de secuestrarla. La detuvieron al bajar de un autobús. Tenía diecinueve años y estaba embarazada de cinco meses. Llevaba un vestido premamá de rayas y una pistola en el bolso. La metieron en un coche, pero no le vendaron los ojos. Ella miraba por la ventanilla los árboles de la avenida del Libertador, las flores, los cafés… y se iba despidiendo del mundo. Permaneció más de un año en las dependencias de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, la ESMA, de donde muy pocos lograron salir con vida. Una superviviente. Allí sobre una mesa de madera tuvo a su hija, que fue entregada a los abuelos a las pocas semanas de nacer mientras ella continuaba presa.

Una historia de amor  al final del túnel

Una historia de amor al final del túnel / susana fortes

Silvia Labayru es la protagonista de La llamada, el último libro de Leila Guerriero, publicado por Anagrama. Contiene las conversaciones que mantiene la periodista con ella y con todo su entorno, sus familiares, sus parejas, sus amigos, los que la aceptaron, los que la cuestionaron, los que hablaron de síndrome de Estocolmo, los que no entendieron que siguiera viva, los que pasaron de largo…

No esperen un reportaje más sobre la represión de la dictadura, las violaciones, las torturas… El libro de Leila Guerriero es otra cosa. Tiene que ver con algo muy hondo que los seres humanos tenemos dentro de la cabeza, y con una exploración despiadada de los abismos que nos rodean y de nosotros mismos. Los que somos, los que fuimos, los que podríamos ser. La fascinación por el otro, ese misterio. Y trata también de las inmensas ganas de vivir de una mujer imborrable, tenaz, complicada y eternamente enamorada, decidida insólitamente a ser feliz.

Leila Guerriero es probablemente la mejor cronista de su generación, elige los temas con un instinto animal, con ganas de meterse en un campo de minas y salir viva. Lo consigue. Escribe con un respeto exquisito. Pero hace las entrevistas con un método implacable. En la serie, Old Man, el ex agente de la CIA, Harold Harper, le dice a un subordinado que está aprendiendo el oficio: «A veces hago preguntas para obtener una respuesta. A veces hago preguntas para ver qué tipo de reacción provocan. Y otras veces simplemente hago preguntas como un jugador de billar que se queda mirando cómo rebotan las bolas, por si acaso alguna le lleva a algo interesante». Leila Guerriero siempre hace carambola.

La llamada es un libro que se lee como una novela, aguantando la respiración. Uno puede decidir no leerlo, claro está. Sin embargo una cosa es segura, si por alguna razón el lector curioso hojea las primeras páginas, le va a resultar del todo imposible dejarlo. Esto es algo que ya no pasa muchas veces con los libros. Pero algunas veces pasa.

Silvia Labayru fue a un colegio público muy prestigioso en Buenos Aires, con un nivel de exigencia bestial, el Nacional. Para entrar los aspirantes, tenían que prepararse el examen de ingreso durante un año como si se tratara de una oposición a notarías. Estamos hablando de niños de secundaria. Le llamaban El Colegio, como si no hubiera otro. Leían a los clásicos en latín cursaban seis años en esa lengua, Por ahí pasaron todos: diputados, senadores, jueces, periodistas, premios Nobel… Aprendieron a leer en sentido metafórico. Una capacidad más útil de lo que puede parecer.

Debió de ser importante ese lugar. Hace un par de años un grupo bastante numeroso de antiguos alumnos se reunió en torno a una exposición de fotografía sobre el exilio en una librería de Buenos Aires. Fotos en blanco y negro de los años de la diáspora de 1976-1983, casi todas en Madrid. Imposible no preguntarse, tal como soplan los vientos en la Argentina de hoy, si en cualquier momento a estos hombres y mujeres no les tocará otra vez volver a hacer las maletas. Pero entonces no lo pensaron. Era 2022 y Milei todavía no había empezado el desguace de su país. Se les ve relajados, posando confiados, conversan, beben, ríen, recuerdan a su profesora favorita que les daba clase de latín. La Royo. En la reunión alguien va y entona una frase: Ut queant laxis / otra voz se le suma con la siguiente estrofa: resonare fibris…y entonces, sin ponerse de acuerdo, todos empiezan a tararear un cantico en latín golpeando la superficie de la mesa con suavidad para que las botellas y las copas no se caigan al suelo, siguiendo el compás. Es el himno que cantaban juntos puestos en pie en el colegio. Cuando aún nada había sucedido pero todo estaba ya a punto de suceder. Así empieza todo.