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El primer amor de Tino y Lina

Tino con sus compañeros de curso del Colegio Escolapios de Gandia.

Tino con sus compañeros de curso del Colegio Escolapios de Gandia.

d urante muchísimos años he guardado en el cajón de los recuerdos la historia amorosa de Tino y Lina, nombres supuestos, de dos amigos ya desaparecidos, que se enamoraron en 1952, cuando tenían 16 y 15 años. Tino era hijo del Delegado de Abastos recién llegado a Gandia y estudiaba en los Escolapios. Lina, hija de un exportador, estudiaba en las Carmelitas. Se conocieron en uno de los guateques que se organizaban en la casa de Trini Frasquet y, en cuanto comenzó a sonar en la gramola la música de Los Panchos, se pusieron a bailar muy acaramelados mientras Tino le susurraba al oído: «Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez».

No se separaron en toda la tarde y, cuando Tino la acompañó hasta su casa, antes de despedirse, con las mejillas rojas por el deseo, la besó en los labios y le propuso ir al cine al día siguiente.

Se encontraron en la puerta del Goya. Y Lina, que todavía leía cuentos de hadas, se sintió una princesa cuando su príncipe azul le regaló una bolsa de palomitas de maíz. Entraron en el cine. Había comenzado el No-Do y, mientras Franco, llevado bajo palio por seis obispos, abandonaba la catedral de Barcelona, el acomodador, con la luz de su linterna mágica, alumbró sus butacas. Tino olía a Agua Brava, la misma colonia que usaba el padre de Lina. Y cuando notó que Tino le tomaba la mano no la rechazó. Sintió un delicioso calorcillo por todo su cuerpo y, entre suspiros de emoción y con el corazón acelerado, permanecieron amartelados hasta que en la pantalla apareció la palabra fin.

Salieron del cine cogidos de la mano. Soplaba un viento gélido. Él puso su brazo protector sobre los hombros de ella y en el quicio oscuro de un portal comenzaron a besarse.

Cuando Lina llegó a casa sus padres habían comenzado a cenar y su madre no pudo evitar un comentario.

-Pero hija, qué sofoco traes.

-Son cosas de la juventud, apostilló el padre.

Afortunadamente no podían ver cómo latía su corazón y, en aquel momento, la cocinera apareció trayendo la tarta con quince velas de un cumpleaños que Lina nunca olvidaría.

Cuando se retiró a su habitación todavía sentía en los labios el sabor de los besos de Tino y, antes de acostarse, roció la almohada con la colonia de su padre, sintonizó en el transistor el programa La hora bruja y se durmió arrullada por las voces de Los Platers cantándole Only You.

Al día siguiente, al salir de clase, compró en la imprenta Ferrer un diario de tapas rojas con un pequeño candado cuya llave puso junto a la medallita de la Inmaculada que llevaba colgada al cuello. Aquella noche, encerrada en su habitación, comenzó a escribir todas las maravillosas sensaciones de su primera aventura amorosa.

Se veían todos los días al salir del colegio y los sábados por la tarde, con un brillo especial en los ojos, iban a Santa Ana para besarse y acariciarse con más libertad. Pero como los dos estaban muy influidos por la educación religiosa de Carmelitas y Escolapios, no se atrevían a traspasar la barrera de la ropa interior, mientras experimentaban por primera vez unos curiosos fluidos muy gratificantes.

Cada sábado, al regresar a casa, Lina escribía unas líneas en su diario de tapas rojas, y cuando tomaba la llavecita que llevaba colgada al cuello para abrir el candado, la medallita de la Inmaculada Concepción le recordaba que debía confesarse.

Después de grandes dudas, temores y vergüenzas, Lina decidió acercarse al confesionario y tuvo que explicar al cura, con todo lujo de detalles, cómo habían sido los besos, dónde los tocamientos impuros, y si sintió placer.

Durante las vacaciones de Navidad Tino marchó a Madrid con su familia y Lina sintió por primera vez la tristeza de la soledad. Necesitaba sus caricias y pasaba los días anhelando el regreso mientras leía, una y otra vez, todo lo que había escrito en su diario.

Por fin terminaron las vacaciones y volvió al colegio con la ilusión de salir al mediodía para abrazar a su querido Tino. El día comenzaba con la misa de rigor. El armonium inició las notas de la Salve Regina y, al finalizar, salió el cura que la había confesado para celebrar la misa. Pero antes de comenzar, mirando fijamente a Lina, anunció con voz grave:

-Esta misa será en sufragio del alma de Tino Fernández, alumno del colegio de los Padres Escolapios que falleció ayer en un desgraciado accidente. Esperemos que Dios lo tenga en su gloria.

Lina sintió una punzada en el estómago y se desmayó.

Despertó en su cama. La almohada conservaba todavía el olor a Agua Brava y oía hablar a don Carmelo, el médico amigo de sus padres, mientras el frío fonendoscopio recorría su pecho.

-Respira. Respira hondo. Respira otra vez.

A Lina le habría gustado preguntarle a don Carmelo si todavía se oía entre los latidos de su corazón enamorado «Bésame, bésame mucho». Pero la pena que la embargaba no le dejó articular palabra.

-Desde antes de Navidad, decía su madre, andaba muy inquieta. Le brillaban los ojos y apenas comía.

-A lo mejor está enamorada, apuntó su padre.

-No digas tonterías Fernando.

- No será nada. Mañana traedla a la consulta. La veré por rayos X y haremos unos análisis.

Ninguno de los tres pudo pensar que la llavecita que colgaba en su cuello junto a la medalla de la Inmaculada, guardaba el secreto de «la enfermedad».

En cuanto sus padres y don Carmelo abandonaron la habitación, Lina tomó el diario que guardaba en el cajón de la mesilla de noche y se puso a leerlo con lágrimas en los ojos hasta que, vencida por el sueño, se quedó dormida.

La despertó su madre.

-Pero hija ¿Todavía estás en la cama? Las vacaciones ya se han terminado.

Lina dio un salto de alegría, se vistió a toda prisa, apenas desayunó, y marchó corriendo hacia el colegio, esperando salir a mediodía para abrazar a Tino.

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