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al rescate del pp

Uno de los muchos hitos históricos ocurridos durante la crisis sanitaria ha tenido lugar esta semana al calor del llamado «problema catalán». La Conferencia Episcopal se ha pronunciado a favor de los indultos a los independentistas y el hecho de que la declaración se haya producido cuando el gobierno ya los había aprobado no resta valor a su importancia testimonial y, quizás, a su influencia. «Nosotros estamos, como los obispos catalanes, por el diálogo, por la aplicación de la ley, por que se respete la justicia, por que no haya actitudes inamovibles y estamos por que se genere un clima de amistad civil y de fraternidad», declaró el jueves Luis Argüello, portavoz de los obispos. Días antes, Garamendi había venido a decir lo mismo, como los sindicatos mayoritarios, UGT y CC OO, que salieron en su defensa tras el linchamiento mediático del que fue objeto el presidente de la CEOE. Casi al mismo tiempo Nicolás Sartorius sostenía que el PP se encontraba hoy alejado del espíritu de consenso de la Transición, y añadía el exmilitante y político comunista, pieza clave para la recuperación de las libertades, que la posición de la derecha española era insólita en la medida en que sin duda existían más diferencias entre Fraga y Carrillo (que acabaron dando una conferencia juntos en el Club Siglo XX) que las que pudieran imaginarse entre Pablo Casado y Oriol Junqueras.

Todos esos acontecimientos son tan extraordinarios que no parecen formar parte de la realidad política española. Sin embargo, la posición de la Iglesia sobre los indultos recuerda al aperturista cardenal Tarancón en la última etapa franquista, como el talante posibilista de Garamendi nos trae a la memoria uno de los legados pedagógicos más importantes de José María Cuevas, que presidió la CEOE durante más de veinte años: «Hay que negociar siempre, hasta el final, hasta lo imposible y cuando todos los puentes estén rotos, seguir negociando».

Lo asombroso es que las derechas españolas mantengan una posición conjunta de rechazo a los indultos que parte de un principio antipolítico: la coincidencia en un programa de hostilidades cuya inoperancia no tiene más remedio que expresarse en términos abstractos, como la constante apelación a «España» –convertida en una noción sentimental de mesa camilla- o mediante una censura moral que no cesa de sumar impenitentes: el gobierno, los empresarios de la CEOE y los catalanes, la Iglesia, los sindicatos, la mayoría de los partidos del arco parlamentario, el Consejo de Europa e incluso el Banco de Sabadell.

El inmovilismo del PP de Casado es una reliquia de la vieja política, de unos códigos de conducta que, a izquierda y derecha, funcionaron como un reloj durante décadas, no hicieron gran cosa por la cultura democrática y cuyos déficits todavía sufrimos. No es extraño que las viejas glorias de la política española muestren tantas coincidencias sobre los indultos, repitan las mismas frases hechas o concentren en Pedro Sánchez una inagotable colección de supuestas desgracias nacionales: desde la aplicación de esa medida de gracia vista como un delito de lesa patria hasta las limitaciones de una izquierda que, según Alfonso Guerra, carecería de las luces de la de antes. Pero hoy sabemos que esos códigos de conducta fueron nefastos, que servían a los de arriba (al poder de turno) a costa de deteriorar la calidad del debate público y la información, y que gran parte de los problemas de Estado que arrastramos (empezando por el descontrol de la institución real, cuyo primer responsable fue Felipe González, y el descrédito de los partidos y de las instituciones o las corrupciones de vario pelaje que aún lastran la política española) existían ya en una concepción del poder sobre la que sus autores deberían dar cuentas antes de ponerse a pontificar sobre el bien y el mal.

Pero mientras el PSOE ha sabido renovarse deshaciéndose de sus momias, reconfigurando el «aparato» del partido y aceptando los retos de los nuevos tiempos políticos, el PP ha involucionado hacia posiciones que casi siempre se confunden con las Vox y de las que no cabe esperar nada razonable, alentador, inteligente, responsable o práctico, sino proclamas patrióticas de guardarropía y listas, cada vez más abultadas, de enemigos de España. En vista de que la cuestión catalana difícilmente podrá resolverse sin el concurso del principal partido de la oposición, a ese problema debe añadir el gobierno el del anacrónico PP de Casado. Hay que salvar al PP de sí mismo y de su furioso secesionismo de la realidad, tarea cuyo éxito entraría de lleno en el campo de lo milagroso. Quizás haya que seguir contando con la mediación de los obispos para que Dios nos asista.

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