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De roles y domingos...

De roles y domingos... | FOTOGRAFÍA DE RAFA ANDRÉS

De roles y domingos... | FOTOGRAFÍA DE RAFA ANDRÉS

La fideuà ya constituye uno de esos elementos etnográfico-culturales que, con resabidos tintes de desconocimiento que la convierten casi en fábula, hoy en día entremezcla el mito que ha ido germinando junto con la tradición oral de la que continuamente es objeto.

Y es que, siempre, aquello que surge por fortuna del azar es lo que suele mellar más en las conciencias colectivas, y así ha sido, en realidad, cómo la fideuà se ha ido ganando una imagen de marca sinónimo de Gandia que no hace, sino contribuir más a engrosar otros recursos naturales e histórico-patrimoniales que esta ciudad, como bien es sabido, los cuenta a docenas.

Entrar a detallarles la historia de la Fideuà creo que sería caer en una redundancia que, como lectores de la Safor que en su gran mayoría lo son, muy probablemente conozcan mejor que yo. En realidad, aquello que me ha motivado a escribir la columna de hoy es la capacidad de establecer patrones que tenemos como sociedad entorno a elementos autóctonos, como lo son, por ejemplo, la fideuà o la paella. Y les digo esto porque nos debe de parecer curioso pero, hasta hace escasas décadas, el ámbito culinario doméstico estaba vetado a la mujer, mientras que los platos de excelencia consabida (a los ejemplos anteriores me remito) a los hombres. Y así continua mayormente. Esos menesteres eminentemente femeninos comportaban la confección de toda la comida necesaria para la subsistencia familiar semanal mientras que, durante los descansos dominicales, los roles cambiaban y el hombre se convertía en el chef, único conocedor de los secretos nigromantes de la buena realización de una paella o fideuà. Dejando siempre para sí el secretismo del «toque final» que se llevará a la tumba y que servirá para subir autoestimas en conversaciones de temática dispersa. Apto para suegros insufribles y cuñados meapilas.

¿Qué significa esto? Que incluso un campo mayormente femenino como lo ha sido el de cocina, si dentro del mismo hay un vacío legal que pueda aportar gloria (como lo es la comida de los domingos) el hombre poco a poco ha ido adaptándolo para sí y haciéndolo suyo. Naturalmente esto es una generalización y consabidamente no se cumple en un 100% de los casos, pero permítanme que les diga que sí en el 80%.

Naturalmente, esto no es objeto de una conjura judeo-masónica por la cual los hombres queremos la patente de la realización de la paella y la fideuà de los domingos. Simplemente la sociedad tradicional familiar nos ha relegado este papel y, en gran parte de las familias, se cumple. Aunque no lo neguemos, y lo saben, que en el pasado esa figura dominguera sí que se ganó en pos del desprecio al contrario.

De todos modos, cada vez más la presencia femenina se ve reflejada, por ejemplo, en el Concurs Internacional de Fideuà que todos los años la ciudad de Gandia convoca. En ese espacio la separación por sexos ya es totalmente secundaria, ya que se habla de cocineros (independientemente de ser hombres o mujeres) y supera las fronteras del puerto de Gandia, lugar donde nació la fideuà, para ir más allá y recibir profesionales del sector de todo el mundo.

Yo, quitando de encima la reflexión inicial, les voy a ser sincero y les voy a decir que soy de fideuà. Tal vez sea porque he comido tantas paellas dominicales que tengo el cupo lleno si vivo una media de vida matusaleniana, pero si tiene algo la fideuà es que podría comerla los siete días de la semana y nunca la aborrecería. Puede que aquí aflore un poco mi vena orgullosa de ser de Gandia, pero así es. Ahora bien, no me pidan que la haga, al igual que la paella, porque mejores manos que yo atesora mi familia en ese aspecto.

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