El asesino machista de Sagunt anunció a la familia de Fátima que la mataría

Abdellah K., en prisión por orden judicial desde ayer, llegó a llamar a la familia de su exmujer en Marruecos y les advirtió de que la asesinaría si «no me deja volver al piso»

El autor del crimen llevaba semanas rondando el domicilio de su exmujer y sus hijas

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Levante-EMV

Pérdida de control y dominio sobre sus víctimas. Ese es, una vez más, el móvil que esconde el último crimen machista, el de Fátima Mansouri, de 34 años, cometido este miércoles en Sagunt por su exmarido, Abdellah K., de 39, que desde primera hora de la tarde de ayer ya está entre rejas por orden del juez de Instrucción número 1 de Sagunt, acusado, de momento, de un delito de homicidio.

Y, una vez más, hubo señales que precedieron al ataque criminal: amenazas, ruptura con las instituciones que le podían someter a control y acoso en aumento a Fátima y a su hija mayor, de 13 años, que sigue luchando por su vida -se encuentra estable, dentro de la gravedad- en un hospital de València tras caer al vacío cuando huía de su padre en el momento en que degollaba a su madre.

Amenazas de muerte

En este caso, las amenazas las ha conocido el grupo de Homicidios de la Policía Nacional, responsable de la investigación, por boca de la mejor amiga de Fátima, su cuñada, y de la educadora social del Ayuntamiento de Sagunt que se ocupaba de la familia tras conocerse el maltrato al que el padre sometía a la niña.

La mujer asesinada había relatado, una semana antes del crimen, a la educadora social que su familia en Marruecos -Fátima no tenía pariente alguno en Sagunt- le había advertido de que Abdellah K. les había llamado recientemente para decirles que «si ella no le dejaba volver al piso familiar, la mataría».

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Incluso les coaccionó diciéndoles una mentira: que él estaba «tirado en la calle y que no tenía donde dormir». Afirmación incierta, ya que su hermano y su cuñada, junto con sus sobrinos, residen en Sagunt y podían darle cobijo. Además, el piso donde se produjo el asesinato, ubicado en el número 10 de la avenida Sants de la Pedra, lo estaba comprando Fátima con el esfuerzo de su trabajo.

Rondando por la finca

La educadora le sugirió que informase a la Policía. Fátima, que en ese momento ya no estaba en el sistema de protección de víctimas de violencia machista ni en la base de datos VioGén porque la condena por maltrato contra Abdellah K. se había dado por saldada en abril de 2018, no lo hizo pero tampoco los servicios sociales, aunque en ese momento Fátima ya había comunicado que llevaban días viendo a su exmarido rondando cerca de su domicilio.

La educadora hablaba diariamente con Fátima pero en realidad no por la violencia que Abdellah había ejercido en el pasado sobre su mujer, sino por los malos tratos infligidos a su hija mayor y que llevó a que la niña acabase tutelada durante seis meses en un centro de protección de menores, hasta que la pequeña pidió regresar con su madre tras explicar que con ella estaba bien y que el único que le pegaba era el padre.

En ese momento, cuando la niña volvió a casa, en septiembre, Fátima, separada desde 2016, impulsó los trámites para formalizar el divorcio, primer paso para retirarle a Abdellah K. el empadronamiento en el piso de ella. Pérdida de control y dominio sobre la víctima.

Mentiras y silencios

Desde el regreso de la pequeña con su madre y con su hermana, la educadora realizaba llamadas de control diarias con Fátima y semanales con Abdellah K. Pero este último evitaba a la educadora desde hacía dos semanas. Simplemente no le cogía el teléfono. Es más, la última conversación había sido para fijar una cita presencial. Debía haberse celebrado el 17 de noviembre, pero Abdellah K. tampoco se presentó. Había roto el nexo.

Además, la trabajadora municipal sabía, pese a que Abdellah K. le había dicho tres semanas antes que estaba buscando un trabajo para irse de Sagunt, que en realidad andaba rondando la casa de su exmujer y de sus hijas porque Fátima se lo había contado. El acecho se estaba acelerando.

La educadora trató entonces de frenarlo. Por eso lo llamó varias veces, pero seguía sin contestarle. Según declaró esta trabajadora municipal a los investigadores, Fátima le contó que ella sí había conseguido hablar con su exmarido y le había dicho que «la dejara en paz». Otra mentira. Nada más lejos de sus intenciones.

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La mañana del día en que perpetró el asesinato, la educadora realizó la llamada de control diario a Fátima. Era por la mañana y todo fue normal. A las 16.20 horas de ese día, fue la mujer quien llamó a la trabajadora municipal y para indicarle que estaba «muy preocupada» porque su hija no respondía a sus llamadas desde hacía dos horas, y que eso no era normal en ella. Tampoco contestaba al timbre -envió a una vecina a llamar-. Le informó de que salía en ese momento del trabajo y que en un cuarto de hora llegaría a su domicilio. También que le contaría lo que viese y cómo estaba la niña, a quien, según creen los investigadores, utilizó para entrar en el domicilio.

«Un grito desgarrador»

Casi media hora después, a las 16.48 horas, al ver que no le devolvía la llamada, fue la educadora, preocupada, quien marcó el número de Fátima. La mujer le dijo que acababa de llegar al piso y que estaba entrando. Solo se escuchaba la voz de Fátima llamando a la niña y el silencio tras ella. La mujer, en referencia a su hija, le dijo: «Creo que no está». Lo siguiente fue «un grito desgarrador». Y la llamada se cortó el seco. 

La trabajadora, asustada, telefoneó a la Policía Local. Eran las 16.53 horas. 

La secuencia del horror

Prácticamente a la misma hora, a las 16.51, entraba en el 112 el aviso de la vecina del primer piso alertando de que una mujer (la niña, en realidad) había caído en el patio interior, ante la puerta de su cocina. Diez minutos después, a las 17.01, llegaba la primera patrulla, perteneciente a la Policía Local. Un minuto después la de la Policía Nacional. El asesino ya había huido.

Los agentes atendieron como pudieron a la menor herida, en estado de semiinconsciencia, y enseguida se presentó el equipo médico del SAMU, cuyas maniobras permitieron estabilizarla y evacuarla al hospital.

Entre tanto, policías habían subido a la vivienda de Fátima, en la puerta 10. Nadie respondía, pero escuchaban sonar su teléfono en el interior. Eran las 17.15 cuando pidieron la presencia urgente de los bomberos para acceder al interior. El acceso aún se demoró media hora más. Cuando entraron, a las 17.47, se toparon con el cuerpo ensangrentado sin vida de Fátima, caído en el pasillo, muy cerca de la entrada.

La vecina del rellano ha confirmado que poco antes de las cinco, justo cuando se cortó la llamada con la educadora, había escuchado «fuertes gritos» de dos mujeres. Abdellah K. estaba golpeando y acuchillando a su mujer en la entrada al piso y su hija, aterrorizada, solo vio una vía de escape: la ventana.

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