08 de febrero de 2016
08.02.2016

El precio ético y humano­ de la ropa

En El Salvador operan 249 fábricas en condiciones precarias que emplean a unas 81.000 personas - «Mujeres Transformando» asegura que las prendas proceden de prácticas abusivas

08.02.2016 | 00:20
El precio ético y humano­ de la ropa

El derrumbe de una fábrica en Bangladesh, en 2013, «despertó» a la comunidad internacional y elevó a los medios y autoridades el discurso ético en la producción textil. Pero después de aquella tragedia, donde murieron más de 1.000 personas, poco se ha vuelto a reflexionar „institucionalmente„ sobre la ética en la producción.

Ingrid Palacios, Cecilia Campos y Molly Sánchez llevan dos semanas recorriendo España para intentar que en los países del norte «tropecemos» nuevamente con la realidad. Han visitado, entre otras ciudades Bilbao, Pamplona, Madrid y Valencia, dando a conocer en qué condiciones trabajan las mujeres en las maquilas de El Salvador, su país.
Las maquilas son fábricas en las que se producen prendas que generalmente se exportan, y que se suelen elaborar bajo condiciones precarias y sin la garantía de unos derechos básicos.

Se estima que en El Salvador, el país más pequeño de Centroamérica, operan unas 249 maquilas que emplean a 81.000 personas, el 90 % mujeres. Pero estos datos no son reales si se tienen en cuenta las cientos de bordadoras a domicilio „de las que no hay registros„ que producen piezas que posteriormente se completan en las fábricas.

Cecilia es bordadora a domicilio, además de promotora, y sus condiciones todavía son más precarias que si trabajase directamente en la maquila. Sin seguro social, derecho a vacaciones o a fondo de pensiones, carece de un contrato que le garantice los derechos básicos que actualmente ella promueve en las comunidades y zonas rurales. Asegura que con el apoyo de la organización feminista «Mujeres transformando», ha aprendido a reconocer y reivindicar los derechos laborales de las mujeres que trabajan desde casa. «Hemos pasado muchos años con miedo, con amenazas, elaborando para ellos piezas con grandes presiones, sin prestaciones, sin librar ni los domingos, cosiendo por las noches con una candela porque tenemos que hacer muchas horas para poder ganar un poquito más», comentó a Levante-EMV.

Cecilia es madre soltera y tiene tres hijos pequeños que le ayudan a bordar para poder «alcanzar los 80 dólares» que como máximo gana al mes. Es su única fuente de ingresos. «Nos pagan entre 1,50 y 2 dólares por pieza, y podemos tardar entre 16 o 18 horas en elaborar cada una», afirmó.

«Mujeres Transformando» desarrolla una labor fundamental capacitando a mujeres en derechos, y trabajando áreas como el fortalecimiento personal o la promoción de la «pausa activa laboral» para evitar las lesiones que causan los movimientos repetitivos propios de su actividad. Molly Sánchez, abogada de la asociación, afirma que se relacionan numerosas enfermedades con las condiciones que soportan las trabajadoras que permanecen en la maquila más de 11 horas sin pausa, para alcanzar las metas ­­­„de unas 2.000 piezas diarias­­­­„ que les imponen. «Tenemos casos de enfermedades musculoesqueléticas, enfermedades de los riñones por las limitaciones que tienen para ir al baño, problemas respiratorios, lesiones cervicales y otras patologías», aseguró Molly.

Además, la organización busca el empoderamiento de la mujer, capacitando en economía crítica, un área que para la abogada es fundamental en el contexto salvadoreño. «Deben situarse en la realidad de clase trabajadora y ser capaces de identificar las necesidades que crea el sistema para no sentir que deben tener el celular último modelo», añadió.

Ingrid, comunicadora de la organización, explica que las piezas que les pagan a las bordadoras a domicilio a unos 2 dólares, alcanzan en el mercado precios que rondan los 120. «Las maquilas de El Salvador producen para empresas que comercializan caro, como Puma, Nike, Lacoste, North Face, Columbia o Fruit of the Loom», indica. Ingrid, Cecilia y Molly piden el apoyo y la colaboración para «hacer visible lo invisible» y la voluntad política para promover un comercio justo y un consumo responsable. «Llevas un bonito vestido, pero no sabes quién lo hizo ni en qué condiciones», concluyó.

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