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Catarsis emocional

Maria Rodés: "Mi ambición no es petarlo, sino hacer los discos que me gustan

La trovadora del Maresme canta a las rupturas sentimentales, con el telón de fondo pandémico, en ‘Fuimos los dos’, un álbum influido por ritmos y sonoridades latinoamericanos

La cantautora Maria Rodés. ZOWY VOETEN

Pocas veces una ruptura sentimental había sonado tan dulce como en ‘Fuimos los dos’, un álbum en el que Maria Rodés brinda su crónica del descalabro en forma de canciones bellas y coloristas, con su voz cálida arropada por instrumentos como la guitarra española y el charango. Un repertorio al que dio empuje el encierro pandémico de 2020. “Vivía en un piso muy pequeño, en Madrid,me dije: ‘voy a hacer una canción al día’, igual que había gente que hacía sesiones de pilates”, cuenta la cantautora de Cabrera de Mar (Maresme), a propósito de un álbum en el que se expone, en el campo emocional, más que en ningún otro disco anterior.

Ahí estaba ella, lamiéndose las heridas y tratando de dar con la “triste canción” que le permitiera “huir de la habitación”, con un poco de autoparodia si era preciso, como canta en ese tema que cierra el disco, ‘Madame Bovary’, exaltación de la soledad con melodrama. “El personaje de la novela no dejaba de ser una mujer que se aburría y aspiraba a otras vidas. Invocarlo me pareció una forma de reírme un poco de mí misma”, explica Maria Rodés, que escuchó atentamente a quienes le aconsejaban que no hiciera un disco muy marcado por la pandemia para, a continuación, proceder de modo contrario. “Esconder lo que has vivido va en contra de mi manera de hacer canciones”, alega la cantautora.

Las viejas cartas

Pero, aunque en ‘Soltar las armas’ mencione el estado de alarma y en ‘Siempre es domingo’ evoque el día de la marmota de aquel tiempo confinado, ‘Fuimos los dos’ no es un disco de pandemia, solo que el aislamiento físico casa bien, como metáfora, con el desamparo y el miedo a la soledad derivados de una separación. El cancionero “tiene que ver con la ruptura y, a partir de ahí, con la catarsis que haces, en la que te vienen otras separaciones del pasado”, explica Rodés, que esos días se vio releyendo cartas de amor de cuando tenía 14 o 15 años. Le llamó la atención “el estilo directo” en que las escribió, y “cómo aquella visión ingenua del amor va cambiando con el tiempo”. En comparación con otros discos suyos, ha perdido “el miedo a hablar de sentimientos”, observa. “Antes tenía más recelos y supongo que lo veía como un tema muy manido y poco interesante”.

Pero hablamos de un disco de Maria Rodés, así que no procede imaginarse un contenido torturado ni sobreactuado. La desencantada temática de fondo, salpicada con algún que otro apunte tragicómico, desprende un roce vivaz con las músicas, abiertas a cadencias y sonoridades del mundo latinoamericano. Charangos y flautas peruanas, el ritmo de la chacarera en el tema titular y las insinuaciones brasileñas de ‘Prefiero no decir nada’. “¿Influencia de mis viajes? No, no, es por gusto personal. Me gusta mucho la música andina”, precisa. Novedad es el piano, instrumento que nunca había tocado en un disco, integrado en esa arquitectura sonora labrada con cómplices como la francesa Isabelle Laudenbach (exLas Migas).

El amor al arte

‘Fuimos los dos’ (título que nos indica que la ruptura fue una decisión compartida) es ya su sexto disco, noveno si contamos los acreditados a Oníric y a Convergència i Unió (su entente con Martí Sales, de Els Surfing Sirles, y The New Raemon), y el del año pasado con La Estrella de David. Como este último, lo ha publicado en el sello Elefant, venerable marca pop (fue la casa de Le Mans, Nosoträsh o Carlos Berlanga). “Veo en ellos amor al arte”, suspira. “Y eso me emociona”.

A diferencia de otros colegas de profesión, Maria Rodés no transmite la sensación de que lo suyo sea un acto de resistencia, ni que ella esté en guerra con el mundo. Quizá porque no ha aspirado a la dominación del ‘hit parade’. “Mi ambición nunca ha sido de petarlo, sino de hacer los discos que me gustan y poder vivir de eso. Lo he conseguido y estoy contenta”, reflexiona mirando a su alrededor desde el mirador de sus 36 años. “Tengo amigas que lo han dejado en el camino. A los 30 caen muchos. Yo no me quejo, aunque siempre tengo la sensación de que esto se puede acabar en cualquier momento”. 

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