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La monarquía no es cosa de jóvenes

¿Rabia generacional o principio de motor de cambio de una institución exclusivista que ya no se ajusta a una sociedad en crisis? El 58 % de los jóvenes ya prefiere la República.

Felipe VI mira a su padre, el rey emérito 
Juan Carlos I, en la Pascua Militar en 
enero de 2018. casa real

Felipe VI mira a su padre, el rey emérito Juan Carlos I, en la Pascua Militar en enero de 2018. casa real

El 58% de los jóvenes entre 19 y 29 años ya se manifiesta favorable a la república como modelo de Estado, según las últimas encuestas, como la de GAD3. Es la generación sacudida por dos graves crisis. La financiera de 2009, con unos recortes sociales de recorrido perenne, rematados con los efectos socioeconómicos derivados de la covid-19 y la falta de credibilidad de las instituciones políticas. Ante esa realidad, la sospecha de corrupción en la monarquía aumenta el cuestionamiento hacia una institución con una lógica exclusivista y conservadora que no se parece en nada a una sociedad contemporánea que ha hostigado en la precariedad a la generación del futuro. ¿Tiene los días contados la monarquía, solo con esperar que los jóvenes crezcan? ¿Hay una voluntad latente en favor de un modelo republicano, o es un grito de hartazgo global contra el sistema? ¿Cómo puede evolucionar tal disconformidad en una sociedad en crisis que se refugia en los extremos, y que lleva a retirar en Madrid las calles dedicadas a dirigentes de la República, apelando a la ley de Memoria Histórica?

Juan Rodríguez Teruel, profesor de Derecho Constitucional y Ciencia Política y de la Administración de la Universitat de València, asegura que la franja de gente nacida en los 2000 «se ha criado en la adolescencia bajo la prolongada crisis económica y política, y tiene una perspectiva más crítica y menos legitimadora de la monarquía y de otras instituciones». Considera esa inercia como un caldo de cultivo aún embrionario, por lo que «necesitamos tiempo para ver cómo evoluciona dentro de diez años. Pero si tenemos ahora entre los jóvenes 20 o 25 puntos menos de apoyo que los que había hace quince años, ha habido una evidente deslegitimación que hay que tener muy en cuenta».

Anaclet Pons, catedrático de Historia Contemporánea en la Universitat de València, coincide en que el evidente descontento «se demuestra con el ‘no’», pero no se ha desarrollado todavía con un debate pleno sobre la forma de gobierno. «La gente no sabe qué tipo de república habría, si fuera presidencialista o no. Si los grandes partidos en Madrid no se aclaran para nombrar al Consejo General del Poder Judicial, dudo que se pusieran de acuerdo para nombrar un presidente de la República, como en Italia, que fuera del gusto de todos. Nadie sabe qué tipo de república queremos. Sólo sabemos qué no queremos, en este caso sería una casa monárquica porque no ha demostrado ser fiable en su comportamiento. Ni históricamente ni ahora». «El apoyo a la República se suele confundir con el rechazo al modelo ya existente y mucha gente no sabe exactamente a qué sectores están dando apoyo, quizás no saben que una República puede generar 15 años de gobierno de Aznar. No se trataría tanto de un republicanismo convencido, sino más bien de una desafección general respecto al sistema político. Es un grito que podría volverse en contra incluso de Podemos o ERC», añade Rodríguez Teruel. En ese «efecto de edad», ambos académicos sostienen que cuando la franja de edad crece, «la gente es más pragmática y comprensiva con los problemas de las instituciones».

Por su parte, Rosa Roig, profesora del departamento de Ciencia Política y de la Administración, amplía el foco y no detecta exclusivamente una posición reactiva de los más jóvenes a partir de los escándalos la monarquía y la crisis institucional de la democracia española. La globalización ha ensanchado la perspectiva generacional: «Ha comportado conocer el mundo y diferentes formas de gobierno, en general, y de democracias liberales en particular. Se descubren alternativas», relata Roig, que recuerda que la mayoría de jóvenes ha acreditado esa visión, porque «han viajado fuera de España y muchos de ellos también han vivido y trabajado fuera».

La decadencia en la imagen de la monarquía no tiene en el desencanto juvenil su único punto débil. Rodríguez Teruel aprecia que el declive aparece «por todos lados», tanto en términos « territoriales, sociales e ideológicos», tomando como referencia el apoyo estable que la corona ostentaba en los años 90 y la última valoración del CIS en 2015. « Se ha dado en todos los grupos de edad, se ha dado entre los que son de derechas y de izquierdas y en distinto grado en toda España. La pregunta es cómo reaccionarán los partidos. No ha habido un debate real sobre la conveniencia de la institución», agrega.

El posicionamiento de partidos no monárquicos en su definición, como PSOE y PNV se antoja clave. «Pragmáticamente la aceptaron y la protegieron, por lo que no permitirían que se abra un debate, por mucho que esas siglas no sean fervorosas seguidoras de la monarquía». No obstante, sobre todo desde las bases juveniles, existen indicios de apoyo en las federaciones territoriales del PSOE a abrir el melón del modelo de Estado, como propuso hace escasos meses la vicealcaldesa de València, Sandra Gómez.

De momento, tanto socialistas como el nacionalismo conservador vasco parecen lejos de imitar la deriva antimonárquica de la antigua Convergència i Unió, en un proceso muy condicionado a la respuesta contra el auge independentista en la que Felipe VI decidió tomar un activo protagonismo político. El discurso del 3 de octubre de 2017, en opinión de Rodríguez Teruel, en Cataluña «se leyó de forma muy crítica, al no tener una aproximación comprensiva hacia la otra mitad. El resultado es que su popularidad ha caído en picado. No comporta que vaya a acabar con la institución, pero sí nos enseña que todas las posiciones políticas que tome el monarca y que no sean representativas de la unidad total de los españoles, irán en detrimento de su legitimidad colectiva».

La justificación de la monarquía, ante los más jóvenes y el resto de la sociedad, pasa en parte por la capacidad de Felipe VI «para ser responsable de la propia evolución» de la institución. «Eso explica la reacción dura de Felipe VI con respecto a las actitudes de su padre, controvertidas y repudiables», señala Rodríguez Teruel. Evitar que la sociedad active el debate sobre la forma de gobierno implica justificar la legitimidad en el día a día, sin esperar que la inercia conservadora de la sociedad calme el ímpetu de cambios. «Debería actuar como hizo el rey Juan Carlos I en los años 80. Ya entrados en los 90, adoptó un rol mucho más pasivo, al ralentí, más contemplativo, lo que le supuso un desbarajuste. Felipe VI debe demostrar que es una institución útil», sin tener que recurrir a apuestas arriesgadas como referéndums, históricamente muy forzados y poco útiles para reconducir situaciones de crisis, como en la Unión Europea o en fricciones territoriales, desde el Brexit a Cataluña.

El cíclico relato histórico de los borbones, como destaca Pons, tampoco sale en auxilio del futuro de la monarquía en España: «En Inglaterra, en Holanda, en Dinamarca, la democracia se instaura con una monarquía arraigada desde siempre. Aquí no ha habido tal raigambre, porque han aparecido y caído varias veces, básicamente, por desastrosos, a lo largo del XIX. Cayeron con la llegada de las dos repúblicas, se han mantenido a veces con el apoyo de dictaduras». Ante contextos de grave crisis social, la corona en España siempre se ha resentido.

Uno de los retos de la voluntad de cambio de los jóvenes pasa por desestigmatizar la imagen de la república como elemento simbólico asociado a cierta radicalidad de izquierdas. Un relato que se arrellanó en el franquismo y que continúa tomando un poso rentable hoy para la ultraderecha, hasta el punto de condicionar las decisiones de PP y Ciudadanos en grandes ciudades como Madrid, donde se han retirado honores a las calles dedicadas a Largo Caballero, presidente de la República (1936-1937), e Indalecio Prieto. El peso simbólico hacia la izquierda de la República dificulta cualquier salida hacia ese sentido. «Para la derecha, la república históricamente representa al otro. Y eso niega cualquier posibilidad de una república por sus resonancias históricas. Parte de la izquierda asumió la monarquía en un momento concreto, aunque ahora ese apoyo se haya fragmentado. Pero desde la derecha nunca se aceptará un modelo republicano. A no ser que el desmoronamiento de los borbones fuera tal que les obligase a reconsiderarlo», concluye Pons.

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