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Dos caras del sueño europeo

Dos historias de migración, una de éxito y otra de fracaso, de Ecuador a Colombia, marcadas por la ley de Extranjería y las dificultades de salir adelante con un sistema que empuja a la economía sumergida

María Fernanda Villacrés, innmigrante ecuatoriana e investigadora de la Universitat de València

María Fernanda Villacrés, innmigrante ecuatoriana e investigadora de la Universitat de València

María Fernanda y Pedro Luis no se conocen. Ella es quiteña y él de Cali. Ella llegó en 2001 y él en 2016, quince años de diferencia, Ecuador y Colombia. María Fernanda dejó un buen trabajo en el hospital metropolitano de Quito, mientras que Pedro Luis reunió a duras penas el dinero para volar a España vendiendo dulces en los autobuses de las barriadas de Cali. Él llego a Dénia por la cocina mediterránea y persiguiendo su sueño, trabajar con Quique Dacosta. Ella vino a València porque le gustaba el mar. Y aunque no se parecen en nada, sí que les une algo; un hilo de experiencias que les toca vivir a los que vienen del sur. Golpearse contra un muro llamado ley de Extranjería, que les arroja a la economía sumergida, a trabajar en negro, a cobrar cuatro duros en condiciones indignas, a ser estafados y a aguantar como se pueda durante años hasta que se regularice su situación. A Pedro Luis pronto le identificaron, y fue deportado a Bogotá en un vuelo militar, esposado. María Fernanda tuvo suerte, pudo regularizarse, estudiar una carrera, un máster , formar una familia y ahora va camino de un doctorado. La diferencia entre una y otra historia, el éxito y el fracaso, no tiene que ver con la meritocracia ni con el «sueño europeo», sino más con el azar de que no te identifiquen, la única alternativa que les queda a los que vuelan de su tierra para encontrar una vida mejor.

"Si para las mujeres se habla de un techo de cristal, las migrantes tenemos un techo de losa, porque al menos el resto puede ver la luz"

María Fernanda Villacrés - Investigadora de la Universitat de València

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María Fernanda Villacrés (Quito, 1975) forma parte del grupo de investigación en migración y desarrollo de la Universitat de València, además trabaja en la Fundación Dasyc con proyectos de cooperación al desarrollo. Ha publicado sus investigaciones en universidades de todo el país y ahora mismo está ultimando su doctorado, centrado en cómo los emigrantes aportan al desarrollo de sus países de origen. Pero cuando llegó a Madrid, en 2001, lo hizo con una deuda sobre los hombros (con un interés del 10 %) que le costó varios años pagar. Así consiguió el dinero necesario para el billete de avión y los gastos para empezar de cero en España. Llegó como el 95 % de los migrantes, en avión y con un visado de turista que se le acabó a los pocos meses. No pudo convalidar los estudios que tenía en su país de origen, solo el bachillerato. Así que le tocaba empezar de cero. A los seis meses de aterrizar en el barrio madrileño de La Latina, decidió venir a València.

Trabajadora del hogar, cuidadora de niños, de ancianos, hostelera y mil empleos más. Currar de lo que salga y en la economía sumergida. Pese a todo, la economía de Ecuador (dolarizada en ese año) fijaba el salario mínimo en unos 300 euros, así que ganaba más que en su país. «Los primeros años fueron muy duros, prácticamente enviaba lo que ganaba a mis familiares y para pagar el préstamo, que avaló mi tío con un terreno, así que no quería perjudicar a mi familia y trabajé durísimo», cuenta María Fernanda. Pero sus papeles tardaron en llegar cinco años, época en la que estuvo chocando contra el martillo pilón de la ley de Extranjería. «Es un limbo porque sabes que tienes el conocimiento y las capacidades pero no puedes desarrollarte ni trabajar con un contrato legal en ningún sitio».

Con el tiempo decidió volver a estudiar. «Fue muy duro; trabajaba de camarera, cuidaba un niño y a una señora mayor. No solo era un trabajo, eran varios, pero sabía que tenía capacidades para hacerlo ¿Me ha costado? Sí. Lloré un montón porque extrañaba a mi familia y hasta bajé de peso. Estudiaba por la noche cuando llegaba a casa, en los descansos del trabajo, a la hora de comer, en el metro...». Todo eso, en una época en la que fue madre, a lo que tuvo que sumar los cuidados de su hijo y la difícil conciliación. «Si para la mujer se habla de un techo de cristal, las mujeres migrantes tenemos un techo de losa. No es de cristal, porque las mujeres en general por lo menos ven la luz».

María Fernanda confiesa que está cansada. «No es cansancio físico, es cansancio mental y espiritual. Porque la migración es una lucha constante, siempre estar rompiendo barreras. Pero todo lo que he conseguido ha sido sola y creo que ese es el legado que le voy a dejar a mi hijo». Para Villacrés, existen dos grandes obstáculos que ella tuvo que enfrentar para construir una vida en España: la ley de Extranjería y el racismo cotidiano. «Cuando le decía a la gente que iba a estudiar no lo entendían y no lo veían bien. En el imaginario de muchas personas los inmigrantes no tenemos estudios y algunas se asombran mucho porque hayamos accedido a ellos. He vivido situaciones de todo tipo, como ir a una agencia de viajes a comprarme un billete para visitar a mi familia y que la trabajadora me dijera: ‘¿En la casa donde tú limpias te darán un contrato?’ Ya dan por hecho que no tengo formación solo por el hecho de ser de fuera». 

Pedro Luis Melliza (camisa blanca), en una de los restaurantes de Dénia en los que trabajó

El chef de cali que no llegó a los fogones de dénia


Pedro Luis vino a la C. Valenciana en 2016 para ser cocinero, pero tras tres años indocumentado fue deportado a Bogotá en un vuelo militar


POR GONZALO SÁNCHEZ

Lo primero que hizo Pedro Luis Mellizo (Cali, 1986) al aterrizar en España fue plantarse delante del restaurante de Quique Dacosta, en Dénia. Entró, habló con sus cocineros y les preguntó qué tenía que hacer para trabajar allí y cumplir así su sueño desde que estudió la carrera de gestor gastronómico en Colombia. Se vino sin nada, con visado de turista y toda su vida en una maleta.


Las primeras cuatro noches durmió en la playa y convenció al dueño de un restaurante donde encontró trabajo para poder dejar allí sus cosas. Llegó el martes, y ese mismo sábado recibió 340 euros en un sobre con su nombre, su primer salario como lavaplatos. El sueldo medio mensual en Colombia es de 180 euros.


En Dénia estuvo casi tres años trabajando sin papeles en multitud de bares y restaurantes, adquiriendo destreza como cocinero, lo que siempre quiso ser este chico que se pagó los estudios vendiendo dulces en los autobuses de las barriadas de Cali. Sin documentación no pudo conseguir un contrato de más de dos meses en ningún lugar; así que trabajó de cocinero, jardinero, albañil, y mil cosas más, todo en negro ante la imposibilidad de conseguir regularizar su situación. Y a pesar de todo comenzó a hacer su vida, alquiló un pequeño piso y hasta se enamoró y se registró como pareja de hecho de una persona española, Ximo.


Pero, como Maria Fernanda, se dio de bruces contra el muro que supone la ley de Extranjería, con la diferencia de que Pedro Luis pronto fue identificado por la policía y le impusieron una orden de expulsión. En su tiempo en España fue estafado con el alquiler de su piso, trabajó un mes entero de albañil sin cobrar y hasta le propinaron una paliza para robarle el poco dinero que le quedaba ahorrado. Ni siquiera quiso ir al hospital por miedo a que le deportaran de vuelta a Colombia.


«En muchos restaurantes entraba de prueba durante unos días, y cuando el dueño decidía darme la oportunidad y venía con el contrato para que firmara le tenía que contar que no tenía papeles, así que no me podían dar empleo en ningún lado», cuenta Pedro Luis Mellizo.


Durante casi tres años Pedro Luis continuó ganándose la vida trabajando en lo que saliera, sobre todo en empleos esporádicos y en negro en restaurantes, ya que su meta siempre fue la cocina de alto nivel. En junio de 2019 fue internado en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Zapadores porque continuaba con una orden de expulsión activa que había incumplido. 47 días después fue deportado en un vuelo militar, esposado, a Bogotá. Cuenta que nunca en su vida había visitado esa ciudad y no conoce a nadie allí, pero lleva asentado durante un año, ya que no es capaz de reunir fuerzas para volver de nuevo a Cali. Sigue hablando con su pareja, Ximo, casi cada día, buscando la manera de poder volver a verse y dice que, a pesar de todo, no se rinde. Quiere volver a España para conseguir ganarse la vida entre los fogones de Quique Dacosta.


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