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Fracaso en el empleo, éxodo de población

Millares, Herbers y Alcoleja han perdido dos de cada tres habitantes en los últimos 25 años. El cierre de la industria y la falta de competitividad de las empresas locales lastran los censos de los municipios del interior valenciano

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Millares, Herbers y Alcoleja, el epicentro de la despoblación Fernando Bustamante y Juani Ruiz

A las personas no nos gusta dejar nuestro hogar. Abandonar nuestro entorno, nuestra rutina y nuestras amistades es un verdadero drama aunque parezca una obviedad. Por eso, cuando uno se marcha, es forzado por una circunstancia, y casi siempre es la misma: la falta de empleo. La despoblación está ligada al fracaso económico, que trae la siguiente derrota, la que se produce como municipio. Bien por el cambio de modelo económico -del agrario al industrial- como por la dimensión del sistema, que ha pasado de lo local a lo global. Los tres municipios que más población han perdido en los últimos 25 años en la Comunitat Valenciana han visto cómo la industria se iba y, con ella, su población, con censos que se han hundido hasta la mitad. En Alcoleja, Alicante, ha caído en un 66 % y ahora son 177 habitantes; en Herbers, en Castelló, son 44 los residentes que quedan con una caída del 62 %. Millares, en València, cuenta con 331 habitantes después de ver cómo el padrón ha descendido desde las 700 personas con las que contaba. Dos de cada tres habitantes que residían en estos tres pueblos los han abandonado en el siglo XXI.

«Los que se forman no pueden desarrollar aquí su trabajo, así que no vuelven. Solo hay opción para la iniciativa privada»

Ricardo Pérez - Alcalde de Millares

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Dos de cada tres personas han dejado uno de estos tres pueblos en los últimos 25 años. Aún así, ninguno de los tres está despoblado, sino que los comercios y restaurantes aún resisten entre sus pocos centenares de habitantes. Incluso en Millares, el colegio, principal indicador de la vida de un municipio, se mantiene abierto, aunque con datos desoladores: 7 niños y niñas repartidos entre Infantil y Primaria. En los años 80, los estudiantes se elevaban a 149 repartidos en cinco aulas.

Lo recuerda Fidel Pérez, cronista oficial del municipio y profesor en el colegio durante 39 años. Con una memoria privilegiada que atestigua todo lo sucedido en el pueblo en los últimos 50 años, tiene localizada la razón del descenso poblacional: el cierre de la fábrica de Lois, de los hermanos Sáez-Merino, vecinos del municipio, que se produjo en 1992. Pasó de emplear al 20 % de la población a dejarla en paro. Pese a todo, no hubo un hundimiento censal inmediato: muchos de los trabajadores invirtieron sus indemnizaciones en un nuevo sector, las granjas de conejos.

Emilio y Germán, llevando leña al horno que han alquilado para trabajar en Millares. Fernando Bustamante

Empresas locales en un mundo globalizado

Hubo hasta 30 explotaciones y un matadero, de forma que la carne salía envasada de Millares. Fue una buena época hasta que el precio de la carne del conejo se hundió y, ahora sí, arrastró a la población. El mismo paradigma se repite en Herbers: las explotaciones avícolas y porcinas funcionaron hasta los años 90, al igual que la industria textil, en pequeñas empresas familiares. Todo se quedó pequeño luego frente a industrias que se internacionalizaban.

En Alcoleja, el boom de la población se produjo en los años 50, con la construcción de la base militar Aitana, un cuartel norteamericano para el Ejército del Aire que multiplicó a la población de la zona. El alcalde, Quico Fenollar, utiliza un ejemplo para visibilizar cuánta gente residía allí entonces: «la suficiente como para crear una banda de música. Se disolvió a los 20 años, cuando la gente se marchó porque terminó la construcción de la base y se acabó el empleo», señala. Los que se han mantenido en Millares, regentan algunos de los negocios del municipio. En los bares se agolpan los fines de semana los motoristas y los ciclistas. La farmacia, el supermercado, la carnicería y el horno también duplican su trabajo de jueves a domingo, cuando la población crece por los que vuelven a su casa familiar o por los visitantes. Los demás trabajan gracias a las brigadas municipales, las subvenciones autonómicas de Labora o los programas de empleo como Emcorp. El resto se tiene que marchar.

«En los años 50 vino tanta gente a trabajar como para crear una banda de música que se disolvió 20 años después, cuando se fueron»

Quico Fenollar - Alcalde de Alcoleja

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La emigración que se produjo una vez dejó de ser competitiva la industria cárnica en los años 2000 no fue como el éxodo vivido a mitad de siglo XX, donde las familias se marchaban a Barcelona. Ahora, el área metropolitana de València es la que más ve crecer su población a costa de los pueblos de interior, pero también localidades como Buñol, Alzira o Montroi, donde hay trabajos temporales y no supone marcharse lejos del pueblo natal. Algo similar sucede en Alcoleja, donde Cocentaina, Alcoi y Alicante aglutinan el movimiento migratorio; en Herbers se desplazan a Castelló.

«Mis hijas siempre han trabajado. A la mayor, hasta que ha querido independizarse con 30 años, jamás le ha faltado trabajo aquí. Ahora se ha ido a Carlet a vivir, pero tomó la decisión cuando se terminó un empleo que dependía de una subvención», explica Merce, que trabaja en el pequeño supermercado de Millares. Su relato resume la situación: de un lado, la dependencia económica que estos pueblos tienen de las administraciones (Generalitat y diputaciones) tras la desindustrialización. Por otra parte, las personas quieren vivir allí y solo se marchan cuando no hay oportunidades.

El padre de Merce trabajó en Lois mientras su madre era modista. Ella se sigue encargando de su madre, que vive a pocas calles de allí, y evidencia otro conflicto: los hijos que se marcharon dejaron a padres jóvenes, pero hoy necesitan cuidados y atenciones. «Llevo cinco años en la tienda y el otro día pensaba en cuántos matrimonios mayores han faltado», lamenta.

Alcoleja, en El Comtat, fue sede de la base militar Aitana de Estados Unidos. Juani Ruiz

La formación exige hacer las maletas

Pese a todo, uno se puede mantener en ciertos trabajos temporales en la comarca donde reside. La construcción, la hostelería y algunos servicios dan para vivir. Sin embargo, aquellos que se han formado en un empleo mediante una carrera o un grado lo tienen algo más difícil. El trabajo cualificado sigue siendo el handicap principal. En Herbers, los jóvenes estudiaron en Castelló y nunca más volvieron. «La última gran emigración se produjo en los 2000. Se fueron a Castelló y Barcelona, y los jóvenes ya no volvieron», explica su alcalde, Dani Pallarés.

En Alcoleja, este tipo de éxodo se produjo mucho antes. Como explica el primer edil, en los años 50 hubo un profesor, Eduardo Català Galiana, que incentivó a todos los alumnos a formarse y a conseguir una titulación. Fue una ruptura con lo que entonces sucedía, ya que esos hijos de mitad de siglo heredaban negocios y profesiones familiares, con lo que la vida en los pueblos se alargaba una generación más. Sin embargo, Galiana se anticipó a lo que después ha sucedido y fomentó que sus alumnos y alumnas tuvieran una formación «que les permitiera salir del pueblo». Así, toda una generación se marchó en los 60, como los padres de Fenollar, hoy alcalde, que también salió a formarse como médico psiquiatra y trabaja y reside en Alicante.

«La última gran emigración se produjo en los años 2000 a Castelló y Barcelona. Los jóvenes que se fueron nunca han vuelto»

Dani Pallarés - Alcalde de Herbers

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En Millares, puede que solo tengan posibilidades aquellos que se dediquen al medioambiente, como apunta su alcalde, Ricardo Pérez, quien se desplaza cada día a València a trabajar. «Los que estudian, la mayoría no puede desarrollar sus profesiones aquí y solo hay opción a la iniciativa privada» apunta.

Es ahí donde radica la esperanza del futuro: en negocios particulares de personas que no necesariamente sean del pueblo. Quico Fenollar explica que en Alcoleja sí se ven varios perfiles de personas que se han instalado allí buscando un determinado estilo de vida. Aunque implique desplazamientos, su vida familiar y personal se desarrolla en un entorno privilegiado en mitad de la naturaleza y este es el mayor reclamo que los entornos rurales están utilizando para atraer a población nueva, con una coyuntura proclive tras haber sufrido una pandemia y su consiguiente confinamiento. Las familias se han visto encerradas en apartamentos de 90 metros y se ha evidenciado la escasa calidad de vida que la ciudad ofrece a sus residentes.

Fernando ayuda a sus tíos a mantener el albergue de Millares, que regentan desde Semana Santa. Fernando Bustamante

Emprendedores: los salvadores de lo rural

Por eso, en el último año se suceden las noticias relacionadas con personas que abandonan la urbe y se marchan al campo. En Millares se dan algunos casos así. Uno de ellos lo conforma la pareja a la que se adjudicó la gestión del albergue municipal, con restaurante, y que se trasladaron desde Castelló hasta la Canal. Su sobrino, Fernando, es quien atiende y despacha a los clientes y, aunque abrieron en Semana Santa, no han parado de trabajar mientras llevan a cabo las obras de acondicionamiento del espacio, antes un cuartel de la Guardia Civil.

Algo así les sucedió a Beni y Emilio, dos panaderos de profesión con un negocio establecido en Benetússer. Su local se encontraba entre dos grandes superficies de alimentación y sus ganancias eran pocas. Eso, sumado a la angustia de la ciudad, les llevó a investigar oportunidades fuera del área metropolitana de València. Los encontró Lorena Galdón, propietaria del Horno Filiberto en Millares, que se había quedado sin regencia y, por tanto, había dejado sin servicio al municipio. «En Benetússer éramos un horno más y aquí estamos más que valorados», explica Beni. «Hemos ganado en lo económico, pero también en lo personal, con tiempo para nosotros y para nuestros hijos», señala.

El cierre de Lois en millares en 1992 produjo el primer éxodo de residentes

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Uno de ellos, Germán, es otra de las esperanzas de Millares, ya que tiene 3 años y en septiembre comenzará el colegio. Eso quiere decir que el servicio escolar seguirá garantizado un año más. No sucedió lo mismo con la sucursal bancaria, que cerró hace un tiempo. «Teníamos una oficina propia que pasó a funcionar solo dos días y luego terminó cerrando. Ahora no hay ni cajero, solo un ofibus que viene cada 15 días», explica el alcalde, Ricardo Pérez. Esta misma semana se conocía la intención de Correos de instalar un cajero automático en 20 localidades de menos de 3.000 habitantes en la Comunitat Valenciana. El objetivo es luchar contra la exclusión financiera y los dos pueblos donde se instalarán son Llanera de Ranes y Catadau.

Este servicio también trató de implantarlo la Generalitat a través de la Agencia Avant contra la despoblación, pero el concurso público para adjudicar a una entidad bancaria esta prestación quedó desierto. Pese a todo, el impulso que se está dando desde las administraciones a revertir esta fuga de servicios es ingente, con políticas desde el Gobierno central, la Diputación de València y también desde la Generalitat, con 32 proyectos que aspiran a recibir financiación de los fondos europeos de recuperación. Se calculan unos 685 millones para estimular el interior con acciones como la Formación Profesional en el medio rural, la contratación de personas desempleadas en servicios de emergencias municipales o el despliegue de infraestructuras de telecomunicaciones 5G.

Además del empleo, o por su ausencia, los servicios también van desapareciendo. En Millares el consultorio médico funciona dos veces a la semana. Como en Herbers, gracias a un convenio con Aragón ya que por su situación geográfica están más próximos a Alcañiz que a cualquier núcleo urbano castellonense. En Alcoleja funciona todos los días.

La oferta educativa y sanitaria es indispensable para la atracción de nuevos residentes, en un hipotético caso de que el teletrabajo llegue a consolidarse y haya personas decididas a cambiar su entorno y su vida personal. Una vez eso suceda, llegará la siguiente cuestión: ¿dónde? En Millares sí tienen fibra óptica desde el año pasado, por lo que emerge como un buen municipio donde trasladarse. Sin embargo, en Herbers están con el 2G, una red descartada en cualquier smartphone urbanita desde hace años. Por eso, las administraciones se afanan en la instalación de una conexión potente para intentar atraer a nuevos pobladores y devolver vida a estos municipios a través de teletrabajadores y emprendedores, los nuevos colonos del entorno rural.

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