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Españolas en el infierno nazi

El libro "Noche y niebla en los campos nazis", de Mónica G. Álvarez, reivindica las historias de un puñado de mujeres antifascistas, muchas de las cuales, tras la Guerra Civil, formaron parte de la Resistencia francesa contra Hitler y fueron deportadas a Ravensbrück

Mujeres presas  tras las alambradas del  campo de concentración nazi de  Ravensbrück.

Mujeres presas tras las alambradas del campo de concentración nazi de Ravensbrück.

Una enfermera rusa fue obligada a inyectarnos en la vagina o, mejor dicho, en el cuello del útero, un líquido que ni ella seguramente sabía lo que era. Al salir de la maldita enfermería, entre mis piernas caían unas gotas amarillas que al mismo tiempo iban quemando la piel». Así recordaba Alfonsina Bueno cómo fue utilizada por el doctor de las SS Karl Gebhardt como conejillo de indias cuando llegó, en 1944, a Ravensbrück, campo de concentración al que fueron deportadas 132.000 mujeres capturadas en 40 países. Las graves secuelas ginecológicas de aquel veneno acompañaron de por vida tras varios pasos por quirófano a aquella republicana nacida en Zaragoza y criada en Berga que vio cómo los alemanes «mataban a palos a una muchacha» hasta dejarla hecha «trocitos». «Antifascista, amante de la paz y de la libertad», como ella misma se describía, siempre guardó rencor a los nazis, señala su nieta, aunque «eludía cualquier pregunta» sobre la Segunda Guerra Mundial y «callaba y se refugiaba en su casa rodeada de animales».

Bueno fue una de las 400 españolas que el régimen de Hitler envió a Ravensbrück. Ella y otras 10 supervivientes del Holocausto protagonizan Noche y niebla en los campos nazis (Espasa), de la periodista Mónica G. Álvarez (Valladolid, 1979). «Todas son ejemplo de coraje, valentía y resistencia», destaca la autora, que ha condensado sus experiencias concentracionarias, hablado con sus familiares para contar su vida, antes y después del infierno, y reunido además más de 180 fotografías, muchas inéditas.

La incombustible Neus Català, combativa hasta su muerte a los 103 años, en 2019, es la figura más popular de las que aparecen en el ensayo, donde la autora rescata además los nombres de Olvido Fanjul, Elisa Garrido, Braulia Cánovas, Elisa Ricol, Constanza Martínez, Mercedes Núñez, Conchita Grangé, Lola García Echevarrieta y Violeta Friedman. La mayoría comparten destinos similares: ideales comunistas o anarquistas y antifascistas desde jóvenes, lucha en la Guerra Civil con la República, exilio en Francia, donde trabajaron para la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial y capturadas, algunas torturadas, y enviadas a los campos. «Se ha hablado más de los hombres deportados, pero sin estas mujeres las redes de evasión por la frontera no habrían sido posibles. Fueron españolas que lucharon por la libertad y la democracia y es necesario que se las reconozca. Muy pocas han recibido homenajes aquí», lamenta la autora de otros títulos ligados a las barbaridades del Tercer Reich: Guardianas nazis y Amor y horror nazi.

Secuelas físicas y psíquicas

Arrastrando secuelas físicas y psíquicas –insomnio, depresión, pérdida de audición, dolencias de columna, de corazón…–, «muchas afrontaron la vuelta a la normalidad en silencio y nunca contaron nada de lo vivido en los campos a sus hijos», como Fanjul y Garrido. Ellas dos, como Bueno, Granjé y Català, también fueron sometidas a experimentos médicos por los SS. «Otras se refugiaron en un mundo de fantasía para sobrellevar el dolor y, en cambio, otras lo hicieron militando política e ideológicamente y contando al mundo aquella barbarie y sus vivencias en charlas y conferencias para que las nuevas generaciones aprendan por qué eso no debe repetirse. Para las que sí hablaron de ello fue una forma de expiación y sanación. Violeta Friedman decía que contarlo era un deber moral hacia los que no sobrevivieron», explica Álvarez.

«Las que guardaron silencio –añade– intentaban olvidarse de su tragedia y sentían vergüenza y culpabilidad por haber sobrevivido mientras otros murieron, algo que arrastraron hasta el final de sus días y que vivieron como un estigma».

En su regreso a la cotidianidad lejos del nazismo, «Mercedes Núñez contaba que tuvieron que aprender a vivir de nuevo, a comprar el pan o pagar el alquiler, a ver la vida de otra manera, a aprender de cero a volver a ser personas tras haber sido deshumanizadas», detalla Álvarez. En el campo, señala la autora, «Lola García se vuelve una madre para las otras presas. Hace arengas a sus compañeras para animarlas a aguantar y levantarles la moral». «No nos abandonó jamás. Nos orientaba dentro de aquel maldito campo, nos advertía de las trampas, nos hacía esquivar muchas malas situaciones y muchos trabajos pesados; nunca abandonaba su sonrisa radiante», recordaba una de las supervivientes.

Una de las que recibió especial ayuda de sus compañeras fue Olvido Fanjul. Ellas la ayudaron a vencer la profunda depresión que sufría y la obligaron a comer. Estaba hundida después de que los alemanes le robaran a su bebé para destinarlo «al servicio de Hitler». Había dado a luz en prisión tras ser detenida en Rusia, donde viajó en 1937, y donde vio cómo el padre de su hijo, ruso, moría en el frente.

La solidaridad y la evasión mental contribuyeron a su supervivencia. Elisa Ricol intentaba no pensar «ni una sola vez» en su marido, su hermano, sus hijos o sus padres: «No quería sufrir por ellos, porque tenía que guardar todas mis fuerzas para sobrevivir, para combatir esa desolación que me rodeaba».

El odio

«A algunas les ayudó el sentimiento de odio hacia los nazis. Y aferrarse a los ideales de libertad, democracia y lucha por la justicia y contra los fascismos», dice Álvarez. Català, tras ser detenida por ser de la Resistencia en Francia, mientras sus torturadores de la Gestapo la apaleaban, «se concentraba en su odio hacia ellos y ni siquiera lograron que cayese al suelo tras romperle la mandíbula». «No quería darles esa alegría –reconocía ella misma con orgullo–. Me sujetaba por donde podía y me mantuve derecha».

Tampoco soltó palabra ante sus interrogadores Lola García, alias Charlie, también detenida por su papel en la Resistencia, junto a su pareja, Joaquín Olaso, quien otros españoles creyeron por error que sí había delatado bajo tortura a miembros de su grupo y le llamaron «traidor».

En Ravensbrück, a Bueno y a García las calificaron como Noche y Niebla (Nacht und Nebel, NN), nombre que Álvarez ha utilizado como título del libro (Alain Resnais ya bautizó con él su documental). «La noche es la muerte y el destino de esas presas era desaparecer», acabar gaseadas y convertidas en el humo gris de las chimeneas de los crematorios. Pese a todo, ellas sobrevivieron.  

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