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El cannabis se abona al debate de su legalización

Varios expertos señalan la necesidad de una regularización ante la humareda que envuelve su legislación, aunque el ramillete de posibilidades va desde su uso medicinal hasta la permisividad total

La hoja de una planta de cannabis, una especie herbácea que está levantando numerosos debates sobre qué hacer respecto a su regularización. | MARTÍN CRESPO

Legalización, regularización, prohibición, normalización. Casi como si formaran parte de su aroma, no son pocas las palabras con recargo jurídico que humean cada vez que aparece en la conversación la planta del cannabis. Los matices y situaciones son tan amplios como los usos de esta especie herbácea de origen en el Himalaya y extendida por todo el mundo. Con el verde se pueden liar porros para ser fumados, igual que elaborar aceites, vaporizadores o infusiones. Tiene posibilidades industriales en la farmacéutica, en el sector textil y en la floristería Y en esa diversidad crece también un ramillete de situaciones legales y sus posicionamientos políticos.

Quizás la luz, la temperatura y la humedad del Congreso no sean las adecuadas para la plantación del cáñamo, pero entre sus escaños ha florecido el debate. Una propuesta de Más País regó el intento de lograr su legalización, tanto para uso medicinal como para uso lúdico, pero se encontró con un «no» podador del PSOE, PP y Vox. La semilla legislativa que el partido de Íñigo Errejón llevó a la tierra parlamentaria proponía regularizar los cultivos profesionales, el autocultivo, el consumo sin sanción en espacio público, permitir el cannabis medicinal y ponerle un impuesto. «Por salud, economía y libertad» fueron los motivos que esgrime el diputado madrileño encargado de defender la reforma legal. El voto clave que habría abierto su regulación, por afinidad y cercanía ideológica, podría haber sido el del PSOE que, no obstante, rechazó la moción. «Las drogas son drogas, y a quien más han atacado en este país han sido a las clases trabajadoras», objetó el parlamentario socialista desde la tribuna, Daniel Viondi, quien defendió regular el cannabis, sí, pero no en los términos propuestos.

No obstante, forzar la votación ya supone haber abonado un terreno sobre el que debatir. Desde la parte legal, el abogado del Estudio Jurídico Brotsanbert, Joan Bertomeu, reclama la necesidad de una regulación. «La ley de estupefacientes es anacrónica, de 1967, y tiene una jurisprudencia muy dispar, es muy ambigua y queda en muchos casos en decisión de cada juez», critica. Desgrana que el cultivo para el consumo no es legal, pero no está tipificado si no hay tráfico. En la cantidad con la que sea incautada la persona están las posibles consecuencias. Tampoco está permitido fumar en espacio público con posibilidad de multa administrativa como lo tienen los cultivos a la vista tras la aprobación de la Ley de Seguridad Ciudadana, con la etiqueta de Mordaza cuando hablan de ella desde la izquierda. Y el vapor legal en el que caminaban las asociaciones y clubes se ha enturbiado para ellos con sentencias del Supremo que lo pueden llegar a calificar como tráfico de drogas. «Están más expuestas que nunca».

Javier Miravete forma parte de una de ellas en Castelló. «Soy consumidor de cannabis y no soy un adicto, no entiendo por qué tengo que tener más estigma que el que se toma unas cervezas en el bar al terminar el trabajo cuando quizás lo que yo consumo es más sano», comienza su alocución Javier quien corrobora la exposición de motivos de Bertomeu. «Parece que los jueces se han cansado de que no haya una ley al uso, que haya un vacío legal y han decidido hacerla al aplicarla», explica. Entre sus consecuencias, además de sustos judiciales, detenciones, multas o procesos que a veces quedan en nada y, otras veces, traen sentencias administrativas, también está, cuenta Miravete, «que mucha gente tenga que recurrir a los mercados ilícitos». El problema es más que ir a «circuitos peligrosos» como puede ser acercarse a un parque por la noche «para pillar», sino que puede acabar provocando «no saber qué tiene la planta». Aparece el cannabis sintético u otras formas de presentación que adulteran el producto y aumentan su peligrosidad, según denuncian consumidores y expertos sanitarios.

Son algunos de los «monstruos» que asegura la doctora en Neurociencia de la Universitat de València, Noemi Sánchez, que genera la prohibición. «Los jóvenes ya están consumiendo sin que haya ningún tipo de control porque no hay regulación, ahora se encuentran con concentraciones altas de THC que si de normal eran del 10 % ahora son del 30 %, y eso tiene consecuencias sobre su salud», explica la especialista. Sobre las evidencias sobre estos efectos hay, señala, «mucha controversia y demasiado ruido mediático». «El efecto del cannabis en el cerebro es muy variado y depende de numerosas variables que depende de cada persona y de su contexto», expresa Sánchez. El «yo soy yo y mis circunstancias» de Ortega y Gasset aplicado a las conexiones nerviosas. Así, la investigadora de la UV indica que es «imposible establecer una relación causa-efecto entre el consumo de cannabis y problemas sociales o psiquiátricos» sino que en muchos casos son «estudios de correlación». «Hay veces que el consumo temprano es una consecuencia de una situación en el hogar y no la causa», ejemplifica e insiste: «Lo importante es reducir riesgos y prevenir el consumo sobre todo de los menores que son más vulnerables y eso es posible con una regulación bien hecha».

Efectos sobre la salud

Rafael Forcada es médico en la Unidad de Conductas Adictivas de Moncada y no se muestra muy partidario a una legalización, aunque no rechaza una regulación. «Quizás sea útil». Tampoco, admite, es su especialidad. La suya es sobre los efectos sanitarios. «Lo que veo es que ahora los principales problemas de drogas los tenemos con las legales como son el alcohol y el tabaco porque no hay drogas blandas, con estas estamos intentando reducir su consumo, no ampliarlo», expresa. No obstante, pone el foco en los «monstruos» mencionados por Noemi Sánchez que genera el mercado ilícito. «Estamos preocupados por un aumento de la venta de marihuanas sintéticas, son mucho más peligrosas, nada caras y fáciles de conseguir y afectan sobre todo a los más jóvenes», añade.

Entre los casos que entran en las UCA vinculados con el consumo de cannabis, Forcada indica casos de «crisis de ansiedad y episodios psicóticos parecidos a la esquizofrenia». Explica que en cómo afecta influyen tres factores: la sustancia, las características físicas de las personas y la situación social. «No sabemos si es el cannabis el que los produce o si es un factor que desencadena una situación que ya existía», asegura el médico quien pone de ejemplo que el 13 % de los casos de esquizofrenia no se manifestarían si no se hubiera dado el consumo de cannabis, pero es un asunto «estrictamente genético».

El otro punto sanitario sobre el que florece el debate del cannabis es su uso medicinal. Salvador Amigó es uno de los investigadores del grupo Fes-Ho-Bé! de la Universitat de València que habla sobre ello. Así, señala que en el caso del cannabis «existe suficiente evidencia científica con fármacos basados en compuestos del cannabis (como el THC y el CBD) que han superado todas las pruebas y requisitos que la industria farmacéutica y las autoridades sanitarias obligan para considerar un fármaco seguro y con valor terapéutico» como son el sativex y el epidiolex. Entre las enfermedades en las que se muestra una mejora, Amigó menciona el dolor crónico y el vómito en quimioterapia, mejora los síntomas de espasticidad en la esclerosis múltiple, mejora a corto plazo de los trastornos del sueño asociados al síndrome de apnea obstructiva, la fibromialgia y también señala una «gran potencial por descubrir» como las consecuencias del síndrome de Tourette, la ansiedad o el estrés postraumático. No obstanbte, critica la paradoja que se da en España de que, por una parte «se exige que la investigación científica demuestre en mayor medida la eficacia médica del cannabis y, por otra parte, se dificulta hasta el extremo esa investigación que se exige».

No son los únicos que se encuentran con dificultades para hacer su trabajo. Francisco O. forma parte de una empresa de cultivo de plantas de fibras textiles a partir del cáñamo para la exportación de semillas y flores. Esta última parte la ha tenido que suprimir en los últimos meses. «Se están interviniendo todas las plantas que dan más de un 5 % de THC por mucho que sean las semillas certificadas en la Unión Europea», protesta. De hecho, señala que muchas de las detenciones y grandes redadas de plantaciones son de agricultores no son de marihuana porque apenas tiene nivel psicoactivo. «Si se aplicara el nivel de psicoactividad no habría delitos», lamenta. Orts, además, cuenta con autocultivo en su casa, un consumo que califica «de metro cero». «Es necesario que haya una regulación con una visión integral porque el cannabis es todo, con muchos usos, industriales, recreativos y farmacéuticos, no solo un psicoactivo», expone.

El ejemplo de Uruguay

Uno de los lugares conocidos por su legislación del cannabis es Uruguay. El país latinoamericano legalizó en 2013 el consumo del cannabis de manera controlada por el Estado. No lo hizo por una cuestión de «libertades», recuerda el que fuera secretario general de la Junta Nacional de Drogas durante el gobierno de Pepe Mújica, sino que se hizo como una forma de luchar contra la criminalidad que estaba en auge. «Era una forma de limitar el negocio del narcotráfico, aunque fuera solo con una sustencia», explica. Ahora, cada persona puede inscribirse en un registro y acudir a la farmacia para comprar hasta 40 gramos al mes. «Antes un 80 % acudía a espacios ilegales para comprar, ahora lo hace un 15 %», explica Olivera quien añade, no obstante, que se ha creado un «mercado gris» de personas que no quieren registrarse o que a veces sobrepasan el consumo máximo y acuden a quienes sí tienen opción de haber comprado.

Ocho años después de que se aprobara la normativa que regula su uso, el ex responsable de su diseño señala que la población «la ha aceptado de buena manera y no es un motivo de preocupación popular, salvo a una parte ultraconservadora» y habla de un «cambio cultural». «Se ha generado la idea de que el consumo no es solo marginal sino que es diverso como la sociedad», expresa. La normativa se aprobó con la mayoría de izquierdas que regía en ese momento, algo que ha cambiado tras las elecciones de 2019. Sin embargo, en la agenda del actual gobierno de derechas no solo no está en sus planes derogar lo aprobado sino que se debate liberalizarlo más o incluso ponerle un impuesto, algo que no se hizo en un primer momento porque la podía encarecer. Además, Olivera señala que tras la legalización, el consumo de cannabis «creció al mismo ritmo que en otros países de la región como Argentina o Chile», el consumo en adolescentes se mantuvo así como no aumentaron las emergencias por desequilibrios psiquiátricos.

La normativa uruguaya es una más entre tantas como la canadiense o la de algunos estados de EE UU. Uno de los puntos que reclaman desde Brotsanbert y algunos usuarios es la necesidad de dar un «armazón legal» que proteja a los clubes canábicos, un hecho en lo que España es «pionera» y que en el resto de países no se contempla. «Se puede tener cannabis en muchos sitios, en el herbolario, en la farmacia, en un dispensario o coffee shop como Amsterdam o en clubes sociales», expresa Miravete. El debate está sobre tierra abonada, falta por ver cómo y hacia dónde crecen sus semillas.

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