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València 92: del agravio al despilfarro

Se cumplen 30 años de los Juegos de Barcelona, un acontecimiento que regó de inversiones la ciudad y que fue catalizador de un sentimiento de olvido entre los valencianos, rentabilizado por la derecha y que sentó las bases de sus mayorías absolutas.

Eduardo Zaplana, entonces presidente de la Generalitat, observa las obras de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, en septiembre de 1997. Manuel Molines

El mantra del ‘Espanya ens roba’ que predomina en ciertos sectores de algunos territorios sería más humilde si se adaptara a la Comunitat Valenciana, donde la queja siempre ha estado protagonizada por la falta de atención más que por una sustracción de recursos propios. Algo así como ‘Espanya ens ignora’ sería más ajustado. La valenciana es una comunidad sumida en el sentimiento de agravio desde prácticamente el inicio de la configuración del Estado de las autonomías. Hoy las batallas ante Madrid se libran por la reforma del sistema de financiación o el impulso a las sempiternas obras del corredor mediterráneo, pero el Gobierno central de turno siempre ha tenido encima de su mesa alguna reivindicación autonómica, que ha sido más o menos ruidosa en función de si los colores del Consell y Moncloa coincidían o no. Lo que no ha variado tanto es la escasa atención que han recibido en Madrid, o al menos esa sensación valenciana de no haber sido nunca una prioridad.

Felipe VI, entonces príncipe de Asturias, durante la inauguración de los JJ OO de Barcelona. EFE

Pero si queremos buscar un catalizador de ese malestar reinante en la C. Valenciana por ser una tierra olvidada hay que retroceder al menos hasta 1992. Barcelona se presentaba al mundo como anfitriona de los juegos olímpicos tras un profundísimo cambio que transformó la ciudad, que fue regada con dinero público para adaptar sus infraestructuras y servicios desde su elección como sede en 1986. También la Expo de Sevilla aceleraba la llegada de las inversiones hacia la capital andaluza gracias en parte a la sensibilidad del PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra hacia su tierra, por entonces una de las más subdesarrolladas del país. A lomos de ‘Cobis’ y ‘Curros’, España trataba de subirse al tren de la modernidad mientras en la Comunitat Valenciana la política, el empresariado y la sociedad civil clamaba por desatascar una simple autovía hacia la capital. Como expresión popular de ese malestar, muchos recuerdan todavía las pintadas que se extendieron por la ciudad en aquella época y que transmitían ese sentimiento de agravio: ‘España 92-Valencia 0’, una goleada en toda regla.

Esa sensación de territorio olvidado por el Estado supo rentabilizarla la derecha, agitando una comparativa entre lo que recibían los vecinos al norte y sur de la C. Valenciana, aunque con especial fijación hacia los primeros, ya que el enemigo manido del catalanismo facilitaba esa estrategia. Los socialistas mandaban en la Generalitat y en Moncloa, por lo que la asociación de ideas era tan simple como efectiva: la debilidad del gobierno autonómico ante sus ‘jefes’ en Madrid impedía progresar a la autonomía. Una música similar a la que todavía suena hoy en día con asuntos como la reforma del sistema de financiación.

Los cimientos de la hegemonía del PP

Aquel complejo de inferioridad cocido a fuego lento durante las décadas de los 80 y 90 provocó un efecto rebote en la política valenciana y sentó las bases para la época hegemónica del PP en los 2000. El PSOE veía cómo se agotaba su modelo y fue perdiendo terreno en toda España. En 1995 cayó la Generalitat tras el famoso ‘pacto del pollo’ y al año siguiente González fue derrotado por José María Aznar. Tras años de protestas por la desatención del Gobierno central hacia tierras valencianas, tocaba tomarse la revancha: ‘Poner València en el mapa’ era ahora el objetivo prioritario. Los tiempos estaban cambiando al calor de la globalización y había llegado la hora de los proyectos megalómanos para hacerse notar en un mundo cada vez más pequeño. La Comunitat Valenciana quería pasar página de la época del agravio y ponía rumbo a la era del despilfarro.

Pero, ¿dónde está el germen de ese sentimiento de región desfavorecida? No hay unanimidad entre algunos de los propios implicados y otros expertos consultados por este diario, si bien todos admiten cierta correlación entre aquel 92 olímpico y de la Expo y la irrupción de la derecha y el ‘blaverismo’, que dio paso a una etapa de mayorías absolutas del PP en la Comunitat Valenciana que se prolongó hasta 2015.

Joan Lerma fue el president de la Generalitat entre 1982 y 1995, un lapso casi idéntico al de González en Moncloa, y por tanto el blanco de los ataques de la Unió Valenciana de Vicente Lizondo, en plena expansión desde precisamente 1986, el año de la elección de Barcelona como sede olímpica. El exlíder del Consell sitúa el origen del descontento social a partir de ese mismo año, 1986. «El problema de la Comunitat Valenciana empezó antes de los Juegos Olímpicos», asegura. Concretamente, lo vincula con la entrada ese año de España en la Unión Europea.

«Había un trasfondo de desempleo y de pérdida de competitividad. España siempre había sido un país inflacionario pero ahora ya no podía devaluar su moneda porque el nivel de maniobra se había reducido», recuerda el socialista, ahora en el Senado. Además, incide en que la Comunitat Valenciana, tradicionalmente más industrial y exportadora que otras regiones, estuvo más expuesta a ese problema.

Así, admite que en un contexto de crisis la ciudadanía tiende a «fijarse más en los agravios», por lo que las inversiones en otros territorios dejaron «un poso de frustración» que tuvo «efectos políticos» y que primero Unió Valenciana y luego el PP, fagocitando al partido de Lizondo, «supieron aprovechar».

En todo caso, Lerma considera que hablar de «agravio comparativo» de la C. Valenciana respecto a Cataluña o Andalucía en esa época es «caer en el cliché» que según él trató de promover la derecha. El expresident se reivindica defendiendo que «fueron años de mucha inversión» en la autonomía y que con Felipe González «se podía hablar de todo». «Ahora los partidos son más presidencialistas por los sistemas de primarias, mientras que antes los órganos de partido ejercían más control y las cosas se podían discutir. Nosotros insistíamos en explicarle [a Felipe González] que el problema de la competitividad dañaba de una forma singular a la Comunitat Valenciana y que, políticamente, ese sentimiento de agravio nos afectaba», rememora.

Sin embargo, el profesor de Sociología y Antropología social en la Universitat de València Rafael Castelló sí que detecta carencias en aquella gestión del PSPV de Lerma que, según él, pudieron ayudar al crecimiento del ‘blaverismo’. Destaca que la formación socialista era «poco atractiva» para los votantes más valencianistas, ya que el partido adolecía de un componente «reivindicativo» en clave autonómica, reflexiona. «Era un partido sin valencianizar», argumenta Castelló, que deja fuera al exconseller Vicent Soler de esa afirmación, pero lamenta la «escasa proyección» que le otorgaba en aquellos tiempos el PSPV. De hecho, defiende que por aquel entonces Eduardo Zaplana exhibía un perfil «más regionalista» que el propio Lerma.

Pero más allá de las políticas desplegadas por el socialismo valenciano y de discursos más o menos autonomistas, el dinero siempre suele estar tras el malestar ciudadano. En ese sentido, Vicent Flor, sociólogo y director del Centro Valenciano de Estudios e Investigación Alfons el Magnànim, apunta como clave que el nacimiento de ese sentimiento de agravio en la Comunitat Valenciana coincide con el momento en que la autonomía «comienza a perder riqueza» respecto al resto del país. «Siempre habíamos estado por encima de la media nacional y desde mitad de los 80 empezamos a caer».

Flor remarca que la situación en los 90 «no era más grave» pero sí «más visual» que en los años previos. La llegada de aquellos grandes eventos a Barcelona, Sevilla e incluso Madrid —Flor incluye en la ecuación la designación de esta ciudad como capital cultural europea— puso cara a esos problemas valencianos, reflexiona. «Se visualiza una cuestión estructural: somos una autonomía pobre que es tratada como una rica. El 92 es la expresión de ese proceso y de ahí nace la idea de ‘poner Valencia en el mapa’,» un concepto que para el sociólogo «desplaza el foco», que «ya no está la financiación de la autonomía sino en los grandes eventos», que son reclamados por los partidos de la derecha «agitando esa sensación de agravio» respecto a otras grandes urbes.

El director del Alfons el Magnànim comparte con Castelló la idea de que Lerma, «más pendiente de controlar el partido» a nivel orgánico, fue «poco reivindicativo» con ese problema estructural valenciano. Una actitud que «tuvo consecuencias», ya que «facilitó» que Unió Valenciana «capitalizara el malestar» en un momento en el que «la sensibilidad estaba a flor de piel», según desarrolla Flor.

Abriendo el plano, Castelló añade que a mediados de los 90 empezó a instaurarse el discurso neoliberal, que derivó en una «competencia internacional por captar inversiones», un juego al que entraron también las administraciones. El problema, señala, es que se trata de «infraestructuras difíciles de mantener o de dotar de contenido». Al respecto, pone el ejemplo del Ágora de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, que ha albergado desde campeonatos de tenis hasta el actual CaixaForum.

Aquel proyecto, tan vinculado posteriormente con la postal que retrata la época de dominio del PP en la C. Valenciana, fue sin embargo impulsado por el PSPV en lo que muchos interpretaron como una compensación de González a una ciudad que había visto pasar de largo las inversiones más jugosas durante años. Manuel Alcaraz, jurista y exconseller de Transparencia en el primer Botànic, asegura que ese es el ejemplo de que la fiebre de los «grandes ‘saraos’» que «equiparaba grandes infraestructuras con progreso» «no solo prendió en el PP sino también en los socialistas» y «no solo en la C. Valenciana», ya que, según recuerda, la «locura» se extendió a otros lugares como Zaragoza, que celebró su Expo en 2008. Asegura que aquella iniciativa de la Ciudad de las Artes y las Ciencias presentaba un «paisaje asimilable sobre todo al de la Expo: arquitecturas inútiles sin un contenido claro», defiende. Tal vez influido por estar radicado en Alicante —recuerda que la sensación de agravio alicantina suele ser con València, mientras que en el cap-i-casal sí se mira más a Barcelona— Alcaraz es escéptico a la hora de vincular esos eventos con el auge de la derecha. Dice que «blaveros ya había» y que el auge, primero de Unió Valenciana y luego del PP, no depende tanto de un «hecho concreto» sino del «deseo del empresariado de tener un gobierno de derechas».

Flor incide en que en los años 80 «ya se estudiaba la necesidad de un cambio en el modelo productivo para no depender en exceso del turismo» y critica que el PP decidió rendirse a esa estrategia «con retraso respecto a Europa».

Para el sociólogo, Terra Mítica, la Ciudad de las Artes y las Ciencias o la Fórmula 1 son ejemplos de esa «reacción tardía a la lógica del 92», que llenó la ciudad de «elefantes blancos», como llama a los «edificios con los que no se sabe bien qué hacer». Un «modelo de la espectacularización» que además, apunta, «facilita la corrupción».

Hoy, donde había bólidos hay chabolas. Poco queda de aquellos grandes eventos, pero sí de la sensación de agravio. En todo caso, todos los consultados coinciden en que esas reivindicaciones se han despolitizado. Los perjuicios que ocasionan a la autonomía la infrafinanciación o los retrasos del corredor son tal «palmarios», «brutales» o «evidentes» que todas las fuerzas los respaldan ante Madrid.

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