Opinión | Tribuna

Cultivando la paz y la no violencia en las aulas

En el rincón más íntimo de la educación, donde convergen las almas jóvenes con el conocimiento, reside la oportunidad de moldear no solo mentes despiertas, sino también corazones compasivos. En este día que celebramos la Paz y la No Violencia en las escuelas, no podemos ser espectadores indiferentes ante la urgente necesidad de convertir esta causa en un imperativo inapelable y fundamental para cada colegio, para cada niño y para cada joven, muy especialmente en el contexto geopolítico actual en el que el mundo presencia el inaceptable y trágico aumento de la mortalidad infantil en conflictos bélicos. 

Elevar la voz en favor de la paz y la no violencia en las aulas por desgracia, no puede limitarse únicamente al comportamiento de los estudiantes entre ellos, sino que debe extenderse a la no violencia ejercida por los adultos dentro del sagrado recinto destinado a cultivar el desarrollo de nuestras sociedades futuras a través del conocimiento y salvaguardar el proceso natural y necesario del acompañamiento y aprendizaje que nuestros niños y jóvenes requieren.

Es en este contexto desgarrador que debemos abordar el Día Escolar de la Paz y la No Violencia con un sentido de urgencia. Ya no basta con enseñar a nuestros estudiantes a no ser violentos entre sí. Debemos ampliar nuestra visión y reclamar que la no violencia también se aplique a los adultos que trabajan en la educación porque la Escuela simboliza el lugar que nuestras sociedades han diseñado para que los niños y jóvenes puedan sentirse seguros y protegidos, no solo de la violencia física, sino también de la violencia emocional y psicológica que puede infligirse de manera inadvertida o intencionada.

Los adultos tenemos la responsabilidad de respetar el derecho de nuestros jóvenes a crecer sin heredar los errores de sus antepasados y la escuela representa la oportunidad de construir un horizonte libre y equitativo. Sólo los humanos podemos ser ejemplos vivos de paz, empatía y respeto y defender a nuestros ciudadanos más jóvenes de los comportamientos que puedan dañarles física o emocionalmente. Por supuesto que esto incluye la protección de usos y abusos de terceros, entre los que no debemos descartar la Inteligencia Artificial, pero sin que ello impida una justa autoevaluación: ¿realmente podemos decir que estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos para erradicar la violencia en nuestras aulas? ¿Podríamos afirmar sin la menor duda que, más allá de nuestra ética y compromiso con la cultura de paz, nos esforzamos de forma consciente para que nuestro comportamiento sea fuente de bienestar en las escuelas o, por el contrario, somos tan víctimas como portavoces de la crispación, la queja, el desaliento y la falta de esperanza que tanto daño psicológico y moral produce en los entornos escolares?

Puede que haya muchas cosas que no podemos cambiar, pero existe una herramienta muy poderosa y al alcance de todos nosotros, tanto colectiva como individualmente, de la que emanan virtudes que promueven la alegría, la compasión, la tolerancia y el diálogo. Se trata de una elección no solo deseable, sino esencial para salvaguardar el bienestar emocional de nuestros estudiantes y potenciar su éxito en la senda académica: la Psicología Positiva.

En esta era moderna, donde los estados anímicos de los alumnos se encuentran expuestos a un sinfín de impactos y circunstancias aversivas fuera de control, es imperativo reconocer la interdependencia entre las emociones y el rendimiento académico y cuidar de unas para salvaguardar las otras. No podemos pretender, como hemos venido haciendo, medir el resultado académico de los alumnos sin correlacionarlo con su bienestar emocional y, para ello, es preciso comprender que un ser humano en alerta, sometido a violencia del tipo que sea, no puede aprender. Cada estudio científico que se nos presenta corrobora esta verdad innegable: las emociones tejen el tejido mismo de nuestro proceso de aprendizaje. Ha llegado el momento de abrazar esta realidad y emplearla en beneficio de nuestros jóvenes, sembrando contextos seguros de tolerancia cero a la violencia y agresión del tipo que sea.

Enfocados en el cultivo de las virtudes personales y el fomento de emociones positivas, los principios de actuación derivados de la Psicología Positiva ofrecen un camino hacia la creación de un entorno propicio para la paz y la no violencia. Enseñar habilidades emocionales, fomentar la empatía y promover la resolución pacífica de conflictos son solo algunas de las herramientas que podemos incorporar en las aulas.

La empatía, una de las piedras angulares de estos principios, nos enseña a comprender y respetar las emociones ajenas, a calzarnos los zapatos del otro. Los jóvenes que internalizan esta habilidad son menos propensos a recurrir a la violencia como vía de resolución de disputas. La empatía sustenta el cimiento de una convivencia pacífica y la construcción de relaciones sólidas.

Además, la resolución pacífica de conflictos se erige como una habilidad esencial que todo estudiante debe adquirir. En lugar de recurrir a la violencia física o verbal, los jóvenes deben aprender a comunicarse efectivamente y hallar soluciones mutuamente benéficas. La enseñanza temprana de estas destrezas puede transformar la dinámica en las aulas y trascender más allá de los muros escolares.

Resulta imperioso que los colegios se transformen en refugios seguros y acogedores para cada estudiante. La promoción de la paz y la no violencia no solo es una responsabilidad moral, sino que también influye de manera directa en el desempeño académico. Los estudiantes que se sienten resguardados y respaldados emocionalmente son más propensos a triunfar en sus estudios y en la vida en general.

La labor ejemplar de la Fundación por la Justicia se destaca en esta misión desde sus orígenes. Su dedicación incansable en la promoción de valores fundamentales, como la paz y la no violencia desde la infancia, nos sirve de faro en este camino. Es nuestro deber seguir su ejemplo y asegurar que cada niño tenga acceso a un entorno educativo que le enseñe a vivir en la paz y la no violencia como un legado de nuestra civilización.

En este Día Escolar de la Paz y la No Violencia, alzamos una voz apasionada y un llamado vehemente a la acción. Exhortamos a cada colegio y educador a abrazar los principios de actuación promovidos por la Psicología Positiva como herramientas poderosas para fomentar la paz y la no violencia en las aulas, y pedimos a nuestros gobernantes que eleven la voz contra cualquier ataque o violencia dirigido al ámbito escolar.

La educación representa el camino hacia un futuro más brillante y más compasivo. Depende de nosotros, como custodios del conocimiento y del alma, cultivar ese cambio. Unidos, podemos transformar nuestras aulas en semilleros de paz y esperanza, donde cada estudiante florezca no solo en su camino académico, sino también como ser humano comprometido con la forja de un mundo mejor. La paz y la no violencia no son simples ideales; son una llamada apasionada a la educAcción que no podemos soslayar.