Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Complicidades

Injustamente olvidado

El primer síntoma de que un escritor ha comenzado un proceso de decadencia sentimental que lo conducirá a la locura consiste en escucharle decir -aunque sea entre amigos, después de una copiosa comida navideña- que es un artista injustamente olvidado. Los escritores sufren diferentes tipos de demencias pasajeras y crónicas, relacionadas con asuntos muy variados -la naturaleza del libro que pretenden acabar, su caótica situación financiera, el número de ejemplares vendidos, las buenas o malas críticas que reciben en la prensa-; pero ninguna demencia es tan dañina como la de considerarse preterido.

De la misma manera en que venimos al mundo, desde un mero punto de vista estadístico, para engrosar la lista de los individuos difuntos, los escritores han nacido para escribir y ser olvidados, con o sin justicia, con razón o sin ella. Se ha dicho innumerables veces que el éxito y la fama constituyen un error. Si no un error completo, siempre representan una falta de perspectiva, porque todos los éxitos son limitados, y todas las famas son parciales, además de que acaban por durar muy poco: aproximadamente lo que tarda en escapársenos el tiempo entre los dedos, apenas un suspiro.

Al fin y al cabo, lo que no existe es ningún escritor sin reconocimientos, sin premios, sin galardones y homenajes. El narrador intonso, por así decir, es una entelequia. No hay poetas sin Flor Natural, sin Accésit más o menos malagueño, sin Mención Honorífica en algún concurso convocado por la Diputación de Zamora. A ese grado de pureza física y espiritual es imposible acercarse. Que levante la mano el que no tenga un diploma del Ayuntamiento, el que no haya recibido una beca a la creación de la Consejería de Cultura, al que no le hayan publicado una plaquette conmemorativa de sus primeros noventa años de dedicación a la dramaturgia. Veis: nadie la levanta. Porque no existe ese caso en la historia de España, durante los siglos XX y XXI.

En el pasado (cuando el espectáculo era el mundo, y no el mundo del espectáculo), se juzgaba la importancia de un ciudadano por el hecho de que no hubiera aparecido jamás su nombre en los periódicos, ni siquiera en su propia esquela. Hoy en día podríamos medir la trascendencia de un escritor por la falta de galardones acumulados a lo largo de su vida. Fíjate si fue grande para sus lectores y discípulos que ni siquiera estuvo propuesto para el Nobel, diremos.

Para ser escritor, tal vez no sea necesario estar loco del todo, pero sí al menos haber perdido el norte con respecto a lo siguiente: en qué consiste un oficio de provecho. Uno se dedica a la literatura porque no puede dedicarse a otra cosa, dicho sea en sentido literal y simbólico; es decir, se escribe por incapacidad y por destino, que son razones intercambiables. De ahí que resulte tan absurdo el acto de escuchar las quejas de los escritores injustamente olvidados. En definitiva, el olvido y la injusticia son las últimas recompensas con que los artistas adornan su curriculum.

Compartir el artículo

stats