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Javier Pérez Rojas | Historiador de arte

"He reivindicado a Pinazo como un modernista"

"He reivindicado a Pinazo como un modernista"

"He reivindicado a Pinazo como un modernista"

Durante el Año Pinazo ha tenido lugar un despliegue expositivo que no es habitual; se han inaugurado cinco exposiciones de gran formato en apenas seis meses. Cinco instituciones de la importancia del MuVIM, el IVAM, Bellas Artes, la Fundación Bancaja y el Almudín han abierto sus puertas consecutivamente a un mismo autor en un período reducido. ¿Se justifica este despliegue?

Creo que son bastantes las razones que justifican el alcance, la extensión y la diversidad de las exposiciones. Pinazo era un autor que necesitaba no solo ser reivindicado, sino ser puesto en orden y visualizado en amplitud. Se han expuesto un considerable número de nuevas piezas y de series que se ven completas por primera vez. Pero sobre todo se plantean discursos nuevos en torno a la obra y el significado de Pinazo como un gran maestro de su tiempo. Durante los últimos años de investigación habíamos acumulado una gran cantidad de materiales que han permitido no caer en reiteraciones, Las exposiciones están estructuradas siguiendo esquemas biográficos y procesos creativos, buscando contrastes y secuencias. A partir de ahora se entenderán mejor las formas de trabajar de Pinazo, la complejidad y riqueza de su obra. Es la primera vez que se ha realizado tal despliegue de un artista valenciano, desde luego, pero gracias a ello se ha permitido tematizar la riqueza de Pinazo de forma pormenorizada. Y en un sentido moral era también una cuestión pendiente, València se lo debía a Pinazo.

El valor de una exposición deriva de la calidad de la narración que se construye a través de la integración de las obras. ¿Cuál es el argumento explicativo del conjunto de la programación?

Una exposición puede ser una mera conjunción de cuadros sin más, que se organizan con criterios estéticos, cronológicos o temáticos, o puede ser un discurso visual más complejo en el que todo se imbrica sugiriendo o invitando a una lectura enriquecedora y estimulante que desvela al creador en su esencia. En nuestro caso, todo apunta a la demostración de que Pinazo escapa a una clasificación preestablecida. Ignacio Pinazo no es simplemente una época. No es una corriente. Ni una escuela. Ni un estilo. Y es a la vez todo eso siguiendo otra lógica y discurso más complejo e imbricado. Ninguna exposición podría exponer esta idea sin reflejarse en la diversidad de las otras. Pinazo es un hombre de contrastes, social y solitario, dandy y huertano, racional e irracional, reflexivo y emotivo, tímido y extrovertido a la vez. Quizás este universo tan complejo no llegue en un primer golpe de vista al espectador pero se va desvelando progresivamente y absorbe su atención.

En cierto modo hemos visto que la dimensión de la programación se fue calibrando a partir de un juego entre preguntas y respuestas en torno a las casi 500 obras que se han expuesto...

Más que plantear preguntas a priori la intención inicial era desplegar el conjunto de las piezas dotándolas de una secuencia y una trama que expresara quién es Pinazo y cuál es el significado y grandeza de su obra, y a partir de ahí adentrarnos si se quiere en cuestiones de orden social y psicológico, y de lenguaje plástico. Pinazo es un artista que rompe con la visión jerárquica de los géneros y el asunto. El tema y el formato carecen de relevancia para que se exprese la emoción y el genio del artista. Desde siempre he reivindicado a Pinazo como un modernista, también a Sorolla cuando nadie lo hacía. Hace algunos años apenas se hablaba de modernismo para la pintura valenciana del fin de siglo. Pero ya entonces había argumentos para hacerlo en el mismo sentido amplio que el término tenía en su época, y esto es algo que ya algunos de sus coetáneos vieron claramente. Pinazo desvela tanto la grandeza del retrato como documento biográfico, psicológico y social descubriendo todas las dimensiones del individuo, y en otros temas como el paisaje nos plantea la pulsión de lo aparentemente irrelevante porque la vida y la emoción se manifiesta en todo lo que nos rodea.

Las complicadas relaciones de Pinazo con el modernismo y la tradición ¿desempeñan el papel de una línea divisoria en la estructura de la programación?

Pinazo es modernista pero no Art Nouveau ni simbolista, es un modernismo de raigambre naturalista e impresionista que pronto deriva hacia un expresionismo. Pinazo no se queda en un movimiento concreto sino que los va recorriendo de manera secuencial o gradual. Pinazo es también un artista respetuoso con cierta tradición o mejor dicho, admirador de una serie de autores que representan la gran tradición. La tradición con mayúscula, lo permanente y universal, lo intemporal como son Velázquez o Goya, a quienes estudia y analiza con especial atención, con ojos modernos, como habían hecho antes otros creadores como Manet y harán otros artistas como Picasso o Bacon. También a Holbein y El Greco. Por eso hay toda una importante sección expositiva que he denominado «De la gran tradición al modernismo», donde se incluyen los retratos y la pintura de historia, en los cuales Pinazo se afirma como uno de los primeros modernistas valencianos.

El desnudo y el retrato también articulan la secuencia expositiva...

El retrato es una práctica primordial en la pintura de Pinazo, y es quizás donde mejor se refleja su genio creador y capacidad analítica del ser humano. Es increíble lo que es capaz de sugerir con el simple destello que produce una leve pincelada en un labio o un ojo, y luego el juego y significado espacial de cada una de sus obras. La exposición del Museo de Bellas Artes, comisariada en colaboración con José Ignacio Casar Pinazo, ha sido muy estimulante al ir diseñando la biografía del artista a través de sus autorretratos, así como mostrar todo el proceso de gestación del gran lienzo de «Los últimos momentos del rey Don Jaime». La otra exposición, la del Almudín sobre el desnudo, es un proyecto que tenía en mente desde hacía unos años. Lo tenía como reservado, pero al desear incorporarse el Ayuntamiento a la conmemoración pensé que podía ser su momento y lo propuse, y ahora es la sección que se itinera del centenario. En el desnudo el artista nos presenta otra dimensión poco subrayada por los estudios anteriores pero interesantísima. Es impresionante ver toda esa serie de academias tan poco académicas y dotadas de energía.

La exposición del IVAM ¿establece definitivamento los vínculos de Pinazo con el arte de vanguardia?.

La exposición del IVAM es de las más complejas, y se puede decir que hay varias exposiciones dentro de una misma. Aquí había que visualizar la vertiente moderna de Pinazo y romper con los continuos cuestionamientos acerca de si es un artista que encajaba allí o no. Los diálogos o afinidades con otros autores a la vista están aunque sean encuentros casuales y circunstanciales. Empecé a desarrollarla a partir del inesperado encuentro entre Pinazo y Julio González. Aunque en el catálogo de la exposición que comisarié en Madrid para la Fundación Mapfre en 2005 hablaba de unas afinidades con Cossío y Barceló, entre otros. Ha sido un lujo el poder disponer ahora de obras de artistas muy representativos de la modernidad del siglo xx, nacionales e internacionales, Picasso, Gargallo, Rauschemberg, Tàpies, Mompó, Esteban Vicente, Masson... Qué pena que en el IVAM no exista nada de Pollock o de Bacon, porque habrían encajado. «El Monaguillo tocando la zambomba» de Pinazo está junto a un lienzo de Jacinta Gil Monjalés y es curiosos el juego de ritmos dinámicos que se establecen, pero imaginen ese lienzo junto a un Bacon, y verán como hay movimientos y espacialidades coincidentes en una obra en que la imagen casi se deconstruye.

Que la programación se abriese en el MuVIM con una muestra sobre el momento artístico de los últimos días de Pinazo ¿fortalece esa explicación evolutiva de la biografía cultural del autor?

La del MUVIM, que fue la primera, exploraba y documentaba el arte valenciano en los últimos años de la vida de Pinazo, cuando es un artista bastante aislado y se ha encerrado en su mundo, que no es otra cosa que su arte. Había obras de Pinazo que voluntariamente situé en contextos de los años veinte y se integraban entre los representantes de lo que era la pintura juvenil valenciana. Era una exposición que reflejaba un momento de cambio generacional y de cambio histórico. No olvidemos que Pinazo muere antes de que acabe la primera guerra mundial. Los artistas de ese momento estaban más atentos a Sorolla que a Pinazo, pero su arte no sólo no había envejecido sino que se mostraba radiante y en extremo moderno. El lienzo de «La higuera» pintado en 1912 era una pieza emblemática en ese sentido. Esta muestra, que marcó el punto de arranque del centenario, abría la narración desde el final.

¿Pinazo está llamado a ser un objeto de deseo?

Mi opinión es que sí. En su caso sucede que su obra se encuentra en un punto en el que confluyen una gran cantidad de significados y cuestiones relevantes. Pinazo Camarlench es una referencia artística crucial por razones que no son accidentales. Estamos hablando de una personalidad muy compleja y evolutiva, igualmente difícil de clasificar. La primera demostración de la magnitud del legado cultural de Ignacio Pinazo la encuentras en la riqueza de clasificaciones a que se presta su obra. Después está la incomodidad que genera a una visión establecida de la evolución del arte, su capacidad para generar problemas. Ahí es donde un creador demuestra su autoridad. En cierto sentido Pinazo pertenece al universo de los raros.

El hecho de que Pinazo sea un pintor programable desde esta múltiple aproximación ¿debería motivar una reflexión sobre sus cualidades excepcionales?

Sí, por supuesto. El conjunto de la programación es como una explicación en cinco estaciones que habla de Pinazo, pero que también explora los límites del proyecto museológico de cada institución, la amplitud de sus colecciones y las secuencias conceptuales en las que pretende basarse una explicación más universal del arte. El hecho de haber consolidado tres exposiciones cronológicas ha demostrado que la obra de Pinazo puede salir bastante airosa del interrogatorio de un museo de arte de moderno, del de un museo de bellas artes o del de un museo más sui generis como el MuVIM, más centrado en la relación entre la historia de los contextos históricos y la de las ideas. A partir de aquí es posible preguntarse cuántos artistas valencianos de su generación podrían someterse a esta misma prueba de esfuerzo. No demasiados. Muy pocos. Y pese a lo que fácilmente pudiera pensarse el tema no se ha agotado, podrían hacerse más cosas sorprendentes.

Se ha reflexionado mucho sobre la aceptación de Pinazo en su condición de gran maestro, sobre si goza o no de un adecuado reconocimiento. El problema sin embargo parece algo más sutil, pues desde su muerte en 1916 Pinazo goza de buena reputación entre las élites culturales.

La forma en la que se manifiesta la proyección pública de Pinazo refleja bien muchas de las circunstancias personales de su biografía. Pinazo tiene una visión intelectual de la pintura que se atiene en lo fundamental a sus convicciones internas y además es un escéptico del orden social. Es un artista reflexivo con una interesante dimensión teórica y no es un artista fácil en su conjunto, aunque tiene pinturas que resultan muy amables, que agradan al público general. Ya en su época escribía alguno de sus comentaristas que la culpa de que Pinazo no fuera más valorado la tenía el mismo. La falta de proyección responde casi a una cuestión vocacional. Sin embargo, es un pintor muy galardonado, que recibió encargos de las instituciones y de las familias más importantes. Y que obtuvo un gran reconocimiento de sus propios compañeros de profesión. Pinazo adelantó lenguajes plásticos que dialogaban con la pintura de los años veinte, pero fuera de València era un artista completamente olvidado. Diría que la primera recuperación de Pinazo se produjo con la exposición «Cien años de arte español» que se celebró en Madrid en 1955, donde fue uno de los artistas mejor representados. Un segundo hito fue la muestra de 1981, luego la de Mapfre de 2005, y desde esa fecha venimos profundizando en un mayor conocimiento del artista y su obra. Hubo un tiempo que el Prado tuvo colgados todos sus cuadros, luego con la desaparición de la salas del Casón su presencia se ha reducido considerablemente. Así que, en efecto, Pinazo es valorado entre los expertos pero no en su justa dimensión. Creo que más que un problema de reconocimiento Pinazo estaba empezando a tener un problema de actualización, porque las generaciones más jóvenes tenían unas referencias demasiado distantes. El Centenario ha servido para paliar buena parte de esta situación.

El apoyo de la crítica, sin embargo, no parece haber flaqueado durante estos cien años.

Más allá de una valoración del público, basada sobre todo en el efecto visual que las obras tienen sobre él, la función de la crítica es profundizar en aquello que para un espectador promedio puede no resultar tan evidente. Aquí se da el caso de que en el tránsito de la pintura del siglo xix al xx sucedieron algunas cosas interesantes en la plasticidad de Pinazo que hasta cierto punto favorecen la idea de que entre la tradición y las vanguardias pudo mediar una transición algo más suave. Pinazo es un pintor hasta cierto punto valorado en los círculos iniciados, pero fuera de València no se ha cobrado todavía conciencia de su grandeza, significado y singularidad. En este sentido las instituciones y museos valencianos tienen todavía que realizar un gran esfuerzo de promoción de lo suyo pues la crítica nacional sólo atiende a lo que se realiza en un par de ciudades o en centros de prestigio concretos. La Historia del Arte es con frecuencia injusta y la crítica aún más.

Pinazo resulta ser un pintor para las minorías cuando paradójicamente es un gran pedagogo...

Mi percepción es que el espectador acaba sintiéndose muy acompañado por Pinazo si es capaz de detenerse en su obra con un mínimo de curiosidad. Sorolla por ejemplo entrega todo su talento de forma inmediata. Es muy audaz para seducir de forma fulminante. En cambio la lección de Pinazo puede dejar tal vez una impresión más profunda, porque se ha adquirido con mayor esfuerzo. El punto de partida de lo que se pretende expresar no es tan evidente y eso reserva un mayor protagonismo al público como descubridor. Porque en el fondo de esa realización hay un logro, una experiencia de disfrute de la percepción. Es otro tipo de diálogo con el espectador.

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