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La novela más cervantina de Eduardo Mendoza

«El rey recibe» es la primera entrega de lo que parece ser su intento de contar el tercio final del siglo XX

El propósito de Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) con la trilogía que titula «Las tres leyes del movimiento» y de la que El rey recibe es la primera entrega parece ser el de contarnos el tercio final del siglo XX a través de un personaje inventado que vive los acontecimientos más notables de aquel periodo. Empresas semejantes -es decir, la recreación narrativa de hechos históricos filtrados por la mirada de la ficción? suelen acometerse colocando como eje a un héroe que participa a fondo en los mismos, se compromete, los sufre o disfruta (desde Stendhal hasta Galdós, por ejemplo). Sin embargo, nuestro último Premio Cervantes ha preferido crear un Rufo Batalla que, más que vivir, presencia.

Rufo Batalla es un periodista de medio pelo, veinteañero avanzado, apenas militante izquierdista de muy decreciente entusiasmo revolucionario, barcelonés que viaja al desencanto de la Europa comunista y que acaba por emigrar a Nueva York como oscuro funcionario de una oscura oficina de la Cámara de Comercio. Si la abulia es la falta de interés, la pasividad, acaso la falta de voluntad, Rufo Batalla es un abúlico. Un abúlico que presencia las transformaciones que se van produciendo a su alrededor como quien no tiene más remedio que ser su contemporáneo. Sin rechazo, pero sin entusiasmo. Contemplándolas, escuchando mucho, presenciando más que actuando, insisto.

Está ahí cuando irrumpe el feminismo, también cuando emergen el movimiento gay o el furor de las «performances» o cualquier otro fenómeno generado por el 68. Los ve, los describe mediante reflexiones ajenas, los va dejando pasar. Sorbe whisky frente a una ventana (literalmente), va a una fiesta, goza del sexo, a nada aspira, poco le turba. Dejémoslo que se define a sí mismo: «Amante mediocre, escaso de medios y de temperamento abúlico, pero con el certificado de buena conducta grabado en el rostro».

¿Es, entonces, una novela de las «serias» de Mendoza o un «Gurb» o una de las protagonizadas por el detective demente o una recreación histórica con muchos tintes irónicos, como Riña de gatos? Quizá se mantenga más en esta última línea El rey recibe: solo quizá, de todas las otras bebe. Cubre el final de los 60 del XX y concluye con el asesinato de Carrero Blanco. En ella parece Mendoza haber dado suelta total a su devoción cervantina, ya tantas veces manifestada. Es una novela de estampas, no de progreso en la acción.

Los personajes, las situaciones se van presentando ante un protagonista que nos las cuenta con rigor notarial sin afán casi nunca de juzgarlas, salvo acaso un exabrupto tras una larga parrafada de un interlocutor. Una estampa, otra estampa, la siguiente. Un pintoresco pretendiente al trono de Livonia de paso por Baleares, una pensión mugrienta y una boda, citas literarias o musicales de los más variado separando episodios y en letra cursiva, escenas de la vida familiar burguesa, un exaltado franquista, una reunión clandestina en un país del Este, personajes que pasan al vuelo (el compañero de tren: qué bien pintado, excelente pincelada), unos curas ortodoxos llamados Porfirio o Protasio (nunca Mendoza nombra a un personaje en vano), un funcionario ejemplar (el inefable «señor Carvajal»), una recepción del hoy rey emérito Juan Carlos y esposa, Los Beatles o Janis Joplin o John Cage, un abogado de las mafias, un servicio religioso en una iglesia yanqui, unos colegas de trabajo grises, una mujer del mundo neoyorquino, unos cuantos «parties», un negocio de «pierogi», un huracán... y, de nuevo, una larguísima historia sobre los orígenes mitológicos e históricos del reino de Livonia (una novela intercalada en la novela madre: más Cervantes).

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