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La asfixiante secta de "Unorthodox"

La asfixiante secta de "Unorthodox"

La asfixiante secta de "Unorthodox"

Es posible que, como han criticado voces que conocen desde dentro la comunidad jasídica satmar de Williamsburg, la serie de Netflix «Unorthodox» esté salpicada de errores, pequeños y grandes. Lo seguro es que esos cuatro capítulos basados en las memorias de Deborah Feldman, que abandonó esta secta del judaísmo místico ultraortodoxo en Brooklyn, han dado acceso a la vida, rituales y realidades de un mundo profundamente tradicional y voluntariamente insular, un lugar donde no está permitida la entrada, ni siquiera para sus vecinos neoyorquinos. Puertas afuera, los satmars y el resto de neoyorquinos conviven desde hace más de siete décadas , juntos pero separados por mucho más que el idioma (yiddish y hebreo son los dominantes entre los haredís), o por usos como los tres rezos diarios de los hombres, el foco en la educación religiosa mientras se desatiende la académica o los limitados papeles y oportunidades que se reservan para las mujeres. Entre unos y otros se alza un muro invisible e inquebrantable que aísla a un grupo extremadamente religioso, conservador y enemigo de la modernidad en una ciudad secular y progresista. Y hay tolerancia pero también tensiones; respeto pero también reproches. La historia de esta comunidad empieza en 1947, cuando llegó al sur de Williamsburg, tras escapar del Holocausto, el rabino Joel Teitelbaum, que fundó la dinastía en 1905 en la húngara Szatmar (hoy Satu Mare, Rumanía), junto a unas pocas familias. Hoy, con unos 57.000 miembros, Williamsburg tiene la mayor comunidad satmar del mundo, un grupo diferente de otras sectas jasídicas también ultraortodoxas de fuerte presencia en Brooklyn. Este colectivo es de los más estrictos en mantener la separación de la sociedad secular, y de los más firmes en oponerse a la existencia del estado de Israel por motivos teológicos. Además, constituyen una mínima parte de los 1,1 millones de judíos que viven en Nueva York, pero los números y su concentración en la urbe les convierten en un grupo de peso político destacado, cortejado e influyente. En Williamsburg la comunidad registra altos índices de pobreza (43% según algunos análisis) y dependencia de asistencia pública. Algunos satmar son, a la vez, actores prominentes en el mercado inmobiliario de la zona. En el sur -donde viven sus clásicas familias numerosas, con ocho hijos de media por matrimonio, y es común la convivencia con los abuelos-, apremiaba la necesidad de espacio y en los años 70 y 80, y con tácticas a veces cuestionables y denunciadas, presionaron para ganar espacio a la población negra y, sobre todo, a la hispana, que se organizó y aguantó parte de la embestida. Pero además, dedicados en sus primeras décadas a la pequeña manufactura y guiados por la idea de Teitelbaum de trabajar y hacer negocios, se hicieron con locales en la zona norte, una mina de oro cuando el barrio industrial empezó a reconvertirse en residencial, epicentro hipster en la primera década del siglo XXI y ahora algo más yuppie y también familiar. Los choques en los últimos años han sido frecuentes y no solo con los «artisten», sino también con quienes tratan de asegurar el respeto a normas seculares. Frescos están en la memoria los carteles en yiddish instando a las mujeres a no llevar tops o vestidos cortos; la guerra por el carril bici (tampoco querían ver los cuerpos de mujeres pedaleando), o la batalla para que la piscina pública siguiera asignando horas específicas solo para mujeres, la única forma en que las satmar pueden usar las instalaciones, pero, según grupos de derechos civiles, una excepción no acorde con las leyes.

El año pasado se dispararon las tensiones ante un brote de sarampión, facilitado por el calado del movimiento antivacunas en una comunidad con poca formación (solo el 11% de los hombres y el 6% de mujeres tienen títulos universitarios), que se rige por los dictados de sus líderes religiosos y desconfía de las autoridades (y de los medios de comunicación). Y fue preludio de lo que ocurrido con la covid, que a pesar de haber provocado la muerte de 700 de sus miembros en Nueva York, se siguen resistiendo a acatar el confinamiento y distancia social. Hay denuncias que apuntan a que durante la epidemia continúan operando en secreto yeshivas, negocios e instalaciones religiosas donde colocan carteles en yiddish anunciando horarios e instando a acceder por puertas laterales o traseras. También han mantenido las visitas a la sinagoga y celebraciones religiosas, núcleo de vida social, y hace unos días cerca de 2.500 salieron a las calles del barrio para participar en el funeral de un rabino fallecido por el virus. La policía y hasta el alcalde, Bill de Blasio, acudieron a dispersarlos. Y Blasio se metió en aguas pantanosas al dirigir un tuit airado, cargado de hartazgo y advertencia a toda la «comunidad judía», no solo a los infractores, ganándose protestas por echar leña en el fuego del antisemitismo. Es posible que el alcalde errara en la expresión, pero lo que es seguro es que muchos en Nueva York no comparten la visión de los satmar de que quizá contagiarse sea bashert (inevitable); de que tienen algún tipo de «protección divina», o de que su historia -salpicada de persecución y tragedia-, sus tradiciones o la reafirmación de su identidad judía les hacen inmunes a las normas de Nueva York.

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