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Contar la vida misma

«Los fuegos de otoño» es una novela que se lee con el ánimo en suspenso

Contar la vida misma

A Juan Marsé. In memoriam

Los fuegos de otoño es otra espléndida novela de Irene Nemirovsky (Kiev, 1903-Auschwitz, 1942) que permaneció inédita hasta 1957. La presente edición sigue la segunda de las dos versiones encontradas por su editor francés. Omitiré consideraciones biográficas y bibliográficas acerca de la autora de Suite francesa (su genial y también póstumo testamento literario) conocidas, supongo, por amantes y adictos a la literatura, aunque si recordaré -estamos en tiempos de memorias y desmemorias- para el público en general que, Irene Nemirovsky murió de tifus el 17 de agosto de 1942 en el campo de Auschwitz, el lugar (hoy Oswiéçim, en el sur de Polonia) que pasa por ser el paradigma universal del exterminio nazi.

De nada le valieron a la escritora el éxito, tanto de público como de crítica, que cosecharon sus novelas intensas y conmovedoras, escritas íntegramente en francés, ni su conversión al catolicismo, ni el haber solicitado una y otra vez la nacionalidad francesa. Los orígenes judeo-ucranianos de su familia fueron suficiente impedimento para que las autoridades colaboracionistas del gobierno pro-nazi de Vichy no tramitaran la solicitud. Un destino más que aciago, el suyo€ Cosas de la vida.

Los fuegos de otoño es una novela que se lee con el alma en vilo o si lo prefieren con el ánimo en suspenso. Con esto estaría casi todo dicho. ¿Fueron esos «fuegos» el antecedente de Suite francesa? La novela es mucha cosa por si misma. Una historia particular, familiar y cotidiana. Familias de la pequeña burguesía o sufrida clase media parisina que sueñan con mejorar su condición económica y social sin renunciar a sus principios morales y su conservador sentido de las apariencias. Buenos patriotas y cumplidores de las leyes; buenos ciudadanos, ante todo, en los años anteriores a la Gran Guerra europea. Así vivían y respiraban los Brun (pequeños rentistas) y los Jacquelain (del comercio), vecinos y amigos, aunque los primeros solían invitar a los segundos. También están los Détang, el financiero Raymond y la frívola y casquivana Reneé, su esposa que, al tiempo, enreda sexualmente al joven Bernard. Tradición penetrada por la modernidad.

Avanzamos así en la lectura de una narración poderosa que crea situaciones y personajes que atrapan con virtudes, defectos y avatares que no son ni una cosa ni la otra. Nemirovsky funde con su pluma convertida en pequeña cámara cinematográfica, la ensoñación y el deseo con las descripciones físicas acerca de las más crudas realidades. París desaparece momentáneamente para dar paso a los frentes de guerra, a la pavorosa historia de Martial Brun como médico militar; a la ordenada y soñadora cabeza de Thèrése, su hija adolescente, quién, al tiempo que madura, decide unirse al tumultuoso y emprendedor Bernard Jacquelain que perdió su inocencia siendo el soldado que disfruta a tope o desea hacerlo, de sus permisos. La guerra, en fin, lo trastoca todo, al tiempo que todo sigue igual, pero conforme avanzan el horror y la muerte se acentúa lo peor de cada sujeto y de cada casa, de cada barrio. Crecen la corrupción, el engaño físico y moral; aumenta el envilecimiento, triunfa la sinrazón que suele ser la más vital de las razones para sobrevivir. Capas medias que se desclasan para arrimarse a las minorías pudientes o para precipitarse en la precariedad y el deshonor. Como hoy, como siempre€

He aprovechado las pausas en mi lectura para mirar, una y otra vez, la foto de su rostro, el de la Nemirovsky que encabeza el resumen biográfico de las solapas. Ojos grandes, oscuros, serenos; cejas seguramente depiladas como corresponde al gusto de la época, pelo corto, probablemente recogido, dejando ver las orejas adornadas con pendientes de perla muy burgueses y de todo tiempo. Un buen cuello de abrigo. Un porte magnífico, de señora educada, elegante e incluso seductora€ Foto en blanco y negro como partida en dos por la luz cruda y difusa al tiempo, que mira el objetivo€ Un cierto sabor amargo se desprende de esta lectura como si la mirada, la suya, adivinase el futuro que le aguarda. El futuro que fue, casi de inmediato, su agónico presente. He buscado otras imágenes, otras fotos y en ellas€ hay una, siendo más joven, claro, en la que Irene sonríe y su boca permanece abierta, jugosa, esperanzada€

Es posible dibujar, pintar, esculpir, filmar incluso, usando palabras, narrando desde dentro, desde uno mismo, para derramarse hacía quienes desde fuera leemos o asistimos, alucinados, al milagro de una prosa apasionada y contenida al tiempo; desplegada con frío juicio, a veces, incluso, despiadado. Nemirovsky lo hacía.

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