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Cuando Chaplin fue Hitler

Cuando Chaplin fue Hitler

Cuando Chaplin fue Hitler

Charles Chaplin y Adolf Hitler nacieron casi a la vez: el uno lo hizo el 16 de abril de 1889; el otro, solo cuatro días después. Ambos dejaron atrás la pobreza y el abandono para alcanzar el poder y la prominencia y, aunque de formas radicalmente distintas, también los dos se erigieron en símbolo de las ideas, los sentimientos y las aspiraciones de millones de ciudadanos de a pie. Si a todo eso añadimos el parecido físico que -mostacho mediante- el Führer guardaba con el alter ego cinematográfico de Chaplin, Charlot, queda claro que eran figuras perturbadoramente simétricas. Y esa correspondencia es algo de lo que el genio británico era muy consciente cuando dirigió y protagonizó su película más célebre, El gran dictador, de cuyo estreno se cumplen ahora 80 años.   

Conviene recordar que en ella Chaplin encarnó a dos personajes: por un lado, Adenoid Hynkel, dictador de una nación europea ficticia decidido tanto a cumplir con su agenda antisemita como a conquistar el mundo; y, por otro, un barbero recién llegado al gueto judío tras permanecer años ingresado en un hospital militar, aquejado de amnesia e ignorante de la situación política del país. Y es necesario recordar también que El gran dictador fue la primera película sonora de su carrera; probablemente, el cineasta sintió que en esa ocasión el lenguaje corporal no iba a ser suficiente, y que iba a necesitar su voz para expresarse con la elocuencia necesaria. Lo que dijo y cómo lo dijo es tan pertinente hoy como lo fue en su día.

El gran dictador funciona inequívocamente como denuncia de los principios del fascismo –la xenofobia, la intolerancia, el nacionalismo ciego–, y por tanto resulta del todo relevante en un presente en el que los principios democráticos se ven cada vez más amenazados. Para comprobarlo no hay más que recordar su escena climática, el discurso que el barbero judío pronuncia frente a las masas tras haber sido confundido con Hynkel por los nazis, y reproducir algunos de sus pasajes: «La codicia ha envenenado las almas, ha levantado barreras de odio, nos ha empujado hacia la miseria y las matanzas»; «El odio de los hombres pasará, y caerán los dictadores, y el poder que le quitaron al pueblo se le reintegrará al pueblo»; «Luchemos por un mundo nuevo, digno y noble, que garantice a los hombres trabajo, y dé a la juventud un futuro y a la vejez seguridad. Con la promesa de esas cosas las fieras alcanzaron el poder, ¡pero mintieron!». Esas palabras capturan el espíritu de igualdad y fraternidad que derrotó a Hitler.

La sofisticación del mensaje

En demasiadas ocasiones, el cine político se esfuerza tanto por ser político que a menudo se olvida de ser cine, y en ese sentido El gran dictador sigue siendo un modelo a seguir gracias a la sofisticación con la que transmite su mensaje. Fue, decimos, la primera incursión de Chaplin en el cine sonoro –Tiempos modernos (1936) incluía a un personaje que gritaba por unos instantes desde una pantalla de televisión y una secuencia en la que Charlot cantaba en un cabaret, pero por lo demás era una película muda–, y en ella Chaplin explora con entusiasmo el potencial del que para él era un instrumento narrativo nuevo. Queda especialmente claro durante los discursos públicos de Hynkel, pronunciados en un falso alemán adornado con toses, silbidos, sonidos guturales, balbuceos y alguna que otra palabra identificable como sauerkraut (en castellano, col en escabeche) y schnitzel (escalope); el ejercicio de confrontación entre sonido y significado que representan solo se le podría haber ocurrido a alguien en plena transición del mudo al sonoro.

¿Y qué hay del discurso final? Aunque indudablemente directo y explícito, al mismo tiempo es un ejemplo pionero de complejidad metatextual. Porque quien lo declama no es el barbero judío ni Charlot sino el propio Chaplin, que se sale de su personaje y de la película misma para mirarnos directamente a los ojos y arengarnos contra la tiranía.

Chaplin confesó que, si hubiera sabido hasta donde iba a llegar la locura homicida de los nazis, probablemente no se habría atrevido a hacer una película que los convertía en un chiste. Pero, ¿cómo iba a saberlo? Empezó a rodarla en septiembre de 1939, pocos días después de que Alemania invadiera Polonia –el discurso final se rodó una semana después de la caída de Francia, cuando solo Gran Bretaña se interponía entre Hitler y la victoria total en Occidente–, pero antes de eso había pasado varios años planeándola. En cualquier caso, el estreno de El gran dictador abrió un debate sobre los límites del humor que hoy, ocho décadas después, sigue generando una polarización extrema. ¿Es posible reírse de cualquier cosa? ¿Resulta saludable para la sociedad satirizar a los tiranos? ¿Puede la línea que separa el placer cómico de la indignación moral mantenerse férrea frente algo tan inconcebible como el Holocausto?

El nazismo y cómico

Sea como sea, con el tiempo la sátira antinazi se ha convertido en un prolífico subgénero; y lo cierto es que casi ninguna de las películas que pertenecen a él ha resultado tener tanta puntería como la que le dio inicio. Chaplin, decimos, pasó años analizando su objeto de estudio, y es fácil suponer que parte de su afán estaba motivado por el odio que su figura despertaba entre los nazis, y por ese libro publicado por Goebbels en 1934 en el que el cineasta había sido descrito como «un repugnante acróbata judío». En cualquier caso, El gran dictador entendió a la perfección no solo las cualidades interpretativas de Hitler y su capacidad para sacar el máximo provecho al poder unificador y galvanizador del lenguaje; también, sobre todo, entendió sus inseguridades, su afán de influencia, sus inconsistencias ideológicas, su absoluta dependencia de la lealtad ajena. Y recordar que Chaplin ofreció ese retrato lo suficientemente pronto como para que resultara profético, y justo a tiempo para que lo situara en una situación evidente de riesgo personal, no hace sino subrayar la timidez que han aquejado la mayoría de comedias sobre el Führer estrenadas después.

Diferencias y similitudes con el presidente de EEUU

Al margen del discurso final, la secuencia más memorable de El gran dictador es la coreografía que Hynkel protagoniza con una réplica gigante del globo terráqueo, taconeándola y cabeceándola al aire y hasta golpeándola con el trasero mientras yace boca abajo sobre su escritorio; dos minutos sin diálogo que transcurren al son de Lohengrin, de Richard Wagner, y durante los que el sátrapa deja claras sus ansias de poder. Es cierto que establecer una comparación entre Adolf Hitler y Donald Trump implicaría restar calibre a la tragedia que sufrieron las víctimas del Holocausto pero, mientras contemplamos el gozo que Chaplin evidencia en el rostro al tiempo que juguetea con el enorme balón, resulta imposible no imaginarse al aún presidente estadounidense practicando un ritual similar en la intimidad. 

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