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No es fácil ser Gregorio Morán

No es fácil ser 
Gregorio Morán

No es fácil ser Gregorio Morán

Hace más de 25 años que conocí, personalmente, a Gregorio Morán. Fue en Segorbe cuando él trabajaba en el archivo de Max Aub con la intención de hacer un estudio del escritor y político que se exilió en México. No sé exactamente por qué aquello no cuajó. Tenía ya publicado ‘Miseria y Grandeza del PCE’, ‘Adolfo Suarez, historia de una ambición’ y ‘El precio de la Transición’, donde analiza el periodo huyendo de la mitificación en que se había convertido como un modelo impoluto del paso de una dictadura a una democracia. Todos estos libros serían posteriormente ampliados y reeditados en el siglo XXI (’Miseria, grandeza y Agonía del PCE’ o ‘Adolfo Suárez: Ambición y Destino’). Escribía una columna, ‘Sabatinas Intempestivas’, en el diario La Vanguardia, que constituía una referencia para muchos lectores los sábados por los análisis y la forma de expresar sus opiniones. Estas abordaban muchos ángulos, desde escritores de obras desconocidas, no valoradas, a personajes varios de la política, de la cultura oficial o necrológicas no complacientes . De hecho, me comentaban que en Madrid se vendía más La Vanguardia los sábados por el artículo de Morán. A mí me recordaba las ‘Consideraciones Intempestivas’, con el subtítulo ‘David Strauss, el confesor y el escritor’, de Nietzsche que provocaron escándalos en su época. Existe una ‘Segunda Intempestiva’ en el que aborda críticamente la filosofía de la historia negando que esta tuviera un objetivo predeterminado, y considera que el olvido es fundamental para la pervivencia humana. Al principio del presente siglo leí ‘Los españoles que dejaron de serlo’ en el que Morán aborda la trayectoria del nacionalismo vasco y su desembocadura en ETA. También su novela, ‘El viaje ruso de un vendedor de helados’ y El cura y los mandarines sobre la cultura española desde 1962 a 1996 con sus personajes y obras, que produjo críticas diversas por la manera en que expresaba sus opiniones. Recuerdo la que le hizo Sebastián Fáber, catedrático de Estudios Hispánicos en Oberlin College (USA), en la revista digital ‘Fronterad’, (24/09/2015), ‘¡Todos mediocres! Crítica e inclemencia en España. El caso Gregorio Morán’, en el que afirmaba «Gregorio Morán es un estorbo, un aguafiestas: el niño que avergüenza a sus padres porque observa verdades que las leyes de la cortesía prohiben formular en voz alta». En principio ‘El cura y los mandarines’ iba a ser editado en Planeta, pero esta quiso que no salieran algunos párrafos dedicados a García de la Concha, que entonces era el presidente de la RAE. Morán se negó explicando que la editorial, que antes había publicado la mayoría de sus libros, no quería tener problemas con el contrato que había hecho con la Real Academia de la Lengua. Al final se editó en Akal.

Morán vive en Barcelona desde hace más de 30 años, casi los mismos en los que escribió en La Vanguardia. Allí contempló en primer plano el proceso soberanista y los protagonistas del mismo. Siguiendo con su estilo analizó la figura de Pujol y otros, destacando sus maneras de conducir el camino hacia la independencia, y todo ello con anterioridad a que se divulgara la corrupción del clan Pujol y CiU. Eso le proporcionó animadversiones varias en una sociedad cada día más dividida, e incluso compañeros de La Vanguardia escribieron una carta en contra suya para que dejara de publicar. De hecho, el periódico lo despidió cuando aludió a su actual director. Recurrió por la vía judicial por despido improcedente y el Tribunal Supremo le ha dado la razón por cuanto el diario alegaba que su relación laboral era la de un colaborador eventual, como un autónomo, al igual que ocurre con los trabajadores de mensajerías a los que no se les reconocía la relación laboral con la empresa. De todo esto ha dejado testimonio en ‘La decadencia de Cataluña’ y en ‘Memoria personal de Cataluña’. Varios de sus libros los presentó en València cuando dirigía el Centro Alzira-València de la UNED, y he mantenido con él una relación continuada. Con Antonio Asunción y Ciprià Ciscar me trasladaba a Barcelona para comer con él y comentar las realidades políticas. Incluso una vez fuimos a Lisboa en una época en que allí residía Asunción. Y, además, con otros amigos (catedráticos, médicos, capitanes de barcos…) de Barcelona hemos mantenido, en varias ocasiones, una tertulia alrededor de una mesa de un restaurante.

No me considero un fan incontrovertible de su obra, pero valoro, como otros, la capacidad de opinar de manera libre sin pensar en las consecuencias, manteniendo la coherencia a pesar de que ello le perjudique en sus rentas y provoque el rechazo de muchos. Algunos que también lo conocen me han señalado que en los últimos tiempos sus escritos expelen una sensación de derrota de todo lo que una generación creyó en su juventud. Y consideran que hay amargura no escondida en sus artículos. Incluso me indicaron que en alguna ocasión había publicado su columna sobre personajes que otros habían investigado sin citar la procedencia. En conjunto, hay quienes no lo soportan y otros, como yo, que, a pesar de disentir en determinados casos, consideramos que en el panorama español existen pocos con la capacidad de exponer como él, con una libertad plena, sus análisis sobre la realidad política, social y cultural de este país donde, por cierto, se publican unas 2.000 columnas de opinión al mes en el conjunto de todo tipo de medios. Bien, cada uno tiene el derecho a considerar lo que le venga en gana, y leerlo, o no leerlo, criticarlo y rechazarlo. Curiosamente me han calificado de Morán del País Valenciano, seguramente por mi manera de enfocar los temas, aunque tengamos estilos literarios distintos. A mí no me molesta la comparación, aunque quien me la ha hecho tachaba a Morán de «miserable», de persona que «no es de fiar», que «ha cambiado muchas veces de armadura ideológica» - ¡Ah! ¿si, cuantas? - además de acusarme de «deslealtad» porque defendí una coalición entre PP y PSOE en el gobierno de España. El mismo para quien estaba bien que me censuraran la Introducción a mi libro ‘Nosotros, los socialistas valencianos’ en la línea de Flor. Es la actitud de aquellos «patriotas de partido» que consideran que cualquier crítica contra las decisiones vigentes son elementos que distorsionan la estabilidad de la organización política. Espero que los así autollamados «hombres del presidente» de la Generalitat no sean todos iguales. El estalinismo, o sus derivados, no es solo patrimonio del comunismo, se incrusta en los partidos políticos con la creencia de que la historia tiene un sentido ineluctable que no se debe traspasar. Y es que ser demócrata no supone ser liberal.

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