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DIME QUE ME LEES

La falsa palabra

Hemos vuelto a esa nueva forma de guerra fría que es la instrumentalización del lenguaje. Antes era internacional con repercusiones internas. Ahora, además, es doméstica, en el más mediocre sentido de la palabra. Es un espanto escuchar radios y televisiones. A las redes, mejor ni mentarlas, Varufakis habla de «tecnofeudalismo». Da la impresión de que hemos avanzado poco. Ahora, Ayuso e Iglesias han elevado el volumen de los aparatos de agitación y propaganda. Su retórica es cansinamente parecida: el adversario es ontológicamente el mal.

La campaña coincide con los sesenta años de la muerte de Armand Robin (1912-1961), uno de los escritores que más radicalmente denunció la propaganda política, ese absurdo, según el cual nada debe tener significado alguno. La falsa palabra (Pepitas de calabaza ed.) es su ensayo más impactante. Armand Robin fue un tipo singular, raro, muy raro. Nació en la Bretaña profunda y el francés fue para él un idioma aprendido. Lo que no le impidió dominar una veintena de lenguas, del ruso al chino, pasando por el árabe, alguna lengua africana y un montón de las que llamamos lenguas orientales. Además de poeta (Ma vie sans moi, es su gran obra) fue un prestigioso traductor de muchos otros: Lope de Vega, Fernando Pessoa, Goethe, Adam Mickiewicz, José Bergamín, Boris Pasternak, Maïakovski, Omar Khayam, József Attila, Ungaretti… En 1933, tres años antes del viaje de André Gide a la URSS, viajó por la Rusia de Stalin, donde sufre una profunda decepción que le lleva al anticomunismo y posteriormente a ser incluido en una lista negra del Comité Nacional de Escritores, que controlaba Louis Aragon y una camarilla de estalinistas. Robin publicó en 1946 una petición para estar en todas las listas negras, porque «una lista negra en la que yo no estuviese me ofendería».

Se ganó la vida como oyente y transcriptor de radios extranjeras. Primero como funcionario del Gobierno francés, y luego como «autónomo», que confeccionaba un boletín confidencial, al que estaban suscritas algunas selectas instituciones y algunas cualificadas empresas.

Fue amigo de Georges Brassens que le conocía desde 1945, cuando militaban en la Federación anarquista y escribían en Le Libertaire. Brassen cuenta que en los últimos años de su vida había cogido la costumbre de telefonear todas las noches a la comisaría de policía de su barrio. Preguntaba por el comisario, se identificaba, daba su dirección y decía: «Señor, tengo el honor de decirle que es usted un gilipollas». Dicen que un día cambiaron al jefe de la comisaría y que el nuevo no tenía la misma capacidad de encaje. Lo cierto es que murió en extrañas circunstancias en la enfermería psiquiátrica de la prefectura de policía de París, después de recibir una paliza.

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