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Hervé Le Tellier: Si una tarde de primavera un escritor

«Sería divertido escribir una novela usando todas las palabras del diccionario»

Si una tarde de primavera un escritor

Si una tarde de primavera un escritor

Estás a punto de empezar a leer una entrevista con Hervé Le Tellier, Si una tarde de primavera un escritor. Relájate. Recógete. Aleja de ti cualquier otra idea.

Si una tarde de primavera un escritor

Hervé Le Tellier (París,1957) es el autor de La anomalía (Seix Barral en castellano, Edicions 62 en catalán). Una novela total escrita por un tipo muy listo, formado en matemáticas, astrofísica y lingüística, que ha ejercido el oficio periodístico en Le Monde y Libération y que ha publicado un montón de libros estupendos, aunque en castellano sólo nos había llegado No hablemos más del amor (Grijalbo). La anomalía tras obtener el premio Goncourt, ha vendido en Francia un millón de ejemplares. Una hazaña en las letras francesas que no se había repetido desde 1984, cuando Marguerite Duras y su novela El amante convirtieron este premio en un fenómeno de masas. Le Tellier, además lo ha logrado con una novela muy divertida, popular y a la vez experimental, pues no por casualidad es el presidente de Oulipo (Taller de literatura potencial, por sus siglas en francés), un grupo de escritores que exploran la potencia de las «contraines», restricciones y consignas formales autoimpuestas, para innovar literariamente. El ejemplo más famoso son los Ejercicios de estilo, una breve historia escrita por Raymond Queneau de noventa y nueve formas diferente. La anomalía está plagada de retos formales como este, de juegos con los géneros literarios y de citas más o menos ocultas de sus autores favoritos.

Así, el escritor Victor Miesel, uno de los protagonistas de la novela, piensa poner como título al relato del tremendo suceso que está viviendo Si una noche de invierno doscientos cuarenta y tres pasajeros. La sombra de Italo Calvino es alargada: Si una noche de invierno, un pasajero, un relato cuyo comienzo determina el inicio de esta entrevista. Le Tellier también juega con el íncipit de Ana Karenina: «Todas las familias felices se parecen, cada familia desgraciada lo es a su manera», que ya utilizó en su impactante relato autobiográfico «Toutes les familles heureuses». En La anomalía, vuelve sobre Tolstoi: «Todos los vuelos tranquilos se parecen, pero cada vuelo turbulento lo es a su manera».

La novela es tan divertida, que los lectores podemos pensar que para el autor la escritura también ha sido un placer. «A ratos ha sido muy gozosa porque me levantaba por la mañana con el deseo de continuar escribiendo como si los personajes me llamasen. Por ejemplo, el primer encuentro entre Adrian y Meredith está escrito a vuelapluma. Hay otros momentos en que la escritura es más dolorosa, porque es difícil encontrar el tono, como con la muerte de David Markl. En fin, André Gide decía que no le gustaba escribir, sino haber escrito. En el momento de la escritura puede haber unos largos minutos dolorosos, pero inmediatamente después puede ser muy placentero».

A diferencia de su personaje Victor Miesel, Le Tellier no cree que el éxito sea la antecámara de la desgracia. «El proyecto era hacer a la vez un libro literario y popular. Creía que podía ser un pequeño éxito, llegar a los cincuenta mil ejemplares. Pero jamás pensé en tener dos millones de lectores. Para muchos, el libro es una novela de ciencia ficción, de aventuras, un libro distraído en el mejor sentido de la palabra. Pero a la vez creo que no he perdido a mis lectores, a los que buscan una forma de literalidad compleja, oulipiana. Para mi, el éxito de la novela es también un éxito de Oulipo, gracias a ella el grupo tiene más visibilidad y me dicen los editores que está empezando a haber una cierta demanda de libros de Georges Perec, o de Italo Calvino, lo cual es muy alentador”.

«Ningún autor -se dice en La anomalía- escribe el libro del lector, ningún lector lee el libro del autor. A lo sumo pueden coincidir en el punto final». ¿Leerá mejor quien lea el último? «Sí, retomo la idea del Lector in fabula de Umberto Eco, o lo que decía Marcel Duchamp, que también era miembro de Oulipo, de que son los que miran quienes hacen los cuadros. Es decir, que es la relación con el texto o con el objeto artístico lo que determina el hecho literario o el objeto artístico. La complicidad es el elemento más importante en la relación entre autor y lector».

Para los matemáticos una demostración es tanto más elegante, cuanto más corta es. «Esa idea de la elegancia me gusta y si puedo reducir un texto un factor tres y quitarle grasa, lo hago. Lo que me hace recordar una las propuestas de Italo Calvino para este milenio, la levedad».

Le Tellier reconoce que las restricciones que se imponen los oulipianos para escribir un texto se oponen a libertad de la escritura. «Sí es cierto que imprimen un movimiento que no es el natural de la escritura, pero al mismo tiempo abren un gran campo de posibilidades en las cuales en principio no se había pensado. Cuando Perec se impone en La disaparition [en castellano El secuestro] no usar la letra e, escribe un texto en el que al final hay más palabras diferentes que en todo Los Rougon-Macquart [ciclo de veinte novelas de Zola]». Le Tellier mueve los ojos y añade con una sonrisa pícara: «Sería divertido escribir una novela en la que se utilizaran todas las palabras del diccionario. Lo cual no garantiza el interés del libro, pero estimula y, por tanto, lleva a la libertad».

«La existencia precede a la esencia» escribía Sartre «y de largo», apostilla Le Tellier, quien a pesar de que no esté de moda el autor de La náusea, no duda en reivindicar su obra. «Si hoy hay un cierto desprecio hacia él es por su historia política, pero no por su obra. Hay una dificultad para aprehender a Sartre en su época, en realidad por los últimos años de su vida con el maoísmo, porque los otros años son indiscutibles. Tiene tres libros imprescindibles: Las palabras, que todos los escritores deberían releer; El idiota de la familia, un estudio sobre Flaubert; y El ser y la nada, que es una reflexión increíblemente profunda sobre el ‘To be, or not to be’ de Shakespeare. Sartre aporta al pensamiento el materialismo de la acción y cuando escribe que el hombre es la suma de sus actos, sólo puedo estar de acuerdo. De joven, leí y amé todo su teatro. Reconozco en Sartre a un gran escritor que ahora sufre el contragolpe de una época que, ciertamente, no es muy sartriana».

El doble es uno de los temas centrales de La anomalía, en la que aparecen varias referencias a Romain Gary, un escritor que, como el Victor Miesel de Le Tellier, se suicidó, y que creó un doble de si mismo, puesto que hasta su muerte no se supo que también él era Émile Ajar, seudónimo con el que engañó a todo el mundo literario, incluido el premio Goncourt, que fraudulentamente obtuvo por partida doble. «Escribí un estudio sobre él por encargo de Gallimard. Formo parte de esa generación de lectores que leyó a Ajar sin saber que era Gary. Fue una situación afortunada porque amé a ambos autores de una forma muy diferente. Me fascina que, con enorme elegancia, no desvelara la superchería hasta que se publica su obra póstuma Vie et mort d’Emile Ajar».

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