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La risa idiota de los depredadores

Qué queda después de sufrir lo que cuenta Paula Bonet en «La anguila» sino la viscosidad del rencor para aislar a quienes ofrendan al dios Marte, impunemente, sus trofeos de guerra.

La risa idiota de los depredadores

La risa idiota de los depredadores

«¿Por qué un día no tenemos ganas de seguir viviendo como hasta ahora? No lo sabemos enseguida, primero hay que averiguarlo?». Se lo pregunta Maxie Wander casi acabando su libro Buenos días, guapa, publicado hace ahora cuatro años. Eso, más o menos, podríamos pensar que Paula Bonet, protagonista de La anguila, se va preguntando, de distintas maneras y en tiempos diferentes, a lo largo de su excelente novela. La protagonista de la historia se llama como la autora. También es artista y escritora. O sea, la novela tiene todos los ingredientes para que caigamos en la pregunta idiota: ¿es realidad o ficción? ¿Le pasó a ella lo que cuenta en la novela? Vaya chorradas. Al cabo, ya lo decía Cervantes: «todo es compostura y ficción de ingenios ociosos».

Una joven estudiante de Bellas Artes en València y uno de sus profesores de dibujo con vocación de literato se encuentran y empiezan una relación. Él le dobla la edad: veinte y cuarenta. «Pintando aprendí a mirar, entendí que la realidad es mucho más compleja de lo que parece, la pintura me ayudó a resolver lo que no se puede decir con palabras y es en la mancha donde consigo entender algo». Es un párrafo de la primera página de la novela. Y sí, será en la mancha donde la mirada de la protagonista se abismará en todo el recorrido, que no será otro que el de la devastación. El cuerpo de una mujer que es ese «campo de batalla» donde se cruzan su enamoramiento y las estrategias de la seducción que lleva a cabo ese hombre a la que la joven llama el Hombrecito. La estrategia de la dominación, de un ejercicio del poder disfrazado de frases hermosas, de poemas, de una ternura que al final será lo que cuenta Eva Illouz en su libro El fin del amor, citando a Daniel Mendelson: «la adrenalina de la seducción, el placer absoluto, breve, por supuesto, pero embriagador, de saber que quiere tenerte…». Y esa marabunta de señales que apuntan a una salida en que todo va a ser motivo de sentimientos contrapuestos: «Mas tarde escribiría, pintaría y fotografiaría pensando solamente en él y en su placer sin tener en cuenta el mío». En medio de todo se cruzan otra historia y otros protagonistas. El abuelo Alfonso y la abuela Juanita. Las cartas que se escriben, él en la mili y ella esperando siempre en la soledad del pueblo. Ya en esas cartas la espera interminable de la mujer, sus dudas y reproches -hasta borracha un día- a las palabras que resuenan como un eco en el tiempo interminable de la ausencia. Y otro protagonista: el poeta amigo del Hombrecito, que ganó el Premio Nacional y al que la protagonista llama simplemente así: premio Nacional. La siniestra viscosidad escurridiza de los depredadores. Y aún otro personaje, ese Sinnombre que escribe canciones y la sumerge en el pozo oscuro (siempre la mancha de la primera página, casi desapercibida) del desprecio. Ese filamento de carne blanda que se desliza por todo el libro en un millón de formas diferentes. El tiempo, que son muchos tiempos distintos en la novela, desde València a un Chile donde la joven estudiante de Bellas Artes descubre a la artista exiliada española Roser Bru, que a sus cien años convierte la vida casi en un himno: «Emprender el combate como si el combate sirviera». El combate cuerpo a cuerpo, ese cuerpo herido, casi deforme como los cuerpos de Bacon, la risa del idiota cuando la víctima acaba aturdida por los bichos oscuros de la culpa. El combate para que no resulte vencedora esa culpa grabada a fuego lento en la conciencia y en el cuerpo de Paula Bonet, ahora personaje principal de la novela. Ese combate que emprende la mujer para no olvidar los versos de Adrienne Rich: «nuestra vieja promesa de no sentirnos culpables». El combate de Paula Bonet. El combate.

Me vienen a la cabeza dos referencias últimas sobre lo que se cuenta en La anguila. Una es la breve y rotunda novela de Emma Cline titulada Harvey, al que nunca nombrará con el apellido Weinstein. La otra referencia es El consentimiento, en cuyas páginas cuenta Vanessa Springora todo el proceso de destrucción a que la sometió, siendo apenas una adolescente, el conocido escritor francés Gabriel Matzneff, casi cuarenta años mayor que la escritora, un pederasta protegido, como sucede también con el Hombrecito y el poeta premio Nacional en La anguila, por un entorno cínico de complicidades que esconden la violencia atroz de sus colegas, miembros de la tribu. Resulta difícil leer con tranquilidad algunos pasajes de este libro de escritura arriesgada, nada complaciente. La dureza de lo que cuenta ocupa la pared entera de nuestra resistencia, la va llenando de huecos por los que se cuela la sanguijuela como un cuchillo vasto de cocina, hasta llegar a la carne, hasta perforar la armadura vacilante del deseo, hasta que de pronto, en una sacudida a la contra de esa violencia, de reconocerse como objeto de esa violencia, es como si se confundieran la Paula escritora y la protagonista Paula en el parapeto de la escritura. «Escribir, en primera instancia, lo que implica es que no la ven a una»: lo dice Annie Ernaux en esa obra maestra de la tortura psicológica que es La ocupación. Pero pronto sale Paula Bonet de esa ocultación protectora y se lanza de cabeza al abismo: la violación, la escena más insoportable de la novela. Una fiesta. Ella va a buscar algo a su casa, que estaba cerca. El premio Nacional la acompaña, aunque ella le ha dicho que no hace falta que la acompañe, que vuelve enseguida a la fiesta. De repente, al llegar a casa, «me levantó la falda, y me bajó las medias, y yo le dije que por favor no hiciera aquello, y me tumbó en la cama, y me desabrochó el vestido…» y otra vez la risa del idiota en el acto de la penetración y de la violencia insoportable. Y luego, las versiones oficiales, el cinismo, la victoria del asaltante: «Todas somos culpables de una penetración que no deseábamos, la babita de nuestro agresor en nuestra cara la generamos nosotras, somos nosotras las responsables de nuestro destino incluso si nos matan».

De dónde se saca alguien que no vale el rencor para seguir viviendo. Qué queda después de sufrir lo que cuenta Paula Bonet en La anguila sino la viscosidad del rencor para aislar a quienes ofrendan al dios Marte, impunemente, sus trofeos de guerra. Se pregunta la mujer agredida por qué no ha denunciado. Y de nuevo esa culpa que siempre se desliza como un anguila en la forma de una incertidumbre atávica, inaceptable pero resuelta en la calma intranquila de la mujer que lo mira todo como si estuviera muerta. ¿Por qué no denuncia?, se pregunta la mujer en esta novela que hay que leer por un millón de motivos, y uno, no menor, es el de no asumirnos en el lenguaje tramposo de la seducción urdida por el poder de los depredadores, de ese profesor y ese poeta que siguen a su aire porque la vida no es la misma para los hombres que para las mujeres, porque el encantamiento, como le sucede a la protagonista de La anguila, es más que un gesto de amor una emboscada.

Finalmente, el tiempo pasa y «puedo pintar y puedo hablar de pintura». En las clases de su taller hay alumnas nuevas. Heredan de otras mujeres el lenguaje, la voluntad indivisible de que no se repetirá en sus cuerpos ninguna violencia: «colgamos un espejo al lado de la tela y nos enfrentamos a nuestro propio reflejo… nos sabemos / dueñas / de nosotras / mismas». En la mancha de aquella ya lejana primera página de esta gran novela se ha abierto una brecha. Y son también mujeres -otras/las mismas- las que irán llenando de otras texturas la pared en que nos reflejamos -unos y otras- con otra cara que no sea la del monstruo.

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