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La integridad de Caballero Bonald

El escritor fallecido hace unos días nos recuerda que hay personas que mantienen, durante toda su vida, ideas cercanas a la defensa de la justicia, la libertad y la memoria como actos que impiden el olvido de aquellos que lucharon por un mundo mejor.

José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 11 de noviembre de 1926-Madrid, 9 de mayo de 2021). | PD

José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 11 de noviembre de 1926-Madrid, 9 de mayo de 2021). | PD

Ahora que tan de moda se ha puesto entre los escritores e intelectuales españoles abandonar una biografía personal basada en las ideas de izquierda y la justicia histórica y social para convertirse, casi de repente, en defensores del ultraliberalismo económico y del ideario político cercano a la extrema derecha (me refiero a los Trapiello, los Savater o los Amando de Miguel) la figura de José Manuel Caballero Bonald, fallecido hace unos días a la edad de 94 años, nos recuerda que hay personas que mantienen, durante toda su vida, ideas cercanas a la defensa de la justicia, la libertad y la memoria como actos que impiden el olvido de aquellos que lucharon por un mundo mejor.

Caballero Bonald nació en Jerez de la Frontera en 1926 y aunque su nexo vital con Andalucía se mantuvo durante toda su vida, pasó gran parte de ella en Madrid. Gracias a su estancia en la capital de España pudo conocer y tratar a la práctica totalidad de todos los que formaron parte, durante la dictadura franquista, del ámbito cultural, ya fuese desde posiciones contrarias al franquismo o desde lugares más o menos condescendientes con la dictadura, cuando no claramente partidarios de la misma.

En la segunda parte de sus memorias, La costumbre de vivir (2001), Caballero Bonald retrató la construcción de una vida que quedó devastada, después de la Guerra Civil española por la propia guerra en sí y por la cruel represión que la siguió. Y en ese ambiente gris, triste, en el que no se podía hacer nada, escritores como Caballero Bonald en compañía de gente como Carlos Bousoño, los hermanos Goytisolo, Carlos Barral, Gloria Fuertes o Jaime Gil de Biedma, es decir, la llamada Generación del 50, mantuvieron viva la llama de la Residencia de Estudiantes y de la Institución Libre de Enseñanza hasta que tiempos proclives a la libertad devolvieron el alma robada a los españoles. Con una memoria prodigiosa, Bonald hace un inventario de la cultura durante el franquismo. Conoció a todo el mundo y de todos tiene algo que decir, como de la familia Panero que, aunque el tiempo haya convertido en un trasunto del franquismo hecho pedazos con un histrionismo que hoy día resulta atrayente por su estrambótico comportamiento, para Bonald no era más que un grupo de pesados cuyas cuitas no le interesaban lo más mínimo.

Cuando en mi época universitaria, hace casi treinta años, tuve noticia de la existencia de la revista literaria Papeles de Son Armadans, fundada y editada por Camilo José Cela entre los años 1956 y 1979, años en los que el premio Nobel de literatura vivó en Mallorca, me extrañó que alguien que formara parte del establishment franquista pudiese obtener colaboraciones literarias de lo más granado de la cultura española que se encontraba en el exilio. La respuesta la obtuve cuando supe que Caballero Bonald ejercía como subdirector de la revista. Cela quiso ser el enfant terrible, a pesar de su edad, de un franquismo que le toleraba sus boberías y gracietas porque siempre se producían dentro del estrecho margen de libertad que el régimen otorgaba a determinadas personas de la cultura. Pero fue Bonald el que conseguía las colaboraciones.

He tenido, durante años, junto al sillón de lectura que tengo en mi despacho, su poesía completa recogida en Somos el tiempo que nos queda (2004). Poemas muy rigurosos en lo estilístico que a medida que se leen llevan al lector de un lugar a otro con la certeza de que la vida no sea acaso más que un paréntesis en el que asistimos con la ilusión de que nuestros vagos intentos por sobrevivir sirvan de algo. Son poemas escritos para sí mismos sin pretensiones y justo por ello son tan universales.

Fruto del conocimiento que tuvo, de primera mano, de todo aquel que fuera alguien en la cultura española en el siglo XX, tanto de España como de Latinoamérica, fue su conjunto de retratos recogidos en Examen de ingenios (2017) en el que el autor reunió a un centenar de artistas y escritores bajo el prisma de su memoria, sus recuerdos y su acertado juicio, siempre exacto y conciso.

Dijo Jorge Semprún, que siendo muy joven luchó contra el nazismo y franquismo, que al hacerse mayor puede que hubiese perdido sus certidumbres, pero que en cualquier caso conservaba sus ilusiones. Como dije al principio Caballero Bonald tuvo siempre muy claro cuales iban a ser esas ilusiones, esa eterna lucha contra la demagogia del ultraliberalismo y su coqueteo con las dictaduras fascistas. Pensaba que en la Transición Española la derecha había renunciado a parte de sus privilegios y la izquierda española a algunos de los que formaban su ADN, pero que, lo que no tuvo que haber ocurrido es que no se juzgasen los crímenes del franquismo. Me refiero a toda la violencia y sadismo que el franquismo y su mastodóntico aparato represor llevaron a cabo hasta el último día de su existencia. Caballero Bonald no cambió sus ideales por conferencias y premios bien pagados. No como otros.

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