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La pasión por las letras de un hombre noble

El autor canario establecido en València recuerda a su paisano Domingo Pérez Minik, un escritor intensamente vinculado al teatro.

Domingo Pérez Minik(Santa Cruz de Tenerife, 1903 - 1989). pd

Domingo Pérez Minik(Santa Cruz de Tenerife, 1903 - 1989). pd

Merece la pena recordar en este próximo 24 de mayo el nacimiento de Domingo Pérez Minik, mi querido maestro, un padre. Él nació en una familia de comerciantes de la burguesía de Santa Cruz, la capital de la isla. Pero la pronta pérdida del padre lo hizo un trabajador temprano y le impidió el camino natural a las aulas universitarias. Esta circunstancia hizo de él un autodidacta y el autodidacta fue un curioso incansable que transitó por las bibliotecas y las hemerotecas sin los prejuicios de las academias y fortaleciendo su propia reflexión. El autodidacta en estado puro es, con frecuencia, un subversivo y aquella capacidad de subversión fue una de las condiciones que lo acercó a otro autodidacta, más snob que él y de sensibilidad extremada, que fue Eduardo Westerdahl. Así nació aquella aventura apasionante de «Gaceta de Arte» en los años de la República, un ágora en la que las ideas libres se juntaban, una experiencia que definía el talante excepcional de aquellos hombres y, naturalmente, de nuestro Pérez Minik.

En aquella línea de pensamiento se movió hasta la muerte de don Domingo y fecundar aquella actitud llevaba consigo ser un verdadero gallo de pelea. Porque él era la negación de un dogmático, pero, eso sí, fue siempre un hombre de convicciones firmes.

En todo caso, la dramática Guerra Civil acabaría con aquella aventura de libertad creadora que fue «Gaceta de Arte» y su actitud beligerante lo llevaría a la cárcel y, después, al exilio y al silencio en su propia tierra. Sin embargo, el dolor que le ocasionó la vivencia de una historia que no acabó de entender nunca -él jamás se identificó mucho con aquellos españoles que crucificaban la razón- no hizo otra cosa que exacerbar la independencia crítica de su espíritu. Su condición de hombre comprometido, incluso políticamente, fiero como un león a la hora de defender su claro sentido de la justicia, lo llevó a militar en el Partido Socialista Obrero Español y, ajeno a cualquier tipo de sectarismo, actuó siempre con la coherencia de sus ideas, respetuoso con todos en la línea de tolerancia que no abandonó jamás, a pesar de su condición de polemista irreductible, de alegador, como le gustaba llamar y llamarse, incansable.

A Pérez Minik se le suele asociar a los vanguardistas de su época y fue, efectivamente, un defensor de las vanguardias. Esta defensa de las vanguardias constituyó en él, no obstante, más que una consecuencia de identificación profunda con los surrealistas, por ejemplo, un resultado de su espíritu subversivo y de su amor por la libertad. Porque, en realidad, yo me atrevería a decir que él albergaba algún que otro recelo frente al vanguardismo y, dotado de una extraordinaria sensibilidad, era un racionalista crítico. Además, eso sí, de un progresista en toda regla, atento a la dinámica de la historia y despreciativo con los pazguatos.

Pero semejante conducta contó con el riesgo de la vida y, desde luego, con la condena del silencio. Un silencio del que escapó cuantas veces pudo. Lo hizo, por ejemplo, a través de sus «Debates sobre el teatro español contemporá­neo», un resultado de su afán por saltarse las barreras de la isla y poner en claro lo que podía y no podía hacer nuestro teatro a la altura de l953.

Pero volvería a la carga en l961, esta vez para publicar sus «Debates sobre el teatro europeo contemporáneo», con la misma original visión de su anterior libro. Pocos críticos han entendido mejor la historia de la escena de aquel tiempo. Era la estética cultivada de un admirador del mundo anglosajón, una admiración en la que era preciso reconocer al único ciego fanatismo de nuestro personaje.

Pero ya ven, a don Domingo se le podía ver cada tarde con la mirada perdida frente al mar y distinguiendo las banderas de los buques extranjeros. Como si añorara descubrir entre los pasajeros de otras lenguas a aquellos hombres y mujeres que admiraba y sabía lejanos, todos esos que, según sus propias palabras, «tanto echamos de menos». Alguna vez estuvo con ellos y de esos encuentros nació un libro hermoso que se llamó «Entrada y salida de viajeros». Fue su verdadero libro de viajes y en él habló con Bertrand Russell, con Dürrenmant, con André Bretón y con Oscar Domínguez, con Aranguren, con Aleixandre y con Dámaso Alonso...Con todos ellos conversó en esta orilla suya.

No le faltan devotos en este tiempo y a ellos nos unimos ahora sus devotos de antaño. Desde Valencia en mi caso.

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