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De Lola Montes y Corina a las trapacerías políticas

La historia de Luis I de Baviera demuestra que el atractivo irresistible de una mujer astuta y seductora puede llegar a hacer tambalear una monarquía.

De Lola Montes y Corina a las trapacerías políticas

De Lola Montes y Corina a las trapacerías políticas

Érase una vez un rey amante de su pueblo que creía que eso le salvaba de cualquier eventualidad y de decisión o capricho que tuviera. Se preocupaba de que sus súbditos, que ya aspiraban ser ciudadanos, tuvieran las mejores condiciones vitales, disfrutaran de servicios sanitarios y educativos, así como que sus universidades estuvieran bien dotadas. Era la tradición ilustrada de un antiguo estado alemán que tanto aportó a la cultura germánica. Me refiero a la Baviera del siglo XIX y a su rey Luis I, que promulgó una Carta otorgada, antecedente de las constituciones liberales, e intentó modernizar el país, al estilo de las ideas de la Ilustración. Pero, a su vez, era enamoradizo y con fama de tener varias amantes. Pero ninguna le impactó tanto como la irlandesa Elizabeth Gilbert, «Lola Montes», que adquirió este nombre para hacerse pasar por española y presentarse como bailarina de flamenco, entusiasmada con este folklore cuando visitó Cádiz. Eso le lleva al prolijo Francisco Sosa Wagner, que además del Derecho Administrativo, administra con igual brillantez la historia, la biografía y la literatura, a recrear mediante la ficción, pero basada en hechos ciertos, su novela Abdicación por amor. Una novela real (Triacastela, 2021) donde en la contraportada ha faltado, además de afirmar que es un escritor asturleonés, que nació en el Marruecos español (concretamente en Alhucemas) que también vivió y estudió bastantes años en València, con raíces en estas tierras. Hay otras biografías noveladas de Lola Montes (Divina Lola de Cristina Morató) pero la de Sosa no se detiene solo en su figura, sino penetra en el contexto social y político de la Baviera de mediados del siglo XIX cuando el Sacro Imperio Romano Germánico ya estaba descompuesto y nacía Alemania.

Lola Montes se hizo cortesana y mujer de mundo, antecedente de un icono feminista, aprovechando su belleza y su cuerpo esbelto (tenía, como se dice de las mujeres espectaculares, «petróleo» y supo aprovecharlo: «su destacada hermosura, su piel morena, como amasada en tierras calientes, sus ojos azules y de reflejos orientales y avaros de miradas, han captado la voluntad de nuestro monarca» -pg.11-). Su impostura, acompañada de su carácter, sostenida por sus admirados atributos femeninos y su capacidad escénica, le proporcionaron éxitos por donde viajaba entre políticos, escritores, (Alejandro Dumas, Balzac, George Sand), músicos (Liszt), estudiantes y aristócratas con patrimonio. De Irlanda a la India, Paris, Londres y EE. UU. fue extendiendo su fama de mujer fatal, que cuenta con una bibliografía y varias muestras cinematográficas de sus hazañas. Luis I le otorgó el título de condesa de Landsfeld y le regaló un palacio. Pero su fama, sus relaciones, los celos de otros pretendientes provocaron tal cúmulo de escándalos que el rey bávaro tuvo que abdicar para impedir que el tema adquiriera tono de revuelta popular. La Corte y los políticos de entonces le obligaron a ello, y se retiró dejando obras públicas significativas del arte decimonónico como testimonios de un tiempo en la que se estaba constituyendo el Estado Alemán, que Bismark culminaría en 1871, después de la guerra franco-prusiana. Esa tradición se ha extendido a algunas monarquías contemporáneas, ¿o es que acaso no recuerdan a Corina?

Pero no queda ahí la cosa. Junto con Mercedes Fuertes, otra catedrática de Derecho Administrativo, Sosa Wagner publica Panfleto contra la trapacería política. Nuevo Retablo de las Maravillas (Triacastela, 2021) bajo la inspiración de la obra de cómicos y bohemios de Cervantes y con prólogo de Albert Boadella. Es un retrato de los elementos que se cuecen en la estructura política española. Funcionarios, poder judicial, autonomías, puertas giratorias, funcionamiento de Las Cortes, la actitud de los políticos y los partidos: «Lo estremecedor del caso que a estas organizaciones tan débiles y tan poco de fiar están entregando un artilugio tan serio como es la organización del Estado» (p.25). Los diagnósticos son, por lo general, certeros, adobados con una literatura sencilla e irónica. Sin embargo, subyace (o se hace evidente) una concepción elitista del político, ya que muchos de los que se ocupan de esa actividad no han hecho otra cosa que dedicarse a la política para progresar, sin experiencia en la vida laboral. Lo cual es cierto, pero de ello no puede deducirse ineluctablemente que su actividad sea negativa por tal condición. La política, en muchos casos, es una tarea inespecífica en la que la intuición y la suerte influyen. No siempre los ministros de sanidad, por ejemplo, tienen que ser médicos para abordar soluciones adecuadas. Recuerdo los versos del poeta castellano León Felipe: «Para enterrar a los muertos cualquiera sirve, cualquiera, menos un sepulturero» (ser en la vida romero). Y es verdad que se necesita una base, una experiencia, para abordar en un mundo como el de hoy en los temas que afectan a los ciudadanos, y la profesionalidad es un valor de entrada. El nombramiento, p.e., para cultura, de la concejala Gloria Tello, con escasa formación cultural, en mi opinión, distorsiona el funcionamiento de esa actividad. Ya decía Eisenhower que la política se debía practicar a tiempo parcial, después de laborar en algo, y no estaría mal que con tanto diputado autonómico se aplicara esa máxima. Hubo un tiempo en que se acusaba de tecnócratas por dejar atrás las ideologías y dedicarse a aplicar soluciones técnicas sin valorar otras consideraciones. Hoy esa polémica es ya agua pasada, y cada vez más los que saben de algo son más valorados para resolver problemas, no hay más que ver la serie Chernóbyl de HBO para darse cuenta de que si el científico de energía nuclear no hubiera hecho un buen diagnóstico, la catástrofe se hubiera extendido a otras centrales nucleares. Es la vieja polémica entre si los servicios deben estar en manos solamente públicas o privadas. O por el contrario encontrar colaboración entre ambas instancias.

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