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Vértigo y vacío

Vértigo y vacío

De la mano de Anagrama acaba de reeditar Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) Bajar es lo peor, una ficción que publicó en 1995 cuando la autora apenas tenía veintiún años y que se convirtió en un libro de culto. Como la autora indica en ‘Nota a la edición’ los dos protagonistas, Narval y Facundo, «eran un concentrado de mis obsesiones adolescentes, que son muy parecidas a mis obsesiones actuales: el vampirismo, el sexo entre hombres, la turbia belleza baudeleriana, la belleza injuriada de Rimbaud, la literatura fantástica y de horror, los subterráneos, los demonios, River Phoenix y Keanu Reeves, Lestat y Louis. Bajar es lo peor fue una especie de reescritura de Mi mundo privado [Mi Idaho privado en España ] y Entrevista con el vampiro pero ubicada en Buenos Aires».

Y sí. Hay en este libro una escritura a todo o nada en una Enriquez primeriza, cuya novela radiografiaba un submundo urbano desesperado y claustrofóbico con tintes más que evidentes de «realismo sucio». Entrar en esta novela es entrar en el cuarto oscuro, privado y desolador de una escritora y de todos los paisajes que conformaron una época juvenil de excesos en los que la droga, el sexo, la noche y la belleza destructiva dibujan una ciudadela interior desesperante y desesperada en la que no existían «límites de ninguna clase».

Nada parece ser suficiente en este viaje hacia ninguna parte y hacia la aniquilación de los ideales personales y colectivos que no se pueden sostener ni siquiera en aras del amor romántico que ni está ni se le espera. Porque si hay aquí una marca de estilo, que muchos años después hará fortuna en la trayectoria de Enriquez, es la de una escritura que aúna el terror gótico, lo fantástico y fantasmagórico y la cultura cinematográfica y musical con otra que trata de interrogarse por una violencia atávica y sin medida que parece alcanzar a todos los personajes de la novela. De ahí que en más de una ocasión sea el «vértigo» y otras su envés, el «vacío», los elementos estructurales que recorren este viaje a ninguna parte que la novela parece estar dibujando. Y de ahí que la trama apenas sea una sucesión de escenas en torno a la vida descreída de la belleza fatal de Facundo, una suerte de rey Midas que convierte en sexo y dolor todo lo que toca, a pesar de que él parece estar anclado en la indiferencia mientras los personajes que giran a su alrededor, Narval y Carolina, tratan de beber todos sus vientos: «Los barcos. Para él, los barcos nunca zarpaban, siempre estaban inmóviles, muertos, abandonados. Fantasmas gigantes, rodeados por la niebla del amanecer, una niebla que hacía que las cosas se vieran como a través de un vidrio empañado».

No es de extrañar que Enriquez fuera vista como el heraldo que entregaba el testigo de una época de excesos y de carencias de todo tipo y condición. Pero no debería dejarse de lado lo decisivo, a saber, que este libro ya indicaba un camino y establecía los parámetros de una poética literaria marginal, minoritaria, rara y sin límites.

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