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Crónicas de la incultura

Sodoma y Gomorra

Sodoma y Gomorra

A finales de julio cerraba mi contribución a esta columna con un artículo, Caín y Abel, en el que clamaba contra el progresivo abandono del campo. Mi retorno a la columna echa mano de otro episodio bíblico, el de Sodoma y Gomorra, sin que ahora pueda permitirme ningún guiño irónico como en aquel. La razón es que lo que entonces era un mero reproche, ahora ha alcanzado las dimensiones de una verdadera tragedia. Ya se imaginan que me refiero a los devastadores incendios que han destruido el patrimonio forestal valenciano en varios puntos del territorio, pero especialmente en la Vall d’Ebo y en el Alto Palancia. Sobre todo aquí, donde, a falta de una lluvia salvífica, la consunción fue total: ver las escenas dantescas de Bejís y Torás en llamas me recordó inmediatamente el mencionado episodio de Sodoma y Gomorra.

No crean que tengo una fijación bíblica: Caín y Abel son, naturalmente, símbolos, pero Sodoma y Gomorra constituyen una siniestra premonición de las desgracias venideras y forman parte de nuestro imaginario cultural. Nos han transmitido el episodio como una condena de la homosexualidad por Jehová, quien lanzó una lluvia de fuego sobre ambas ciudades, pero lo cierto es que el Génesis habla de «pecados de los hombres», sin especificar su naturaleza. Los intérpretes se basan en un escabroso pasaje precedente en el que Lot, el yerno de Abraham, es acosado por algunos hombres de Sodoma a quienes termina por ofrecer a sus hijas como satisfacción alternativa para que le dejen en paz. Seguimos igual.

Pero a lo que iba. Siempre me extrañó que en el Corán, texto que, como es sabido, sigue de cerca a la Biblia en las narraciones del Génesis, Alá no lance fuego sobre Sodoma y Gomorra, sino arena del desierto. ¿No será que lo que se estaba relatando, en uno y otro caso, era un hecho real resultante de la agresión de los hombres contra su entorno, un inmenso incendio forestal que acabó desertizando el territorio? Sodoma y Gomorra eran dos de las cinco ciudades prósperas que se ubicaban al sur del Mar Muerto y, desde luego, no se asentaban en un territorio improductivo: formaban parte del creciente fértil que iba de Anatolia hasta Egipto y constituían un polo de atracción irresistible para los nómadas de Arabia, incluídos Abraham y sus descendientes. Hoy, el solar de estas ciudades es uno de los desiertos más inhabitables de la tierra, pero entonces estaba repleto de vegetación, según testimonian árboles fósiles que han sido cubiertos por las aguas saladas de ese mar interior. Permítanme que termine en plan apocalíptico: o cambiamos radicalmente nuestras ideas sobre la relación con la naturaleza o a nuestros descendientes no les quedará otra opción que llanto y rechinar de dientes.

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